La sombra

Por Julián David Rincón Rivera

Mientras camina, persigue una sombra en una tarde nublada.

Aquella sombra era un invento de la imaginación colectiva, esa que no toleraba la incertidumbre, esa que prefería seguir los pasos ya dados, ya conocidos. Se regocijaban siguiendo, no se podían permitir dirigir la apertura del paso, no estaban preparados para ello, o eso creían. 

Así pues, aquel solitario de los caminos se limitó a seguir aquella sombra, aquel reflejo de la cultura, las costumbres, la idiosincrasia. Esa que olía a vallenato y a cumbia. Esa que tenía una derecha deliciosa y que albergaba unas almas rondando en su cabeza, esas musicalidades que lo alegraban.

Una tímida lluvia acompañaba su andar, esa que suena a Bogotá, esa que suena a la sabana. Y aquel néctar del asfalto mojado, que nos era más familiar que los aromas de la infancia y por su familiaridad nos aferrábamos a ella, como un tierno gusto, como una tímida necesidad.

Esa que bailoteaba a cada paso y nos contagiaba su andar. Alegría y optimismo afloraban a su alrededor y el intrépido acompañante, con grandes dotes de caminante, se adaptaba a los misterios de la vida, confiando con cierta ingenuidad en un buen porvenir.

Se acercaban a aquella esquina, al encuentro del amor y la magia. Esa esquina que tenía el espectro de dos personas marcadas en sus paredes, una pareja, un amor. Ese espectro que relucía bajo la encapotada tarde y tenía sentimientos encontrados. Lo que otrora era pura confianza, cariño y aprecio, ahora se transformaba en dudas, incertidumbre y desazón. Porque claro, el implacable y contundente tiempo había deteriorado la fortaleza de aquel gesto. Esto quería decir que en realidad aquel gesto era un engaño en comparación con el verdadero gesto. Ese que era tan puro, inalcanzable. Y la sombra, que hasta ahora parecía tan tranquila, imperturbable, palidecía ante la desgracia de aquel hecho y su rostro se transfiguró en dos rostros, y su boca se transformó en un S recostada, de sus ojos emanaron tiernas gotas que se convertían en suspiros de arcoíris. 

La sombra carcajeaba a pesar de las oscuridades en su rostro y el caminante se regocijaba con las carcajadas que eran alegría y felicidad, el reflejo de la cultura, la sombra de su sociedad y la certeza de un gran porvenir.

El sol resurgió por fin y la sombra se transformó, alargándose, precipitándose, moldeándose a la figura del hombre y ubicándose como esa terrible acompañante. Se emparejó a las maneras del caminante. 

A partir de aquel momento y para la eternidad, las perspectivas del caminante se antojaron más optimistas. Fieles a su naturaleza…

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s