Baruch de Spinoza, el más grande de los filósofos modernos

Por Francisco Hernández Echeverría

Baruch de Spinoza nació el 24 de noviembre de 1632 en Ámsterdam. Dado que fue hijo de una familia de judíos portugueses que habían huido de las hogueras de la Inquisición, nació marcado por el conflicto de sus orígenes: judío, porque fue recibido en la comunidad de Abraham y porque recibió educación rabínica; portugués (y con el catolicismo implícito en ese hecho) porque sus padres eran emigrantes portugueses, siendo el portugués su lengua materna; holandés, porque nació en Ámsterdam, murió en La Haya y porque participó en la vida política y cultural de los Países Bajos (Gonçalves, 2015: 79).

Spinoza fue educado para ser rabino, pero el 6 de agosto de 1656 fue expulsado de la comunidad judía, a la edad de 24 años, por medio de un herem (decreto de exclusión) que lo condenaba por sus revolucionarias opiniones, consideradas entonces subversivas y heréticas, que había adquirido con el estudio de la obra de René Descartes, quien, a pesar de ser francés, también había vivido la mayor parte de su vida creativa en Holanda.

Más tarde, también por estas ideas “perniciosas”, sería excomulgado por la Iglesia Católica y por la protestante. Así que fue odiado por la comunidad judía, por católicos y por protestantes, y durante mucho tiempo fue peligroso ser acusado de “spinozista” porque era sinónimo de “ateo”.

Después de estas excomuniones y de ser perseguido por los judíos, pasó la mayor parte de su vida iniciándose en todas las ramas del saber, como los filósofos de su época, que iban desde la filosofía hasta las matemáticas y las ciencias físicas. Asistió a clases de anatomía en la Universidad de Leiden; estudió latín con Franciscus van den Enden, un ex jesuita que fue ahorcado por participar en un complot contra el rey francés Louis XIV; estudió la obra de Niccolò Macchiavelli, de Thomas Hobbes y de antiguos pensadores judíos como Maimónides.

Spinoza no logró destacar económicamente a través de su producción literaria, por lo que para asegurar su supervivencia, trabajó puliendo lentes de microscopios y telescopios, aunque dicha actividad la empleaba más para investigar que para ganar dinero. Dice Paolo Cristofolini al respecto: “Desde entonces ha vivido modestamente, mezclando el pulimento de instrumentos ópticos con la actividad especulativa de búsqueda de la verdad” (en Pradeau, 2011: 233).

Por lo tanto, Spinoza llevó una existencia discreta, sin aislarse del mundo. A lo largo de su corta vida se mantuvo en contacto epistolar con algunos de los maestros del pensamiento más destacados de Europa, entre ellos, el filósofo Ehrenfried Walther von Tschirnhaus, el filósofo y matemático Gottfried Leibnitz, el físico-químico Robert Boyle, el primer secretario de la Royal Society de Londres, Henry Oldenburg y el astrónomo Christian Huygens.

Debido a la mala reputación de Spinoza, éste solo pudo publicar en vida, y de forma anónima, los Principios de la filosofía de Descartes (1663) y el Tractatus theologico-politicus (Tratado teológico-político, 1670). En este último trabajo hace, entre otras cosas, una exégesis crítico-histórica de la Biblia, con la intención de demostrar los argumentos que surgen de la tradición judaica, pueblo que desde la Diáspora lucha por un Estado judío. Spinoza demuestra que el antiguo Estado judío se fundó sobre leyes que surgieron de la imaginación de sus profetas, dando una respuesta histórica más que universal.

Dedicó los últimos años de su vida a escribir y terminar su obra maestra filosófica, la Ethica ordine geometrico demostrata (Ética demostrada según el orden geométrico), así como al Tratado político, cuya redacción se vio interrumpida por su muerte en 1677 en La Haya, a la edad de 44 años, por una enfermedad pulmonar.

Otras obras suyas que fueron póstumas son: Tratado de la reforma del entendimiento y Breve tratado sobre Dios, el hombre y la felicidad.

