Baruch Spinoza en la historia del progreso científico

Por Nicholas Gutiérrez Pulido

Esta disertación abierta, franca, amistosa, forma parte de las diligencias académicas que el Colectivo de Historia “Tlacaélel” y el Colectivo Óclesis. Víctimas del Artificio, que se encuentra de manteles largos por sus XV años de permanencia en el ámbito cultural poblano, han diseñado para destacar el valor de la cultura como estímulo vital de la diversidad, creatividad e innovación contemporánea, con apego a lo que recomienda la UNESCO de que todas las culturas, iguales en dignidad, sean beneficiadas por las expresiones culturales que contribuyan a la construcción de la cohesión social tanto nacional como internacional.

En este sentido, la propuesta tlacaélica y oclética de abordar la figura de Baruch Spinoza es relevante, dado que el filósofo judío sefardí es pieza clave en la historia del pensamiento filosófico occidental, una figura representativa para entender el desarrollo de la Revolución científica en el siglo XVIII en Europa, en medio de dos fuerzas enfrentadas por siempre: las fuerzas retrógradas y las fuerzas progresistas.

De entrada podemos decir que Spinoza ya es un filósofo propio de la Modernidad, un continuador de la filosofía cartesiana, aquella que llegó a constituir una de las mayores revoluciones filosóficas. Sin embargo, tanto las Meditationes de prima philosophia (traducidas como Meditaciones metafísicas) como el Discours de la méthode (Discurso del método), pese a que presentan un racionalismo identificado con el método científico, Descartes sigue adherido a la ortodoxia católica, por ejemplo, en ambas obras podemos percibir que continúa aferrado a la prueba ontológica de la existencia de Dios de Anselmo de Canterbury.

Spinoza abriría un camino contrario, tal vez influido por el herético Uriel da Costa, que ya había planteado un puntual cuestionamiento a partir de una lectura racional de la tradición bíblica y propiamente de la cuestión religiosa que le costaría la vida. Así, aunque Spinoza es un pleno heredero del pensamiento cartesiano, no abandona completamente sus antecedentes judíos, como es el caso de su manifiesto panteísmo que hereda de Shlomo Ibn Gabirol, filósofo español de la época de los judíos de Al-Andalus que tiene un libro titulado Fons vitae (La fuente de la vida) que presenta una concepción de Dios netamente platónica y plotiniana que muchos tacharon de panteísta. Otro potente influjo sobre Spinoza sería León Hebreo (sobrenombre de Judah Abravanel) con sus Dialoghi d’amore (Diálogos de amor) y Giordano Bruno que desde su perspectiva de lo infinito y los conocimientos de la cábala planteaba un supremo panteísmo manifestado en círculos, algo que guardaba cierto parecido con el cristianismo gnóstico y con la doctrina de Plotino.

El conjunto de estas ideas anteriormente mencionadas, sumadas a las de Descartes, permitieron a Spinoza elaborar una concepción en la que no existe diferencia entre lo que es el mundo y los que es Dios, es decir, que nosotros nos encontramos inmersos en la divinidad; también llegará a plantear en su Ethica ordine geometrico demostrata (Ética demostrada según el orden geométrico) una moral basada en la unidad de Dios con la realidad y por lo tanto, la unidad de alma con el cuerpo. Esto que ya representa un Monismo es una reacción al dualismo cartesiano, movimiento filosófico que hacía la separación de dos sustancias: la sustancia pensante (res cogitans o mente) y la sustancia material (res extensa o cuerpo), o sea, que el alma y el cuerpo se encontraban separados, lo cual planteaba serios problemas filosóficos porque si el alma es algo separado del cuerpo, cómo interactúa con el cuerpo, cómo puede accionar sobre el cuerpo. Leibniz intentará romper el dualismo del cartesianismo introduciendo la noción de fuerza, pero Spinoza lo va a resolver a través del monismo, afirmando que hay una única sustancia que une la parte espiritual y la parte material o visible, y lo aplica tanto al alma como a la idea de Dios con el Universo.

Así, Spinoza plantea ya un monismo, una unidad del alma con el cuerpo, una unidad del Universo con Dios, con el mundo. Para comprobar sus argumentos el filósofo judío, que al igual que Descartes es un matemático, presenta la Ethica como si fuera un tratado de geometría, es decir, utiliza el método geométrico-matemático.

