Pájaro en el suelo

Por: Axel Sosa*


Mi padre murió una noche calurosa de abril.

Mi madre, con una palidez de tumba, fue a darme la noticia, sus piernas temblaban y su voz apenas pudo hilar cinco palabras: “tu padre se ha ido”.

Los pájaros saludaban al nuevo día, ajenos al terrible sentimiento que aquejaba a mi hogar, y, sentado en mi cama, miré por la ventana, deslumbrado por el sol, pensando que debía pedir unos días en el trabajo y la escuela.

El resto de ese día transcurrió de manera bastante extraña; mi mente deambulaba en cada habitación, recorría cada esquina, cada ventana y rincón en búsqueda de un lugar donde me pudiera esconder.

Me quedé observando la línea de pintura blanca a lo largo de las calles y cómo los automóviles les pasaban por encima sin decir nada; vi encima de mí un pajarito que cayó desde la copa de un árbol que estaba siendo talado por cuestiones estéticas. 

La pequeña ave no tenía edad para volar y se estampó secamente en el suelo; sentí mucha lástima y lo quise recoger, pero el tráfico me lo impidió. No dejé de pensar en eso todo el día, incluso en el funeral de mi padre.

Pasados ciertos meses, para poder sobrellevar el torbellino de sentimientos en mí por la muerte de mi padre, me traté de convencer de cierto alivio al saber que él ya no sufriría los estragos más severos de la edad en años venideros; sin embargo me volví a sentir apabullado cuando me dije que hubiera preferido ver esos años difíciles a perderlo antes.

Ante su inminente partida prematura, mi padre tenía un deseo de ir al mar, el cual se vio interrumpido en diversas ocasiones por pagos costosos de distintas índoles: hipotecas, colegiaturas, un brazo roto y un accidente automovilístico inesperado. Y por eso, me sentí mal, no porque fuera responsable, sino porque pude haber  contribuido a ese sueño al menos con el poco dinero que conseguía del trabajo de medio tiempo en una tintorería casera. 

Sin embargo, después de su muerte continué ahorrando.

Una noche, meses después del entierro, soñé con el pajarito que se había caído del árbol. “Sus padres volaron”, alguien me susurró al oído. Me acerqué al cuerpo y lo recogí: no tenía ninguna herida; lo cubrí con mis manos y sentí cómo se resistía. Abrí mis manos con miedo pues no deseaba que huyera, como si esperara que supiera que mis manos y mi pecho eran un lugar seguro; sin embargo emprendió el vuelo rápidamente, ya en mis manos había crecido: su plumaje era de un rojo rubí.

Ese mañana desperté un poco más triste de lo que ya estaba.

Tras varios meses más de la muerte de mi padre, en los días más difíciles, me decidí por adoptar a un gato con la intención de mejorar el deteriorado humor de mi madre, y el dinero que conseguía se iba directamente a conseguirle alimento, arena y juguetes que después de una semana olvidaba o perdía. Para mi sorpresa, mi madre se encariñó del gato y su semblante cambió antes de lo que yo tenía pensado, aquello alegró severamente mi corazón.

Al gato lo llamamos “Balón” por la manera en que solía jugar con un pez de peluche que mi madre le compró, pues se hacía bolita y después se ponía de pie, se escondía, acechaba con todos sus instintos primitivos y luego volvía a ser el tierno estambre de pelos que tanto adoraba mi madre.

Yo salía de trabajar mucho antes que mi madre, por lo que comía a solas en casa, aunque acompañado del gato, el silencio de la casa era aplastante, pues desde lo de mi padre, ella se vio forzada a quedarse más tiempo en su trabajo, tratando de llenar el vacío, económico, que él había dejado. Yo apoyaba con lo que podía, al menos para cosas para mí y ciertas facturas que no me dolían pagar, como la luz o el agua, incluso ambas cuando hacía tiempo extra en la tintorería.

Cuando resultaba que las cosas comenzaban a ir en una mejor marcha y que el sol brillaba ya en nuestra dirección parecía que la vida se encargó de protestar: mi madre se vio involucrada en otro accidente automovilístico que la dejó severamente dañada. El médico me explicó que además de perder la movilidad de las piernas, el lado izquierdo de su cuerpo había quedado inutilizado, y que, aunque pudiéramos pagar las terapias necesarias, no iban a ser efectivas enteramente.

