El susurro de los vientos

Por: Armín Jesús Arceo Durán

El jet se llama Eólo porque suena bien cuando lo pronuncian en voz alta. No porque tenga poder ni porque sea especial. Es un avión: acero, algoritmos, lujo y velocidad. Lo bauticé así porque el mundo moderno necesita símbolos simples para sentirse cómodo. Yo no. Yo necesito margen.

Mientras tomo asiento y Eólo se alinea en la pista, acepto el vaso de agua sin hielo que Irena me ofrece con la naturalidad de quien lleva años aprendiendo a no hacer preguntas innecesarias. El empuje del despegue me hunde ligeramente en el respaldo, y cuando alcanzamos altura de crucero, como siempre, las ciudades dejan de parecer reales. Desde aquí arriba todo se vuelve mapa, y los mapas, ideas. Es una forma útil de recordar que casi todo es negociable.

Para el mundo soy Caeryn Volmir: treinta y cinco años, director ejecutivo de Volmir Industries, filántropo habitual en conferencias sobre energía limpia y cooperación global. El “millonario chamán”, como les gusta decir con esa mezcla incómoda de burla y fascinación que solo aparece cuando alguien no sabe si admirar o desconfiar. Esa es la parte que pueden mirar sin sentirse amenazados. La otra no.

Cierro los ojos un instante y dejo que el aire haga su trabajo. Aquí arriba no hay turbulencia todavía, solo una tensión mínima, un ajuste casi imperceptible en la presión, como si el cielo respirara antes de hablar. Hay olores que el lujo nunca logra imitar: cuero nuevo, café caro, madera pulida… ninguno se parece al filo metálico de una tormenta antes de existir. Mi abuelo decía que el viento no grita; advierte. El que grita es el humano que no aprendió a escuchar.

No nací en un hospital. Nací en una yurta, en medio de las estepas euroasiáticas, bajo un cielo atravesado por relámpagos. Mi madre me presentó al clan con plumas entre los dedos y un canto antiguo. Los ancianos pronunciaron una frase que no fue bendición ni amenaza, sino contrato: el viento lo protegerá, pero también lo reclamará. Ese día, un halcón giró sobre la tienda y no se fue. No lo interpreté. Lo acepté.

Pertenezco a una familia de brujos. No a un mito romántico ni a una leyenda susurrada, sino a un linaje real, disciplinado y respetado. Un aquelarre con historia y presencia. Los Volmir entendimos hace generaciones que esconderse no garantiza sobrevivir, así que aprendimos a existir en ambos planos. Mientras otros clanes se aislaban o desaparecían, los míos construyeron empresas, bancos y fundaciones. Poder visible para proteger lo invisible. No por ambición, sino por supervivencia. A mí me tocó heredar ese equilibrio.

Cuando Irena regresa para confirmarme una llamada con la fundación de Berlín, activo sin esfuerzo la voz pública. Hablo de cooperación energética, de responsabilidad a largo plazo, de futuro compartido. Las palabras largas tranquilizan a la gente; siempre lo han hecho. No miento. Solo selecciono qué verdad mostrar. El filántropo cumple su función. No es una máscara falsa. Es una herramienta.

Entonces el aire vuelve a tensarse.

Recuerdo cuando tenía ocho años y el aquelarre me dejó solo en la estepa durante cinco días. Un rito de paso. Nadie lloró. Nadie pidió clemencia. Si el viento me aceptaba, volvería. Si no, no había nada que discutir. Seguí al halcón, aprendí a moverme sin desperdiciar energía, a observar sin romantizar, a escuchar antes de actuar. Encontré agua cuando mi cuerpo ya estaba seco por dentro y regresé. No hubo abrazos. Hubo silencio, miradas largas y respeto. Esa noche me tatuaron espirales en la piel y me enseñaron que la magia no consiste en imponer voluntad, sino en traducir fuerzas. El viento no obedece. Dialoga. Así me hice chamán.

Luego vinieron las ciudades: Moscú, Berlín, las salas de juntas. Aprendí que el dinero también es una corriente, invisible y poderosa, capaz de mover naciones. Aprendí a leer balances como otros leen nubes, a decidir rápido, a no titubear. No traicioné una parte por la otra. Las uní.

La voz del capitán irrumpe para advertir de una turbulencia inexplicable. El radar no la entiende. Yo sí. Le pido que reduzca velocidad y gane altura. No está en el plan de vuelo, pero el viento rara vez respeta planes humanos. Irena regresa con una pregunta en los ojos. No le debo la verdad completa. Le debo calma. Le digo que todo está bajo control, que es solo aire inquieto.

El viento trae rumores. No palabras, sino sensaciones. Algo observa. Algo mide. No es un ataque; es un tanteo. El aquelarre siempre lo dijo: cuando el viento insiste, no es para asustar, es para advertir. La turbulencia cede y el avión desciende hacia un hangar que parece una boca abierta. Eólo aterriza con una precisión excesiva.

Pido unos minutos y bajo solo.

El aire del hangar no está quieto; está contenido, como una flecha tensada que aún no ha sido soltada. Entonces escucho la voz a mi espalda. Qin Xian nunca habla desde el lugar equivocado. Dice que llego tarde. Le respondo que el viento no corre, se desplaza cuando debe. Aun así, insiste: hoy llegué tres minutos después.

Cuando me giro, lo veo apoyado contra una columna, discreto, exacto. Su presencia no depende de símbolos, sino de anticipación. Parece alguien que estaba allí antes de que el lugar decidiera existir. Dice que no vino a medirme, sino a confirmarme. Que sigo escuchando al viento como si fuera mío y no como una variable. Le respondo que el viento no es una variable, es un interlocutor. Asiente. Por eso vino él.

El viento intenta rodearlo y no lo atraviesa. Se desliza alrededor, como si el tiempo pidiera permiso al aire. Xian habla de ritmo, no de amenaza. Dice que ahora todo coincide demasiado, y eso nunca es buena señal. Cuando todo encaja, alguien está forzando la geometría. Su familia ha detectado desfases mínimos, pruebas. Yo también lo he sentido: el viento empezó a insistir.

Xian dice que me necesita móvil, disponible. No atado a compromisos largos. Le pregunto qué necesita él del viento. Tras una breve pausa, responde que le avise cuando el tiempo empiece a repetirse. Eso nunca termina bien. El frío que siento no viene del aire. Me dice que pronto no habrá especialidades, solo reacción. Le pregunto si llego tarde otra vez. Me responde que no: esta vez llegué justo a tiempo. Eso es peor.

No hay juramentos. No hacen falta. Nos entendemos en silencio. Me pide que me mantenga en movimiento. Le pido que no intente correr solo cuando el tiempo se apure. Asiente y se va, exacto como todo en él. El viento vuelve a fluir.

Regreso a Eólo y ordeno ruta abierta, sin destino fijo. Las coordenadas las dará el aire. Mientras despegamos, el viento no trae advertencias, sino certeza. El reloj ya está corriendo.

Yo soy Caeryn Volmir. Escucho corrientes, traduzco mensajes y me muevo antes de que el mundo entienda por qué. Xian mide cuándo todo ocurre. Entre el tiempo y el viento, el equilibrio no se anuncia. Se ajusta.

Y esta vez sé que no habrá margen para errores elegantes. El viento no espera. El tiempo tampoco.
Y yo… ya estoy en movimiento.

Dejar un comentario