Imágenes de fondo

Por Miguel Ángel Acquesta

Unos días después de regresar del viaje a Los Ángeles y Las Vegas se propuso organizar las fotos que había tomado. Desde que el uso del teléfono celular se masificó y sus cámaras fotográficas se optimizaron, la cantidad de tomas que almacena cada equipo es infinita. Si no se las selecciona, conservando las mejores y eliminando el resto, se vuelven inmanejables. Quedan allí sin que nunca se las vuelva a ver, extraviadas en la multitud de imágenes que aparecen al  abrir el espacio reservado para ellas. Al buscar alguna casi nunca se la puede encontrar. Dejan así de ser un recuerdo agradable, disponible para revivirlo cuando uno desee, como era común hacerlo  con las fotos impresas, para ser parte de una infinidad de figuras que solo ocupan lugar en la memoria del teléfono. 

Se propuso organizar las imágenes seleccionadas en cuatro grupos, dos más pequeños que mostrarían, el primero las del viaje de ida y el segundo las del regreso. Otros dos grupos mayoritarios se conformarían con fotos de Los Ángeles y Las Vegas respectivamente. El trabajo no sería sencillo, había novecientas cincuenta y seis tomas registradas. Sin embargo, no se desalentó, todo lo contrario, puso manos a la obra para lograr su cometido antes de que su motivación se esfumara. 

Tituló los grupos y trasladó cada imagen al que le correspondía. Luego comenzó a mirarlas, una por una, para realizar el descarte. Borró las poco claras, las movidas y las repetidas. Desfilaron así momentos congelados del Aeropuerto de Ezeiza, el avión, el vuelo y del Aeropuerto de Los Ángeles. En otro grupo se unieron muchas tomas de Santa Bárbara, Hollywood, los estudios Universal, el condado de Orange y el Downtown. El tercer grupo mostraba el interior de los distintos hoteles que había recorrido, mientras apostaba con suerte diversa. El MGM Grand, el Aria Resort & Casino, Planet Hollywood Resort & Casino, París Las Vegas, The Venetian Resort, Hotel Bellagio, Cesar Palace Las Vegas, Flamingo Hotel y Casino, The Mirage entre otros. El último grupo contenía recuerdos de la partida en el Aeropuerto de las Vegas, el de la Ciudad de México y nuevamente de Ezeiza. 

En el tiempo que pasó organizando las fotos revivió la alegría de esas dos semanas inolvidables. Pudo prestar atención a detalles de los lugares que habían pasado desapercibidos estando allí, observar cosas que no había visto en el momento, así como recordar situaciones que lo hicieron feliz. Tras dos revisiones generales  logró darle un orden final al material. Sobrevivieron cuatrocientas noventa y tres fotografías que quedarían como recuerdo de ese viaje. Estaba contento. Las cargó en la computadora de modo de poder verlas en tamaño más grande y se preparó para mirarlas por última vez esa tarde. Fueron pasando una vez más, una a una, delante de sus ojos. En ese recorrido, cuadro a cuadro, algo le llamó la atención. Varias imágenes reflejaban además de su figura o los paisajes y los interiores que había querido capturar, la presencia de otras personas que, por casualidad, estaban en el punto en ese mismo momento. Esto sucedía especialmente en las imágenes del tercer grupo, el de la ciudad de Las Vegas, donde siempre hay mucha gente en toda hora y sitio. Ciento veintidós ilustraciones correspondían a ese tramo del viaje. Las repasó, prestando por primera vez, especial atención, a esas personas que aparecían a su alrededor y detrás de él en las reproducciones. Seres anónimos que se meten en las fotografías de otros desconocidos, que jamás les prestarán atención.  En un primer momento, creyó vivir una ilusión, pero al ampliar la imagen de muchas de ellas, la vio con claridad. Sintió escalofríos. En muchas  de esas fotos la pudo ver de manera clara, generalmente detrás de él. Sonriendo como siempre, mezclada con el resto de las personas que deambulaban por allí. Al ampliar más las fotos su rostro se distinguía del resto con total nitidez. La misma mirada que los unió para siempre varias décadas atrás. Los ojos  brillantes y juveniles que se cruzaron de un extremo al otro de un aula atiborrada de gente, muchos de ellos de los servicios de inteligencia, otros futuros desaparecidos, en la primera clase cuando reabrieron la carrera aquel mayo de 1976. Cada vez que viajaba a las Vegas pensaba cuanto la hubiera disfrutado ella. En algunas de las fotos del reciente viaje, estaba presente, riendo, muy feliz. Patricia, su esposa fallecida diez años atrás sin haber conocido esa ciudad.

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