Perro negro

Por: Joao Ordaz

Dicen que todos los perros tenemos dueño. Yo tuve uno hace tanto que ya no sé si fue verdad o solo un sueño que inventé para no sentirme tan solo. A veces, cuando el hambre me dobla el estómago, cierro los ojos y recuerdo el olor a huevo con salchicha, la voz que decía: “¡Fuera de la cocina, bebé!” y esas manos tibias que alguna vez me rascaron la cabeza. Pero los recuerdos se van apagando, igual que el calor del sol cuando se esconde entre los edificios.

Camino por las calles de esta ciudad que no mira hacia abajo, voy entre los pies de la gente, los autos que escupen humo, los puestos y los gritos de los vendedores. Todo huele a vida, pero yo solo alcanzo lo que sobra. En cada esquina dejo una parte de mí: un mechón de pelo, un ladrido débil, una esperanza que se pudre.

Una vez, pasando cerca del mercado, un muchacho me llamó con un chasquido de lengua; olía a cerveza y rabia. Moví la cola con desconfianza. Entonces lo vi levantar un ladrillo y lanzármelo directo al lomo. Sentí el golpe como un trueno. Caí al suelo, sin aire, mientras él reía con sus amigos.

Nadie dijo nada. Ni un “déjalo”, ni un “pobre perro”. Desde el suelo, vi a la gente inmóvil, vi sus piernas como un bosque de indiferencia. Me puse de pie como pude y seguí caminando, el ladrillo aún vibraba entre mis costillas. Esa noche supe que no volvería a confiar en ningún humano que me hablara demasiado suave.

A veces me topo con otros como yo: flacos y desconfiados. Nos olemos con cautela, porque aquí hasta la amistad es un lujo. Algunos todavía creen que si mueven la cola frente a alguien amable algo puede cambiar. Yo ya no. Aprendí que el amor no se busca, se recuerda.

He visto muchas cosas desde el suelo: niños que ríen mientras su madre les limpia la cara con una servilleta; borrachos que duermen abrazando una botella; policías que patean la basura sin mirar si dentro hay un alma respirando. También he visto gente llorar en las paradas del camión y enamorados que se besan junto a los botes de basura. Todo eso me pertenece también, porque soy parte del paisaje que nadie nombra.

Las noches son las peores. Cuando el viento sopla y los humanos se encierran tras sus puertas, el frío se mete entre los huesos como una aguja lenta. Entonces busco refugio debajo de un carro o entre los cartones de una tienda cerrada. Ahí escucho los pasos de los fantasmas urbanos: ratas, otros perros, vagabundos, sombras que murmuran. Algunos días pienso que ya no quiero despertar. Pero luego sale el sol, y el sol… el sol es la única cosa que todavía me quiere. Me gusta cómo me acaricia el lomo, cómo calienta mis patas entumidas. Me hace olvidar que no he comido, que el agua del charco sabe a aceite. Me da fuerzas para seguir andando, aunque no tenga a dónde ir. Cada rayo me dice “aguanta tantito más”, y yo le hago caso, como si fuera la voz de Dios.

Una madrugada escuché motores, pasos rápidos, voces duras: “¡Agárrenlos a todos!”. Eran de la perrera, con la camioneta blanca y las jaulas que huelen a miedo. Corrí, pero mis patas ya no son las mismas. Vi a una perra café ser atrapada por el cuello con un lazo; hace días compartió un trozo de tortilla conmigo. Chilló, pataleó, pero nadie la soltó.

Yo me escondí detrás de un contenedor, temblando. La camioneta se llenó de gemidos, golpes y garras raspando metal. Cuando arrancó, me quedé solo en la calle, escuchando el eco de los que no volverán.

Hoy amanecí cansado, mis patas ya no responden igual. Crucé la avenida con dificultad, esquivando llantas y gritos. Un niño me vio desde la ventana del carro y me sonrió. Yo quise mover la cola, pero el cuerpo no me obedeció. Me tiré en una banqueta, junto a una panadería. El olor del pan recién hecho me recordó a mi casa —si es que alguna vez fue mía—.

Cierro los ojos. El suelo está frío, pero el sol sigue ahí, acariciándome el hocico. Escucho los pasos de la gente pasar junto a mí, sin detenerse. No los culpo. Tienen sus propias batallas. Respiro hondo una vez más. Huelo el polvo, la grasa, el aire sucio… y entre todo eso, un aroma leve a flores. Tal vez alguien dejó caer un ramo, o tal vez el mundo me concede un último regalo.

El sol se posa completo sobre mi cuerpo. Ya no siento hambre ni frío. Solo una paz rara, como si volviera a casa. Y pienso, antes de dormirme para siempre, que quizá no todos los perros tienen dueño, pero todos, incluso los callejeros, tenemos cielo.

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