La indemnización por el accidente nos venía bien pues nos ayudaba a pagar cosas que necesitábamos, como lo eran la luz, el internet, los teléfonos y la gasolina del coche; pero no lo suficiente como para pagar sus terapias, por lo que tuve que investigar en Internet unos que yo pudiera darle y de cierta forma le beneficiaran; no eran útiles, pero mi madre me agradecía con lágrimas en sus ojos el esfuerzo que yo invertía en ella: me rogaba que yo me dedicara enteramente a la escuela y que poco a poco nos la arreglaríamos así y que “Balón” la ayudaba a distraerse en las tardes.

El cansancio era enorme, entre la tarea, el trabajo y las “terapias” a mi madre apenas me quedaba tiempo para respirar tranquilamente; naturalmente jamás reproché nada, pero sí levanté mi cara al cielo en diversas ocasiones para clamar por un poco de piedad; pero no había respuesta ni descanso.

Una tarde, en una de sus terapias caseras, mi madre me preguntó muy preocupada por el gato, decía que tenía varios días que no lo veía; “seguramente salió a explorar, ya sabes cómo es”.

“Deberías de ir a buscarlo”, insistió. Entre mi cansancio, mi hambre y una irritabilidad que iba creciendo, le grité que el gato estaba bien. Ella lloró y me pidió disculpas entre sollozos diciendo que lamentaba ser una carga para mí, que deseaba desaparecer y ya no dar más problemas. Yo también me disculpé, le expresé que no era mi intención hablarle así y ambos lloramos por un largo rato.

Aquella noche dormí intranquilo; escuché cuando “Balón”, después de varios días, por fin había llegado a la casa, y por esa ocasión se fue al cuarto de mi madre y no el mío. “¡Por fin llegaste! Te estuve esperando. Ven, acuéstate a mi lado”, le llamó.

A la mañana siguiente, al despedirme de mi madre para ir a trabajar y agarrar las llaves del coche, me encontré con una habitación vacía: no había rastro ni de ella ni del gato. No me preocupé, algo dentro de mí sabía que iban a estar bien, que ya no estaban, pero que estaban bien. Ahora, el último recuerdo que tengo de mis padres es una fotografía de ellos el día de su boda.

Junté mi ropa, llené una maleta de mis pertenencias y me subí al coche; decidí no ir al trabajo: me desvié hacia la carretera y tomé la primera pista que me llevara al mar.

Tras varias horas de conducir, sentí el pesado y caluroso aire característico de los estados donde hay mar, mi mente se calmó, y junto con ella todos mis pensamientos; había encontrado cierta paz.

El cielo despejado, con unas pinceladas lejanas entre sí de nubes blancas y tímidas, me condujo directo hacia la costa.

Pasados ciertos minutos, aparqué el coche y me fui caminando sin zapatos por toda la costa, lejos de toda la gente y el bullicio de la ciudad.

Lentamente me introduje al agua, para mi sorpresa estaba muy calmada. Había olvidado esa fría pero agradable sensación en todo mi cuerpo de ser invadido completamente por el calor del aire y su contraparte por el mar; con cierta lentitud me dejé llevar. Estuve así unas horas, hasta que me sentí cansado.

Ahora, ya más tranquilo, sentado en la arena ya tibia, miré el atardecer: era hermoso.

Un pájaro pasó volando sobre mí, y consigo se llevó mi pesar.


*El autor estudió en la BUAP la carrera de Licenciatura en Comunicación y ha participado en dos concursos de cuento a nivel zona escolar estatal, obteniendo en una de esas participaciones el segundo lugar. Publicó un cuento en una revista universitaria “Teip” con el nombre de “Sueño de Bronce”. Actualmente participa en un podcast, como creador de contenido, donde habla de diversos temas dentro del mundo “geek”, llamado “Geekverse”.

2 comentarios

  1. Me gusto mucho la narrativa de los detalles y momentos.
    Al ir leyendo cada renglon te atrapa para seguir leyendo el siguiente.
    Muy buen trabajo.
    Felicidades.

    Me gusta

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