Por: Bruna Mucignat
En esa fiesta el herrero iba a tirar la casa por la ventana. Se hacía en Tapiales, en el conurbano bonaerense. Habría un centenar de invitados, un gran asado ―con parrillero y todo― una torta de varios pisos y ¡hasta una orquesta! El carnicero amigo comentaba: “Le vendí dos costillares de novillito de exportación ¡un vero boccato di cardinale!”
El vestido de la quinceañera era hermoso, de seda rosa chicle. Si hasta parecía que la tela cantara ¡frufrú! ¡frufrú! cuando la chica caminaba. Los zapatos de taco alto estaban forrados con el mismo material que el vestido. El regalo de los padres era esa fiesta, oneroso obsequio que debería durarle varios cumpleaños más.
Todo estaba pensado para que el evento fuera un éxito rotundo, siempre y cuando, el diablo no metiera la cola. Pero llegó la tía Irma que, de por sí, era la cola del diablo. Además de ser rubia y alta, la tía Irma era descaradamente linda y sensual. Parecía una chica Divito, de cintura mínima y poderosas curvas. Amigas no tenía, pero le sobraban pretendientes.
“¡Qué desperdicio, tanta belleza junta en una sola persona!”, se quejaba el tío Rosendo, ni bien la vio, agregando: “¡Si Dios hubiera repartido un poco de esa lindura entre las otras mujeres, tendríamos más gente feliz y menos bagartos en la familia!” “¡Cómo se nota que Rosendo se mira poco al espejo!”, opinó la abuela Dora, cómodamente sentada en una flamante silla de ruedas. “El día menos pensado, alguna de las feas lo va a escuchar y se va a pudrir todo en la familia”, agregó su hermana Lidia.
El tío Tito, muy devoto a Dios, la apodaba Armagedón, sin más explicaciones. Por su parte, el tío Salvador, que era astrónomo, había hecho también su aporte al llamar a Irma: Big Bang, por las reacciones que desencadenaba. Era común en las reuniones familiares, que los dos se sentaran juntos e hicieran chistes satíricos y hasta crueles sobre Big Bang y Armagedón. Suponíamos que lo hacían de despechados.
Fuera de los motes, era un espectáculo ver cómo reaccionaban los hombres ante esa hermosa mujer. Al igual que otras veces, cuando Irma entró a la fiesta, se detonaron juntas todas las alarmas masculinas. El parrillero, que la veía por primera vez, quedó boquiabierto. Él era bastante desagradable, pero también era audaz y, como se sabe, el mundo a veces es de los audaces. Se le acercó de inmediato y casi le escupió un piropo soez. Ignorándolo, Irma fue a otro sector del salón.
Comenzó a tocar la orquesta en la que se destacaba el bandoneón, ejecutado por Pichuquito. Tras el vals, se inició el baile propiamente dicho. El audaz parrillero, olvidando fuego, novillitos y achuras fue directamente a los bifes a solicitarle una pieza a la tía Irma. “¡No!”, le contestó ella dándole vuelta la cara y, como estaba cerca del micrófono, ese ¡no! retumbó por todo el salón. Sobre el pucho, fue otro hombre a sacarla a bailar, un porteño elegante de traje azul de tres piezas. Irma aceptó. Y así estalló el Big Bang.
Mientras las parejas giraban en la pista, el parrillero, a su vez, giraba la cuchilla en el aire y lanzaba indirectas, no solo sobre la chica Divito sino también sobre los porteños, que respondieron con insultos. Al notar que tenía a todo el mundo en contra, el parrillero a modo de defensa, les tiraba piezas de asado y achuras. Al rato, los trozos vacunos y chorizos engrasaron el piso y la gente comenzó a resbalar. La primera en caer fue la quinceañera. Se le estropearon los zapatos y el vestido. Cuando los proyectiles cárnicos se acabaron, comenzaron las piñas.
Sintiéndose humillado, no solo por esa mujer sino por los porteños, el parrillero se calzó un par de guantes y la emprendió con el lanzamiento de carbones encendidos. El resto se defendió arrojándole platos, vasos y cubiertos. Enseguida el asador perdió la batalla. Pichuquito casi pierde el bandoneón y la vida, porque su banco se inclinó peligrosamente, y cayó al piso, golpeándose la cabeza con la otra punta del banco de madera, pero salvando el instrumento. La cumpleañera lloraba de bronca con su atuendo arruinado.
El herrero apareció de pronto con un arma para poner fin a la reyerta y con muchas ganas de ponerle fin al parrillero. Y entonces se armó el gran revuelo. Cada uno tomó sus petates y salió corriendo a campo traviesa hacia la estación para tomar el tren a Buenos Aires. Ahí se percataron de que el tío Rosendo tenía puesto el saco del tío Tito. Que mengana tenía la cartera de zutana y los zapatos de perengana. Al bajar en Pompeya, notaron que faltaba la abuela Dora. ¡En el apuro del éxodo, sus hijos habían olvidado empujar la silla de ruedas!
Por décadas se habló de ese cumpleaños. A sus ochenta, la tía Irma hoy no es ni la sombra de lo que era entonces, para felicidad de los bagartos de la familia. “¡Tantos pretendientes y quedó solterona!”, opina uno. “¡La suerte de la fea la linda la desea!”, dice otro.
