Por: Edgar Daniel Contreras Quevedo
Meditabundo y lacónico, el venerable presbítero Régulo fue arrancado de sus profundas cavilaciones por el vicario parroquial. El motivo: un asunto apremiante que había llegado a la parroquia. Al recibir la noticia, el anciano se puso de pie frente a su subordinado; besó con efusión el crucifijo que pendía de su esquelético cuello y exclamó en conmocionado aspaviento: «¡Ave María!».
Los casos eran alarmantes, epidémicos. El médico del pueblo no hallaba respuesta a semejante anomalía. De no ser por la falta de indicios de isquemia en los afectados, habría diagnosticado un posible brote de ergotismo causado por la ingesta de pan de centeno contaminado con cornezuelo; pero no, la causa era todo un enigma.
Feligreses de todas las edades se agolpaban a las puertas de la capilla clamando por la intervención divina. Niños, jóvenes y adultos padecían de un mal presuntamente diabólico. Los síntomas eran idénticos: todo comenzaba con mareos, vómitos y diarreas sanguinolentas; luego, espasmos musculares, alucinaciones, contorsiones involuntarias seguidas de convulsiones. Y finalmente, la muerte.
Los enfermos parecían perder la conciencia y adoptaban el opistótonos hasta que la Parca segaba sus lánguidas existencias. El cementerio del pueblo estaba abarrotado de deudos que asediaban al sacerdote para que éste oficiara las exequias de los suyos; entre tanto, el carpintero no se daba abasto con tantos féretros que debía fabricar.
En medio de la hediondez a mortecina que invocaba la cuarta plaga de Egipto, los devotos comulgaban oxeando con raudos movimientos a los esbirros de Belcebú, el señor de las moscas, las cuales pululaban y revoloteaban por doquier. En ese ínterin, Régulo, el misántropo anciano, gozaba de aquel repugnante espectáculo. Mientras abría el sagrario, continuaba su liturgia consagrando el cáliz dorado y el copón plateado donde reposaba el «cuerpo de Cristo». Acto seguido, repartía una a una —«en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»— las hostias previamente espolvoreadas con sales de estricnina, consumando así la transubstanciación.
Las autoridades locales no hallaban respuesta. Todos lloraban y gritaban alarmados: «¡La peste! ¡La peste ha llegado!». En medio del caos, el cabildo tomó la decisión de declarar la cuarentena. El pueblo fue confinado y los difuntos echados a fosas comunes por decreto del virrey. Lamentable noticia para el carpintero.
Aun así, los feligreses, como de costumbre, siguieron asistiendo a misa y recibiendo la eucaristía. De pronto, como si de un milagro se tratase, el mal se disipó, y aunque nadie supo con certeza la causa de las muertes, muchos comentaban sobre la estrecha amistad entre el sacerdote y el carpintero.
