Negocios

Por Sebastián López Serrano

I.

De repente aquí estoy yo, mirada fija en la corteza de un árbol. Sin saber si el impulso que siento busca empujarme a hacerlo todo, deshacerlo todo o simplemente no hacer nada. Me pregunto si este ímpetu contradictorio es producto de la marihuana, el clonazepam o el coctel de vodka color azul casi fosforescente. Pero me engaño, porque yo sé, que el problema es la mezcla de los tres. 

En el fondo, se escucha música suave, nadie quería algo escandaloso, para mí es puro ruido, todos los sonidos son un puro ruido que quiere abarcarlo todo. A mí lado, Víctor me explica que la marihuana y las benzodiacepinas, te dan “pa’ abajo”, mientras que el alcohol te da “pa’ arriba”, que la cagamos al combinarlos, o algo así. No logro entenderlo bien, su voz es a mis oídos una pura bulla. Tengo los sentidos borrosos, dispersos. Descubro que mi cuerpo no quería hacer ni deshacer, sino devolver. 

Mi vomito tiene tonalidades azulverdosas. Está hecho de azúcar, bilis, jugos gástricos, vodka y psicotrópicos. Una voz que no sé de donde viene dice “Le iba a invitar chela a tu compa, pero mejor ya no”. 

II. 

Todo comenzó mientras Víctor y yo estábamos sentados en una banqueta de color amarillo, cuando un sujeto, cuyo nombre no vale recordar, y que, aunque quisiera recordar, me sería imposible, se acercó tambaleándose a nosotros y nos presumió haberse comido todo un blíster de clonas. Alardeando también sobre lo mucho que se le antojaba “fumar mota para estar a gusto, en mi punto, carnal, en mi punto”. Finalmente, después de reflexionar sobre los equivalentes cambiarios de la marihuana y los medicamentos psicotrópicos, decidimos que nosotros le daríamos toda la que teníamos, mientras que, por su parte, él, de igual manera, nos daba todo lo portaba a nosotros. Hecho aquel negocio, aquel intercambio casi bursátil, el sujetocuyonombrenovalerecordar, fumó lo que tenía que fumar y se fue por donde llegó, tropezando con sus propios pies. 

Víctor me miró, sonrió y comenzamos a planear el uso que le daríamos al total de seis pastillas que cayeron en nuestras manos. 

Buen negocio. 

III. 

El asunto no es tan fácil como podría figurarse en la cabeza de cualquier persona adulta. Tenemos diecisiete años, vivimos con y de nuestro papi y nuestra mami. Así es la cosa, uno no puede llegar a casa puesto sin correr el riesgo de escuchar un sermón de cincuenta minutos, lo que es equivalente a media película o leer un tercio de libro. Entonces, es un sacrificio que no vale la pena. 

Decidimos invitar a Elisa y que todos tomásemos dos pastillas al salir de casa, a las ocho de la mañana, para que “nos explotara” al encontrarnos a las diez de la mañana en la esquina que forman la calle 16 de septiembre y la avenida Apalaches. 

Sobre lo demás tocó improvisar. 

IV. 

Hoy por la mañana apareció Elisa, tenía puesto un vestido amarillo y a sus ojos los cubrían unos lentes de sol con forma de corazón. Cuando veinte minutos después, nos encontramos con Víctor, concluimos al unísono que a nadie le había producido efecto alguno. Pensamos que ninguno de nosotros se había despertado a las ocho de la mañana, ni había hecho dos horas de camino como para no perder ni un centímetro de consciencia. Buscamos otros medios para perderla. Compramos tres litros de vodka combinada con refresco de mora azul para beber directo de la botella, pero tampoco sentimos a la consciencia retirarse lo suficiente. Fumamos toda la marihuana que Elisa siempre cargaba en su mochila dentro de un estuche cuya función original era guardar un cepillo de dientes. Nos sentamos en la esquina de 16 de septiembre y Apalaches. Contamos hasta diez y después del nueve todo son recuerdos dispersos. Puras imágenes. 

Las conversaciones triviales persiguen al que anda dopado. Alguien hablaba de que los grillos tienen alas que no sirven para volar, sino para cantar. Que es odioso ir a la playa porque las gaviotas son entes diabólicos y que no cantan sino gritan. Que Orlando el Furioso se llamaba Orlando y estaba furioso. 

Aprendí a dar vueltas de carro. 

Abracé a cuantos conocidos me encontré. 

Por primera vez en mi vida pude decirle que no a un sujeto que vendía cupcakes, ese maldito pastelillo cuya única virtud es su nombre pretencioso. 

También le dije que no al vendedor de pulseras.

En algún momento apareció de la nada un amigo bastante lejano, cuyo nombre era Iván y cuyo apellido no recuerdo, “Quiero loquiar”, saludo, y se integró a nosotros al instante. 

Al final Iván sin apellido se fue cinco minutos y regresó con un puñado de compañeros suyos. Todos riendo, todos bebiendo, todo fumando y todos riendo otra vez. 

Después, no pude más y dormí por un lapso que mis amigos calculan que fueron tres horas, de corrido y roncando. 

V. 

Dejo de pensar y también (buena suerte la mía) he dejado de vomitar. Son las ocho de la noche en punto. 

Me comprometí con mi novia a ir por ella a la escuela, a recogerla en la puerta del salón en el que toma su última clase del día y no pienso incumplir con mi promesa. Me despido de todos y camino hacía la preparatoria como quien levitase. Sin sentir mis pies ni el suelo en el que pisan. 

Llego, saludo, tropiezo, me tambaleo, casi caigo, pero recupero el paso en el último momento. Pareciera que no soy bienvenido. “¡Vienes pedísimo!”, me grita. Y todo desde ahí es una pelea que se prolonga al infinito. En ella las palabras vuelan, te expones, eres un idiota, no dimensionas, simplemente no cachas, no cachas, no cachas. “¿Sabías que los grillos tienen alas que no sirven para volar, pero si para cantar?”, le pregunto. No le agrada mi pregunta, ni tantito. Pero lo intenté. Nunca me gustaron los pleitos púbicos. Y prolongamos la discusión hasta el metro. En algún sentido hasta el centro de la tierra, si se le quiere ver así. Son dos horas de camino, pero solo nos toma la mitad para terminar nuestra relación. 

Cuando llego a mi casa, sigo volando. Deslizándome entre nubes llego a mi cama. Duermo como nunca. 

Perdí una relación y gané una noche del más puro descanso. 

Mal negocio. 

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