En general, la obra de Baruch de Spinoza es la de un racionalista preocupado por las nuevas nociones sobre el Universo que aparecen en su época, lo cual le motiva desarrollar su propia visión sobre éste según la propuesta de los racionalistas: matematizándolo. Y desde esta visión matematizada, su objetivo fundamental es transmitir un mensaje liberador frente a todas las servidumbres, al mismo tiempo que ser portador del placer que proporciona el conocimiento (bienaventuranza o alegría suprema). Esto le llevará a romper con la tradicional visión filosófica y a ser considerado una peste o, a veces un santo, por la intelectualidad del momento y la del futuro.

La monumental Ethica es uno de los hitos fundacionales de la filosofía moderna. Ahí, Spinoza desarrolla la ética a partir de una serie de definiciones y axiomas, con rigor matemático.

Spinoza volcó la base de las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam) al demostrar que las Escrituras no son sagradas en absoluto. En lugar de ser dictadas desde el cielo, fueron escritas por hombres comunes, llenos no de gracia sino de imaginación a lo largo de los siglos. Los intérpretes de las Escrituras siempre han sido, en general, gente astuta que busca significados ocultos o extravagantes entre líneas de la Biblia para dominar al rebaño de los fieles.

También desafió la noción del Dios personal de Israel, un varón generalmente pintado con una larga barba, a veces colérico, a veces magnánimo, lleno de voluntad y preocupado por su adoración por parte de hombres y mujeres. En resumen, Yahvé (o Jehová) es una deidad con el rostro de sus adoradores.

Partiendo del cartesianismo, y con la intención de confrontar la corriente dualista que sostiene la idea religiosa del espíritu separado del cuerpo, Spinoza desarrolló una concepción metafísica de la identidad, una de las mejores sistematizaciones unitarias de la realidad: la naturaleza o la realidad misma no tiene propósito, como argumentaron Platón y Aristóteles, por lo tanto se puede relacionar el orden mecánico de la naturaleza con el Espíritu o Dios.

Para Spinoza, Dios es la sustancia única existente (sustancia aquí significa una cosa que no depende de otro ser), Dios existe activa y eternamente por sí mismo, es un ser impersonal, pilar y materia del Universo o de todo lo que existe. Dios se confunde con la naturaleza: Deus sive Natura (Dios o la Naturaleza). Entonces, si la humanidad es parte de la naturaleza, no puede estar por encima ni separada de ella, ni siendo “un imperio dentro de otro”. Con esto, el filósofo judío desemboca en un panteísmo (Dios en todo).

Dios tiene atributos infinitos, de los cuales el hombre sólo conoce o percibe dos: la extensión (cuerpos) y el pensamiento. Estos dos atributos se manifiestan en sendos modos infinitos (mundo físico y mundo pensante), de los cuales participan todos los modos finitos o cosas singulares (cuerpos, mentes, estrellas, planetas, viento, tú, yo, árboles, microbios, etc.).

Una ocasión Baruch de Spinoza dijo lo siguiente: “Hice un cuidadoso esfuerzo para no ridiculizar, no lamentar o descalificar las acciones humanas, por extravagantes o reprobables que fueran, sino para comprenderlas”. Su objetivo era entenderlas como naturales (es decir, como parte de este mundo y no como un universo paralelo o sobrenatural).

Con esto, el filósofo holandés, al contrario de los estoicos, afirmaba que los hombres no pueden domar sus emociones con el uso de la razón. Somos seres racionales pero, al mismo tiempo, llevados por afectos (las pasiones son afectos con efectos negativos). Nos guste o no, las pasiones son parte de nosotros. Un afecto negativo no puede ser controlado por la razón, sino por otro afecto, más fuerte y de signo contrario. Por ejemplo, el odio sólo puede ser superado por el amor; la ira por el buen humor; la arrogancia por la auto-ironía; los celos por la confianza, y así sucesivamente.

En teoría del conocimiento Baruch Spinoza afirma, acorde a Descartes, que todo conocimiento claro y distinto es verdadero. Propondrá entonces tres tipos de conocimiento de la naturaleza o realidad: la creencia, el razonamiento y la intuición racional.

