Primera cita

Por Luis Enrique Maza Velasco

“Diez minutos” me dije después de colgar el teléfono. “Diez minutos, no más”. Mi mirada recorrió entonces con evidente nerviosismo la carta de vinos de aquel pequeño bistró donde habíamos acordado encontrarnos días antes, durante una llamada más bien intempestiva de mi parte. Una sonrisa asomó a mis labios mientras intentaba elegir un tinto que no me hiciera quedar ante ella como un total neófito en la materia, pero que tampoco le hiciera suponer que mi única intención era el impresionarla. Sonreí, no por haber encontrado la ansiada bebida, sino más bien por la total certeza de que aquellos diez minutos podrían volverse quince o veinte o quizá una media hora sin problema alguno y yo le esperaría. No miento al decir que aquella sobrada caballerosidad tenía mucho que ver con una fotografía suya publicada en alguna red social que había visto previamente, antes de llamarle. No suelo ser un hombre paciente, lo reconozco, pero aquella ocasión ameritaba serlo. Es bien sabido que las fotografías que se publican hoy en día en la multitud de redes sociales que la tecnología ha puesto a nuestro alcance no se apegan casi nunca a una realidad la cual, la mayoría de las veces, resulta ser una asíntota de las imágenes en cuestión. Pero esta vez, me decía mientras mi mirada surcaba por cuarta o quinta vez la carta de los vinos, bien valía la pena una espera un poco más larga de lo normal, una buena botella de cabernet y un par de horas de conversación indefinida. Otra sonrisa apareció en mis labios y hasta entonces noté la presencia del sommelier, que, de manera respetuosa, se limitaba a observar mi ensoñación. Decidí esperarla antes de errar mi elección de la cepa y la cosecha. “Diez minutos” me repetí. Solo diez minutos. Instintivamente, tomé el celular y vi la hora. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que me llamara solicitando un poco más de tiempo? Un par de minutos seguramente, no más. Algo referente a una conferencia la tenía atorada; luego, el tráfico que a estas horas es un infierno en toda la ciudad. En fin, que no había por qué alarmarse. Los retrasos son parte de la vida diaria, sobre todo en el caso de mujeres como sin duda lo era ella: exitosas e independientes. A pesar de estar convencido de lo anterior, mi hasta entonces controlada ansiedad comenzó a crecer como una ola helada que amenazaba con cubrirme por completo. Para distraerme un poco dejé correr la mirada a lo largo y ancho del pequeño lugar, observando inquisitivamente a los otros comensales. Aún era temprano, el sitio estaba casi vacío y las pocas personas presentes me resultaron tan aburridas que tomé de nuevo la carta, con la firme intención de seleccionar de una vez por todas un vino adecuado. Leí los nombres de los tres primeros y tomé de nuevo el celular. Abrí medrosamente las aplicaciones de mensajería esperando toparme con su cancelación. Lancé un suspiro al ver vacía la bandeja de entrada con su nombre escrito en ella. El tráfico es mortal a esta hora, me dije una vez más. Me levanté con la intención de ir al sanitario, revisar mi atuendo en el espejo sobre los lavabos. Cambié de idea, sin embargo. Tomé asiento nuevamente y reparé en la poca iluminación del punto. La noche había caído ya envolviendo el restaurante en una atmósfera bastante agradable. No debe tardar, pensé más para tranquilizarme que con la certeza de aquel que está seguro del resultado de algo. Recordé entonces su voz y aquellas pocas palabras que intercambiáramos durante nuestra breve llamada. Nada particular: una fugaz presentación de mi parte, un par de preguntas generales y finalmente la invitación. Por alguna razón, tal vez el tono relajado de su voz, supe que aceptaría. Volví a sonreír, esta vez con mayor énfasis. Levanté la mirada y noté que el sommelier me observaba nuevamente desde la entrada del sitio. Abrí los labios con la firme intención de llamarle y pedirle aunque fuera un vaso de agua, algo que no me hiciera sentir como un hombre a punto de ser plantado por un hermoso rostro descubierto en alguna red social. Fue entonces cuando la vi entrar detrás del camarero. Cerré los labios con premura y bajé los ojos para mirar la carta. Ella se acercó entonces a la mesa y dijo mi nombre. Me levanté para recibirla y mis ojos se hundieron en los suyos; en una mirada como nunca había visto en mi vida. Una mirada como el cielo oscuro tachonado de estrellas que se cernía ya sobre una ciudad llena conferencias y de tráfico que lentamente perdía sentido en mi cabeza. Diez minutos… media hora… Una eternidad… por esa mirada hubiese esperado con gusto toda una eternidad. 

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