La danza bajo la noche

Por Alan Medina

Es una noche más sin dormir. La luz de la luna se asoma por las rasgaduras en la cortina vieja que oculta la ventana. No hay frío, o quizá ya no se siente. Tampoco hace ruido. Sin embargo, centenares de pensamientos se escuchan en la cabeza: el sigiloso pasar de un camión, el aleteo de un ave al despegar, los oídos tapados por el agua, y el zumbido lejano de una idea que necesita llegar, pero que, por razones extrañas a este texto, no consigue hacerlo.

Pienso entonces en el paso del tiempo, pienso también en la procrastinación, y la sensación de horizontalidad. Pienso en la parte de mi ser que se encarga de avisarme que estoy en posición horizontal. 

Me mareo.

Muevo el pie en círculos, fuera de la cama, para cansarme y conseguir dormir. 

No lo consigo. 

Cierro los ojos, intento evitar que los fotones sean detectados por mi retina y se forme una imagen en mi cerebro: la imagen que me recuerda mis días sin dormir. 

No lo logro.

Tampoco quiero levantarme. Si lo hago, mi corazón comenzará a latir más rápido a causa de mis movimientos bruscos, también perderé mi respiración lenta que cuido con cautela, y cambiaré mi amada horizontalidad por una horrenda verticalidad. Mi sangre será bombeada a todos los órganos de mi cuerpo con mayor rapidez; una clara alarma de que es hora de despertar. ¡NO, no quiero despertar! 

Quiero dormir y descansar.

No debí comerme ese chocolate amargo a las cinco de la tarde. ¡Una mala decisión! Debiste recordar que el chocolate amargo tiene cafeína, y la cafeína eleva el pulso cardíaco, y el pulso cardíaco alto no es bueno en la noche. 

—¡Ahí está este insomnio! ¿Un chocolate me habrá hecho esto? Un maldito y sabroso chocolate — Me repito a cada instante mientras me distrae la voz de una mujer que pasa en la calle. 

—¿Pero qué horas son estas de estar en la calle?, ¿qué hora es?, ¿ya es de día? No me digan que gasté mi sueño pensando en chocolate.

—Son las… — ¡NO! Alcancé a salvar mis ojos. 

Un segundo más y encendía la pantalla de ese celular. Ese celular del demonio. Si su luz golpeaba mis ojos, su luz azul, mi cerebro pensaría que ya es de día. Comenzaría a producir cortisol y me diría —¡Eh, tú! Deja de estar acostado y levántate ¿No has visto qué buen día es hoy? 

—¡No! No lo he visto porque aún no es de día —¿serán las 2?, ¿o las 3?, ¿o quizá las 2 y media? Por qué no simplemente tenemos un reloj interno que nos diga la hora. 

¡Ah, sí! Tenemos ritmos circadianos, aunque no funcionan así de maravilla. Mejor aún, ¿por qué no ser máquinas con interruptores en la espalda? ¡Oh! Qué fácil sería todo. 

—Amor, despiértame a las 7 am, hoy dormiré 8 horas. No, cambié de idea, mejor que sea a las 9.

Despertar, pero sin el dinosaurio. Despertar sin ojos adoloridos ni la sensación de querer diez minutos de compensación nocturna. 

Seguramente la posición perfecta para dormir ayuda. Nunca lo he leído, pero deberá de ser cierto. 

—Si duermo boca arriba me podría ahogar. 

—No, ¡qué miedo!, mejor no.

—¿Y si duermo de lado izquierdo? 

—No, la ansiedad me hace pensar que aplasto mi corazón. 

—¿Boca abajo? 

—Aún no he desarrollado esa habilidad 

—¿Qué tal del lado derecho? 

—Tan confiable como siempre.

Si duermo, me gustaría recordar mi sueño al despertar. Quizá regresar a aquel teatro enorme con acabados rojos y dorados, o a probar la deliciosa pizza de diez quesos ¿Por qué no existen en la vida real? Aunque también me gustaría volver a visitar aquella ciudad construida en el fondo de un cráter de setenta kilómetros de diámetro. Recuerdo que una red metro rodeaba su circunferencia y había estaciones en cada uno de los barrios. ¡Qué hazaña son los sueños! ¿Y por qué ninguno de los míos son como los del químico Kekulé descubriendo la estructura del Benceno?

Mientras mis pensamientos se pierden y desvanecen como vapor, comienzo a sentir la levedad. Setenta y cinco kilogramos, cincuenta kilogramos, treinta kilogramos, diez kilogramos, solo kilogramos… 

El mundo real se desvanece, y con él todo sentimiento de preocupación. 

No hay más ataduras, la conciencia se vuelve volátil como el Helio. 

Se van, como la nube que es llevada por el viento. 

Las respiraciones se vuelven profundas. 

Una sensación de paz inunda mi ser, y mientras me escapo a otra realidad, mi cerebro solo piensa en la rutina que se repetirá, otra vez, mañana.

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