La creencia o imaginación proviene de percepciones vagas y superficiales de lo que sucede a nuestro alrededor, es decir, de lo que nuestros sentidos nos presentan inmediatamente, siendo la fuente de toda superstición. Por ejemplo, aquellas personas que son inducidas a creer de “oídas”, como aquellos que creen en las fake news, los que hacen campaña contra las vacunas o los que creen en que la Tierra es plana, son supersticiosos y sus ideas son inadecuadas porque de sus experiencias particulares extraen conclusiones universales, por inducción. No es que toda percepción de este tipo sea falsa, pues como dijimos, solo es inadecuada. Después de todo, gracias a la información básica que nos brindan nuestros sentidos, tomamos la mayoría de las decisiones en nuestro día a día.

Sin embargo, es más propio de la naturaleza racional humana actuar sobre la base de ideas adecuadas, es decir, las que se ajustan a los datos de la realidad como resultado del razonamiento o juicio y del pensamiento científico. Con cierto esfuerzo podemos conocer el mundo en los más mínimos detalles. Aunque hay que reconocer que no del todo por razones prácticas, pero teóricamente todo lo que existe puede ser conocido.

Este tipo de conocimiento lo tienen las personas que utilizan la razón para comprender lo que ocurre a su alrededor, que actúan conscientemente, sabiendo que lo que saben es verdad, y no están acostumbrados a dejarse llevar ingenuamente por los enajenados caminos que le presentan a la manada. Al contrario, preservan su libertad, ya que sacan conclusiones de las propiedades generales o universales de las cosas y los fenómenos, por deducción.

En conclusión, según Spinoza, lo real es racional, es decir, puede ser escudriñado por la razón y la ciencia como ya se mencionó. Desde esta perspectiva, el concepto de Immanuel Kant de la cosa en sí incognoscible suena escalofriante.

Finalmente, la ciencia intuitiva, que hoy podríamos traducir libremente como método científico, es la que nos asegura el conocimiento verdadero. Aquí no basta someter la cosa singular a la razón. Tenemos que ir más allá en nuestro análisis. Saber verdaderamente una cosa solo es viable si la desentrañamos desde sus causas, por lo que, llegar al conocimiento de la naturaleza o realidad, es decir, de Dios, es necesario acceder al de la causalidad, que da a cada ser, y también al hombre, su especificidad.

Bajo este esquema, Spinoza afirma que no existe el libre albedrío, la libertad no existe, o más bien, tenemos una falsa idea de libertad. Los hombres se consideran libres porque, aunque son conscientes de sus actos, ignoran las causas que los determinan.

Algunas de las ideas de Baruch de Spinoza, como la defensa de la república democrática como el mejor régimen político, resultaron muy seductoras a principios del siglo XVIII, cuando la burguesía subía al escenario de la historia para darle la vuelta al mundo a su imagen y semejanza. Según el historiador británico Jonathan Israel, Spinoza es el principal inspirador del ala radical de la Ilustración, resumida en las figuras de los filósofos franceses Julien Offray de La Mettrie y Denis Diderot, en contraste con las luminarias del ala moderada, Voltaire y Jean-Jacques Rousseau por ejemplo.

Las ideas de la Ilustración moderada terminaron prevaleciendo en la Revolución Francesa, pero, dice Israel, el principal desafío de la Revolución, proclamado por Maximilien Robespierre en un discurso de noviembre de 1792, era prácticamente idéntico al retratado por la Ilustración radical: “Le secret de la liberté est d’éclairer les hommes, comme celui de la tyrannie est de les retainir dans l’ignorance” (El secreto de la libertad es iluminar a los hombres, como el secreto de la tiranía es mantenerlos en la ignorancia).

La vida en sociedad sólo se puede concebir como la unión de los seres que se han aceptado mutuamente; por esta razón, existe el derecho a la rebelión cuando la libertad pública es desatendida.

