Por: Hugo Cesar Cabrera
Recorrer tus calles puede ser incómodo, pero me trae recuerdos, aunque el mismo pozo siga ahí desde tiempos remotos.
Veo una pelota rodar por el asfalto y un chico corriendo detrás; veo a la señora del tano en la puerta del almacén, siempre con esa sonrisa amable que te invitaba a entrar.
El barrio está más iluminado hoy, gracias a las luces led, que le dan un aspecto no tan teatral como las viejas lámparas halógenas, de filamentos candentes y temperaturas extremas.
Casi sin querer, escucho a la vecina —en donde ahora hay un supermercado chino— quejarse de los precios, como lo hizo siempre en el almacén del tano.
El asfalto se luce sobre las pocas calles de tierra que aún resisten, y los autos pasan veloces sin levantar polvaredas. Pero la pelota ya no rueda, ni los chicos juegan en las veredas.
El futuro es incierto, y ese pozo seguirá ahí, viendo pasar a la gente, escuchando historias o simplemente estando.
A veces creo que el barrio es ese pozo, silencioso, olvidado, testigo inmóvil del tiempo. Yo también, como el pozo, permanezco y quizá sea por eso que sigo volviendo.
Avanzo una cuadra más, donde antes estaba la carpintería, ahora es un depósito gris, sin ventanas, sin olor a madera cortada, ni aserrín suspendido en el aire. Me detengo frente a lo que queda del portón original, sólo una bisagra oxidada sobrevive, casi como yo, aferrada a algo que ya no existe.
Un perro callejero me mira desde la esquina, no me ladra, no se mueve, sólo me observa, como si reconociera en mí otro vestigio de algo que perdió.
Sigo caminando, no sé hacia dónde, cómo no sabía de chico cuando vagaba con la bici, esquivando pozos, buscando aventuras que hoy llamo recuerdos.
Me pregunto si este barrio aún recuerda a sus habitantes. O si nosotros, los que seguimos regresando, somos parte del olvido que lo mantiene vivo.
Al llegar a la plaza —la misma, pero distinta— me detengo. No hay hamacas, no hay chicos. Hay bancos rotos, pasto seco y faroles apagados aunque casi sea de noche.
Pienso en el pozo, en ese agujero en la calle, en ese vacío que nadie arregla, porque todos lo esquivan, como a los recuerdos, tal vez por eso sigo viniendo. Para que el pozo no olvide. Para que el barrio sepa que aún hay alguien que recuerda.
Entonces me siento en el borde del cordón, cierro los ojos, y espero.
Porque a veces, quedarse quieto es también una forma de seguir. Y el barrio, lo sé, aún me reconoce, aunque sea como un silencio más.
El tiempo pasa sin que me dé cuenta. La sombra de los edificios se estira sobre el asfalto y el aire empieza a enfriarse, como si el barrio respirara despacio acostumbrado a las ausencias.
Entonces escucho pasos. Al principio pienso que los imagino, pero no, son reales, lentos, como los míos. Abro los ojos, es un chico, no tendrá más de diez años. Lleva una camiseta demasiado grande y arrastra una pelota desinflada. Se detiene al verme, me mira sin decir nada. Durante un momento, somos dos desconocidos en la misma historia. Después, sin soltar la pelota, se sienta en el cordón, a un par de metros de mí. No hablamos, el barrio tampoco. Y sin embargo, algo cambia, el chico patea la pelota suavemente, haciéndola rodar hacia mí. Yo la agarro, como si supiera qué hacer, la devuelvo, él sonríe, apenas. Jugamos así un rato, sin reglas ni palabras, hasta que su madre lo llama desde una ventana. Se levanta, agarra la pelota y se va, pero antes me lanza una última mirada. No es de despedida, es de reconocimiento, como si dijera: “Te vi, yo también estoy.”
Cuando el chico desaparece, me levanto. Por primera vez en mucho tiempo, no siento el peso del barrio sobre mis hombros. Antes de irme, paso junto al pozo.
Lo miro, lo observo. Y me doy cuenta de algo simple, no es el barrio el que me espera. Es la vida, disfrazada de silencio, la vida, que sigue, aunque yo no lo entienda.
Doy un último paso y dejo atrás el pozo, y esta vez, no me detengo a mirar atrás. Porque recordar está bien, pero vivir es seguir caminando. Y, por fin, me voy.
