Crónica de un ángel en Viena

Por Cristian Cabrera

Los hombres que buscan a Dios solo en fastuosas catedrales o en sobrias ermitas por medio de súplicas descollantes,  a menudo no se dan cuenta de que en los instantes más usuales es donde suele acompañarnos. A veces en la ejecución de una sonata sublime o como otras, en la vivencia más banal del arte de vivir, su presencia se torna imperceptible para los sentidos humanos aunque esté allí, latiendo in situ. 

En la noche del 7 de mayo del año 1824, la ciudad de Viena se engalanaba con uno de los espectáculos más grandiosos que rara vez acontecen en la Tierra. Esta hoja en el calendario perteneció al estreno de una de las obras más emblemáticas del siglo, lo que más contemporáneamente formaría parte de un legado encomiable para toda la humanidad, una tradición secular que desbordaría no solo los terrenos artísticos; su base férrea ostentaría  los ideales de fraternidad, libertad, igualdad y excelencia, comprometiéndonos con gran vigorosidad y a una distancia muy por encima de la deificación de los individuos.

El Kärntnertortheater daría lugar a la cita, la aparición en escena del prodigioso compositor luego de  diez años de no asomarse en público  y se presumía además sería su último avistamiento. 

Desde su encargo hecho por la Sociedad Filarmónica de Londres en 1817,  la Novena Sinfonía comienza a componerse un año más tarde y finaliza seis años después. La creación de esta descomunal tarea  artística prometía ser una sorpresa en todo sentido y desde luego que sobrepasó esa expectativa, principalmente por su incursión en inusuales detalles que irrumpió con la práctica a la que se ceñían los compositores de la época. 

Fue el resultado de una constante lucha como nunca antes.; empedernido en la  búsqueda de esa quimera un día apareció el momento eureka, entró en un cuarto y  exclamó a gritos: «¡Lo tengo, ya lo tengo!», fue entonces cuando mostró el cuadernillo con las palabras «Déjenos cantar la oda del inmortal Schiller». Y es que el poema de Friedrich Schiller An die Freude escrito en 1785 sumando a su genialidad, impronta y espíritu inventivo constituyeron el andamiaje inspiracional  proclive para la consecución de una obra magistral contemplado desde toda arista.  

Se cuenta que Ludwig era sordo, lo cual y según las peripecias del caso lo limitó a  oír su propio lanzamiento. La versión original exaltó cómo, sin embargo, pudo dirigir a toda orquesta aquella sinfonía de tan compleja elaboración y ejecución, trascripción que se hizo muy corriente aún pasado los años. 

Según el homérico relato del hecho que tuvo lugar aquella noche en el Teatro de la Corte Imperial y Real, el gran Ludwig  lo siguió con una copia de la partitura, imaginando en su mente los sonidos que todos los demás escuchaban, al final de la ejecución, él todavía estaba enfrascado en su partitura sin poder percibir los aplausos cuando uno de los solistas le tocó el brazo y le hizo girar para que pudiera ver las manos que aplaudían y los pañuelos que se agitaban en el aire. Entonces el compositor se inclinó y saludó a la audiencia. 

De forma semejante, paralela o superpuesta a este emotivo recorte histórico y quizás sin demasiada divulgación, pero con el mismo tenor verídico, conmovedor y fidedigno, Margarita Leonor de Mantua nos trae una reversión un tanto disímil y  de aquel majestuoso retrato.  

Era la noche del viernes 7 de mayo del año 1824, ocupaba la primera fila, la sala del Teatro de la Puerta de Carintia estuvo llena, nadie quiso perderse el estreno de la sinfonía del genio alemán. Un extraño sujeto de aspecto astroso parecía custodiarme la espalda; el clamor del  agitado gentío se iba apaciguando hasta que las pláticas cesaron por completo, las luces del recinto se apagaron, la expectativa de algo excelso asechaba sin cesar  alentando la sensación de una experiencia casi íntima.

Un haz de luz que venía desde arriba iluminaba centradamente al conjunto, comenzaba la melodía tocada por un instrumento y luego las otras se unían. Después una armonización simple  de la tonada y luego empieza el coro y luego toda la orquesta. Con su sinergia iba atrayendo más y más gente, que escuchaban, pronto empezaban a participar. Forjaban  su propia comunidad hasta que llegó el momento climático en el cuarto movimiento, la oda estalló, fue una como una estruendosa explosión que lo sacudió todo.

La emoción se hizo carne, azotados por una mezcla  de confusión y euforia los espectadores no cabían en sí, entraban y salían a la luz producto de aquella  onda expansiva. El clamoreo volvió a ser sustancia, opinaban, lloraban y reían exaltados. “Una música que representa la belleza y, por lo tanto, la bondad de mi causa” arremetía un cortesano que todavía estaba ofuscado. 

Echando un vistazo de una vuelta completa advertí  entonces que el sujeto de la butaca de atrás permanecía inmutable, atornillado al suelo, conmovido en su sola soledad quizás, por lo que no emanaba expresión. Era el único ser sosegado en medio de aquel bullicio, y me le acerqué.

— ¿Ha visto usted lo que sucede cuando alguien abusa de su talento?, cuánta destreza… comenté con él.

A lo que el  hombre de talante harapiento y con voz apacible responde:

— “Distinguida dama, no pude oír nada, pero lo he visto todo”.

— ¡Pero cómo es posible! ¿Acaso usted no oyó los suplicantes violines, no apreció el bajo tenor, no reparó en  los oboes ni en el canto coral? Le reproché enfervorizada. 

— “Puede ser testigo del concierto de la vida que se iba avivando al compás de  la música, puede ver  los rostros colmados de júbilo  que  sobrexcitados se sometían, todos ebrios de entusiasmo. El hechizo los une de nuevo, lo que la acerba costumbre había separado, vuelven todos los hombres a ser hermanos, la obra está completa”. Sentenció y caminando con dirección firme hacia la puerta, se marchó. 

El Maestro seguía pétreo en el sitio y en la situación que deseaba, la mirada perdida, pero a la vez puesta en la multitud que coreaba su nombre y luego  en lo alto, arrojando una risa cómplice, una iluminación cenital sobre sí  exacerbaba lo dramático de la escena, fantasmagórica,  Dios había escuchado sus plegarias  y él pudo oír, era el premio a una existencia dedicada al arte y al perfeccionamiento en el ocaso de su vida, efectivamente la Gran Obra estaba completa, un misterioso ángel había permitido lo inverosímil…

Tomado de las memorias escritas por una monja novicia, encontrado y redescubierto en una residencia de Jesuitas por un Archivista del Centro de Estudios y Datos Históricos de la actual Universidad Nacional de República Checa.

El documento permanece adjunto a un volumen importante de otros textos de la época ligeramente mejor conservados y aún guarda la rúbrica de quien fuese su deponente en aquella inédita epopeya.

Margarita L. de Mantua, ciudad de Praga.

Domingo 09 de Mayo de 1824.

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