La filosofía de Baruch de Spinoza fue muy oscurecida por las malas interpretaciones y las distorsiones mal intencionadas y prejuiciosas, principalmente las derivadas del influyente Dictionnaire Historique et Critique (Diccionario histórico y crítico) compilado por el calvinista Pierre Bayle, quien llamó al filósofo holandés: “cabalista”, “oriental”, “materialista” y “fervoroso místico”. Sin embargo, pese a esta negativa presentación, hubo algunos pensadores que lo consideraron un santo secular, aunque no estuvieran de acuerdo con sus ideas. Quizá por su modesta y frugal vida, como la de Epicuro o la de San Francisco de Asís. Efectivamente pudo haber sido un santo, pero no, más bien era coherente con lo que pensaba. Bebía, fumaba, hacía teatro, explotaba en cólera de vez en cuando y le encantaba ver arañas persiguiendo moscas.

Ya sea con enojo o con entusiasmo, fue tenido en alta estima por los principales filósofos del idealismo y postidealismo alemán, entre ellos: Friedrich Heinrich Jacobi, Moses Mendelssohn, Gotthold Ephraim Lessing, Friedrich Schleiermacher, Johann Gottlieb Fichte, Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling , Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach.

Otros escritores, poetas y pensadores influidos por nuestro filósofo fueron: Novalis, Johann Wolfgang von Goethe, Johann Gottfried von Herder, Friedrich Hölderlin, Erich Auerbach y Heinrich Heine, en Alemania; George Eliot, Matthew Arnold, Samuel Taylor Coleridge y William Wordsworth en Inglaterra; Ralph Waldo Emerson y Herman Melville, en EEUU; Machado de Assis (le dedicó un soneto), Clarice Lispector, Nise da Silveira y Marilena Chauí, en Brasil; Jorge Luis Borges (les dedicó dos sonetos), en Argentina.

El físico Albert Einstein es otra figura que se sumó explícitamente al pensamiento del filósofo holandés, especialmente a su panteísmo determinista. Una vez, cuando le preguntaron si creía en Dios, dijo que creía en el “Dios de Spinoza”. Al igual que Spinoza, Einstein tenía inmensas reservas sobre las religiones organizadas y estaba de acuerdo en que eran “asilos de ignorancia”. En enero de 1954, en una carta dirigida al filósofo alemán Eric Gutkin, Einstein afirmaba que “La palabra de Dios no es para mí más que la expresión y el producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de leyendas venerables pero aún bastante primitivas”. En una entrevista con el escritor George Sylvester Viereck, afirmó: “Estoy fascinado por el panteísmo de Spinoza. Y admiro aún más sus aportes al pensamiento moderno. Spinoza es el más grande de los filósofos modernos porque es el primero en tratar el alma y el cuerpo como uno solo y no como dos cosas separadas”.

Se ha llegado a criticar el spinozismo como un “acosmismo”, es decir, como una “negación del mundo”, por ser supuestamente estático y excluyente de la existencia de las cosas singulares, del individuo, del sujeto —porque estarían inmersas en el Todo. Por ello, Hegel exclamaba: “Ser spinozista es el punto de vista esencial de toda filosofía […] cuando se comienza a filosofar, el alma tiene que empezar bañándose en este éter de la sustancia una, en el que naufraga todo lo que venía teniéndose por verdad. Esta negación de todo lo particular a que necesariamente tiene que llegar todo filósofo es la liberación del espíritu y la base absoluta sobre la que este descansa” (Hegel, 1971: vol. XX, 165). Esta frase, en tono irónico, suele interpretarse como un cumplido.

Ludwig Feuerbach afirmaba que Spinoza, al referirse a Dios, en realidad estaba hablando de la naturaleza, tal como lo podemos advertir en el siguiente párrafo:

[…] el secreto, el verdadero sentido de la filosofía de Spinoza es la naturaleza, pero la naturaleza no como naturaleza, sino como ser abstracto metafísico, Teológico: la naturaleza como Dios. Spinoza repudia el dualismo de Dios y naturaleza, y, sin embargo, Dios sigue siendo en el fondo un ser que se distingue de la naturaleza, de suerte que Dios sólo tiene el sentido del sujeto y la naturaleza el del predicado (Feuerbach en Jodl, 1951: 219).

