La mentira como insumo

Por Felipe González Ortiz

Hoy más que nunca, en este comienzo de siglo XXI, de ausencia de utopías y de un neoliberalismo que cae mostrando la vileza sobre la que se erigió (la farsa sobre el bienestar general, la mentira como insumo estratégico, el engaño como desviación de lo importante y el fraude electoral como método), las personas siguen anhelando construirse para sí mismas… Otra gran mentira a la cual asirse, agarrarse con ahínco y firmeza.

El debate gira en torno a la construcción de sociedades DE mercado o sociedades CON mercado, pero en medio, la mentira se alza con angustia y miedo. 

El atomismo ideológico de los opinadores pulverizados se constituye hoy como el diagnóstico de lo real, lo que hace que los lineamientos de lo público y del bien común se difuminen. El dogmatismo sobre la autenticidad se experimenta día a día porque ahora todos hablan, todos pueden manifestar su singular verdad en la arena de las redes sociales que se confunden con lo público. El desencanto al que el capitalismo está arrastrando a la humanidad es representado como un profundo pozo vacío y superfluo, disfrazado de eufórico sentimiento de autenticidad individual realizada; por su parte, la democracia nos lanza a un mundo de hipocresía global decepcionante, pues no solo ya nadie se siente representado, ni por los actores políticos ni por la opinión pública y sus intelectuales, sino fundamentalmente porque es tal la exposición hipócrita que raya en el cinismo sin vergüenza.

Por su parte, la modernidad, arrasada por el individualismo que nos convierte en polvo, nos ha arrinconado en un narcisismo atomizado que se caracteriza por ahogarnos en un clamor de sordos sin proyecto colectivo. En esta vorágine de ruido, las sociedades alejan la posibilidad de la paz y mínimos de bienestar. Hoy más que nunca, lo social se encuentra en crisis, específicamente la narrativa que nos constituía como seres sociales. En la actualidad, nadie está legítimamente autorizado para contar una historia, para narrar un hecho, para platicar una historia, pues no hay quién crea, quién escuche. La mentira es la gran señora que está de pie en medio de todo.

La sociedad moderna ha perdido el sentido del oído, está sorda pues sus miembros han extraviado la capacidad de escuchar. No tienen paciencia ni tiempo para detenerse a comprender al otro. No desean escuchar el sufrimiento y dolor del diferente: la sociedad moderna ha perdido la ruta de evaluar su éxito en la realización del humanismo, a cambio de eso, la irracionalidad, la violencia y la guerra se erigen como las prácticas más recurrentes que terminan por unir los rincones más marginados de este todo global. La guerra y la violencia son los indicadores más notables de la decadencia de la humanidad en su versión moderna de pulsión global. Todo parece decirnos que los cimientos de este edificio son débiles, pues se constituyen de la mentira y el desecho.

En el mundo globalizado todos evalúan al socialismo que existió en la Europa oriental como un fracaso, pero están ciegos ante el propio fracaso del capitalismo que en esencia es un productor de pobres. La gran mentira sobre la que se asienta este capitalismo de principios del siglo XXI deriva de su incapacidad de ver al capitalismo en su expresión de fracaso mundial. Los indicadores son los pobres y el hambre…, y el deterioro ambiental. Pero esa idea, la de no ver este fracaso, es un velo que obstruye la posibilidad de innovar modelos de bienestar. Estamos ciegos frente a lo importante porque estamos sordos frente a la narrativa del otro.

Si no hay predisposición a escuchar, tampoco la hay para perdonar…, ni para pedir perdón. El perdón es un acto de comunidad en la medida que se funda en el escuchar como dispositivo para comprender y empatizar. Si la sociedad se olvida de esto, el odio será la marca de las relaciones, la violencia, el método para resolver las interacciones y la guerra, la forma de consensuar y lograr los acuerdos. Estas soluciones son eficaces siempre en el corto plazo, pero muestran que las cosas que no se han arreglado tienen derecho a acontecer de nuevo. 

Tal vez sea imperativo hacer un paro reflexivo y considerar que ya es tiempo de una refundación colectiva que no se base en la mentira, sino de una verdad común que motive el vínculo voluntario desde la diversidad absoluta.

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