El venado

Por Emilio Rodolfo Contreras Aldana

Como me gusta acostarme limpio, me baño de noche. Mis frazadas y almohada nunca han olido a mí: reúnen el agradable aroma de sándalo y lavanda. Mi jabón y mi colonia. Me rasuro en medio del óvalo transparente del espejo empañado. Ahí me asomo, como si viera un retrato espumoso donde resalta mi goteante barba cerval. Masajeo mis facciones y el agua en el lavabo está tibia. Mi cuello presume una piel nueva, me parece acariciar un lomo manso. De vez en cuando, una gota de sangre, pero nada muy importante. 

Salgo del baño y apago las luces. El pasillo también se queda a oscuras y, a tientas, busco mi habitación, como si de pronto no supiera dónde está. Me siento sobre mi cama y espero. Mi vista se acostumbra a los contornos en la oscuridad, mi oído agudiza los pasos lejanos, algún sonido ágil que habrá dado algún animal, y los autos pasan como si se tratase del mismo viento que demanda posada ante los goznes de mis ventanas. Muy lento me acuesto. Y siento esta capa de fragancia desbordarse por la cobija, la colcha, impregnar cada fibra de tela o lana, llegar hasta los resortes, y siento su cálido goteo bajo mi cama, sobre el entramado de madera del piso y el polvo que nunca barro. Y éste es mi orden.

Ahora me arropo, me encojo muy poco, y es que el frío se cuela por todos lados. Ante todo, busco conservar el calor. Mis manos frotan mis sienes, mi cara: apenas la siento. Y entonces el sudor escurre como esas gotas de perfume que me parece destilar. Mi respiración incrementa. Bajo la colcha y las dos cobijas, siento que me sofoco. Y en la ventana, el viento pidiendo entrar. Sándalo y lavada son dos bromas que me gasté, dos parodias de este abatimiento que me impide conciliar el sueño. Y de pronto…

Viene la comodidad. Es extraño que aparezca así, de la nada. Como si la penumbra de mi recámara la hubiera llamado. Los ruidos distantes apenas son un crujir leve en el vano de mi puerta, y el cansancio nace en la duermevela que va aligerando mi cuerpo. Hasta lo siento ajeno. Todo mi peso, el ruido de mis órganos, de mi digestión, de mi inhalar y exhalar, desaparece. El sueño llega cuando acepto la pérdida de lo que soy. Los párpados, cada vez, cada vez… ¿qué?

Siento que esta noche en mi casa es la misma que encapsulo al dar el pestañeo definitivo: es decir, siento que nunca cierro los ojos, que sólo dejo que se pierda en el inmenso abismo lo que reconozco como real, porque a lo luminoso y colorido le he concedido este atributo, aquello que de día me lastima los ojos si lo veo tan hondo. Entonces, en el momento más cálido de esta antesala de mi ensoñación, por así decirlo, sucede:

Esos pasos rápidos que creía lejanos avanzan en mi sala, en el pasillo, y ya están aquí, en el vano, y abro los ojos, y ahí está el venado inmediato: sus cornamentas lo atoraron en el dintel, en el atrapasueños que cuelga ahí, así que le da un aspecto chusco; pero sus ojos están fijos en mí, no los veo, pero lo sé, sé que él sólo quiere entrar,

sólo 

su 

cabeza

 es venado

luego hay un cuello gordo y un torso 

con ombligo, 

con brazos,

con pulgares más humanos que los míos, y rompe todo, 

se zafa, se zafa 

y corre hacia mí, esos dos metros entre mi cama y él son nada en comparación con sus zancadas 

está a lado mío 

veo su pelvis sus genitales pelados sus piernas 

se agacha y grita,

grita,

grita, 

gritahhhhhhHHHHHH!!!!!!!!!!! 

como nadie ha gritado 

como los locos de los manicomios que arrastran los grilletes del delirio 

como los gatos copulando 

como el vidrio raspándose 

como el vagido estruendoso de un bebé devorado por lobos

como yo que me encojo y no lloro porque no encojo sino que me mojo y el venado aúlla como el lobos de ensangrentados colmillos.

Sus ojos son dos canicas negras; su cuerpo una quimera. El venado antropomorfo sale por donde llegó. Baja la cabeza para no atorarse otra vez. Afuera oigo las quejas de mis vecinos. Los escobazos en el suelo y los zapatazos en el techo. Reclamaciones y otras formas de inconformidad. Zumba el timbre y se queda así, zumbando.

Mi noche perfecta está arruinada. Me refugio otra vez en las cobijas. Y empiezo a reír, río como un arroyo y arrollo como un río. Mis cuerpos de agua de sándalo y de lavada y de orín. Mañana regresará el venado, pero a mis vecinos no les importa: están rompiendo la puerta, porque esta es la última vez. ¿Cómo explicarles que fue el venado quien desquebrajó sus sueños?

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