Bajo esta perspectiva, y apartándose de todos los criterios sobre Spinoza, Feuerbach daba al spinozismo un cariz de sistema filosófico materialista. Y, partiendo de esta mala interpretación feuerbachiana, Gueorgui Plekhánov escribirá en el Prefacio del traductor a la segunda edición rusa de Ludwig Feuerbach und der Ausgang der klassischen deutschen Philosophie (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana) de Friedrich Engels —publicada en Ginebra en 1905—, lo siguiente: “Feuerbach es el Spinoza que dejó de llamar Dios a la naturaleza después de su paso por la escuela de Hegel” (Plékhanov, 1976: vol. III). Así que en la famosa polémica con Eduard Bernstein, Plekhánov llegó a decir, ante el asombro de algunas corrientes del bolchevismo, que “el materialismo de Marx y Engels”, que había pasado por la escuela de Feuerbach, era “una especie de spinozismo (eine Art Spinosismus)” (Ibídem).

Hasta cierto punto, Plekhánov tenía cierta razón, aunque no debería incluirse aquí aquella rama del marxismo que reintrodujo la finalidad (“teleología” en lenguaje filosófico) copiada de Hegel a la Historia, como si el mundo se encaminara necesariamente hacia el Comunismo. Como ya lo dijimos anteriormente, para Spinoza no hay propósito alguno en la Historia o la naturaleza, cosa con la que estaría más adelante de acuerdo el naturalista Charles Darwin, también partidario de la idea de que los seres humanos no tienen predicados de superioridad en el seno de la Madre Naturaleza, es decir, no son un imperio, dentro de otro (Queiroz, 2020).

Lo cierto es que, en el sistema de Spinoza, el Todo (Infinito) determina, pero no elimina sus modos finitos (singularidades), incluido el sujeto, es decir, las personas en acción, libres del maniqueísmo del bien o del mal (relativos y no absolutos), contradictorios, a veces egoístas, a veces altruistas, movidos por el deseo (su esencia), ávidos de conocimiento (su alegría suprema), buscando expandir su poder de existir (conatus) y su libertad.

Con justa razón se dice que Baruch de Spinoza es el filósofo de la alegría y la libertad. Bertrand Russell, en el Capítulo X de su monumental History of Western Philosophy (Historia de la filosofía occidental), señaló que “es el más noble y el más amable de los grandes filósofos. Intelectualmente, algunos otros lo han superado, pero éticamente es supremo” (Russell, 2010).

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Referencias Bibliográficas

FISCHER, Kuno (1990): Vida de Spinoza. México: Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa (Trad. de Luis Felipe Segura M.).

HEGEL, G.W.F. (1971): Werke in zwanzing Bänden, vol. XX. Frankfurt, Alemania: Suhrkamp.

JODL, Friedrich (1951): Historia de la filosofía moderna. Desde el Renacimiento hasta Schopenhauer. Buenos Aires, Argentina: Lozada.

PLEKHÁNOV, Georgi (1976): Selected Philosophical Works, vol. III. Moscú, URSS: Progreso.SCRUTON, Roger (2000): Espinoza. São Paulo, Brasil: UNESP.

PRADEAU, Jean-Françoes (coord.): História da Filosofia. Petrópolis, Brasil: Vozes.

RUSSEL, Bertrand (2010): Historia de la filosofía occidental. Madrid, España: Espasa-Calpe.

QUEIROZ, Antônio Carlos (2020): “Mais vivo que nunca o Spinoza, filósofo da alegria e da liberdade”, en Brasiliários. Jornal do Romário, Sección Crônicas & Agudas (Brasil), 20 de Febrero. Recuperado el 13 de Abril de 2022, desde: https://brasiliarios.com/cronicas-agudas/1293-mais-vivo-que-nunca-o-spinoza-filosofo-da-alegria-e-da-liberdade

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