Muchos especialistas han asegurado que Spinoza es uno de los precursores del ateísmo. Nada más lejos que eso, pues cuando revisamos la Ethica nos damos cuenta de que habla de Dios como algo que se puede demostrar, que existe, sólo que lo concibe de una manera totalmente diferente a la teología tradicional. Es más, Michel Onfray, un filósofo ateo contemporáneo, considera que el cura francés del siglo XVIII Jean Meslier es el verdadero ateo que hay en la historia, porque un Giordano Bruno, un Giovanni Pico della Mirandola, un Voltaire, el mismo Spinoza y otros muchos filósofos, no eran ateos stricto sensu, era gente que planteaba una nueva forma de religar diferente a la institucional y que nada tiene que ver con la negación de Dios.

Entonces, más que precursor del ateísmo, Spinoza es un precursor del pensamiento heterodoxo religioso basado en el método analítico, en el método científico, en la duda metódica, conformando una teogonía en concordancia con el desarrollo de la ciencia.

Numerosos científicos y escritores se dicen panteístas como Spinoza por la afinidad que tienen con la concepción científica. En una entrevista realizada a Arthur C. Clarke, uno de los grandes autores de ciencia ficción, él decía que consideraba el budismo como la única religión compatible con la ciencia, y aunque muchos piensan que es una religión atea, en realidad es panteísta, muy cercana —según varios críticos— al pensamiento de los filósofos posteriores a Immanuel Kant, como es el caso de Johann Gottlieb Fichte, Friedrich Schelling y G.W.F. Hegel —en los que es innegable la influencia de Spinoza— quienes presentan una identificación de la idea con la divinidad, aunque lo manejan de una manera un tanto diferente. Así mismo, para los budistas la consciencia es infinita, y eso remite también a los filósofos alemanes anteriormente citados cuando hablaban de la idea como algo infinito.

Por el lado de la crítica de los apologistas católicos que confrontaron el pensamiento de Spinoza, es relevante Jaume Balmes con su Historia de la filosofía en donde en uno de sus capítulos, al igual que otros apologistas, describe a Spinoza como un pensador herético, opuesto a la teología judía y cristiana tradicional. No obstante, más que desprestigiarlo coadyuvó a difundir más sus conceptos al grado de considerarse que no se comprende al pensamiento contemporáneo sin Spinoza. De hecho podemos citar, por ejemplo, al filósofo judío australiano Samuel Alexander, que acercándose a Spinoza concibe la realidad como un modo de la sustancia, pero se aleja de él cuando dice que la sustancia es temporal y espacial, es decir, plantea la sustancia a la luz del tiempo-espacio que aparece en la base de la teoría de la relatividad de Albert Einstein (Véase su libro Space, Time, and Deity [Espacio, tiempo y divinidad]).

El sistema filosófico de Alexander influiría sobre uno de los pensadores más apasionantes del siglo XX, el inglés Alfred North Whitehead, el cual llegó a proponer una teología que parte de Spinoza y de Leibniz y que generará bastantes seguidores por la audaz síntesis que hace entre lo que es la concepción panteísta y la concepción teísta llamada Panenteísmo.

Whitehead escribió junto con Bertrand Russel los Principia Mathematica, una obra fundamental para la lógica matemática. Claro está que Russell es más leído por su propuesta lógico-matemática, su filosofía de la ciencia y su pensamiento liberal y materialista, pero Whitehead, un tanto olvidado actualmente, goza de mayor profundidad en su filosofía de la ciencia y en su búsqueda por una teología muy al estilo spinoziano y, aunque ya se mencionó que es muy poco estudiado por estas tierras, las escuelas budistas y confucianas de Oriente le han tomado muy en serio.

Como resultado de la propuesta metafísica de Whitehead, surgieron dos seguidores de cierta importancia, un filósofo estadounidense llamado Charles Hartshorne y un biólogo, también estadounidense, llamado Paul Alfred Weiss, cuyos trabajos han generado otros adeptos que forman una corriente denominada realismo especulativo que nace en Francia e Inglaterra y donde se puede notar la fuerte influencia de Whitehead.

También podemos decir que el lógico-matemático ruso Georg Cantor, cuando realiza sus atrevidas investigaciones sobre el problema del infinito, ocupando como base las ideas de Spinoza, entra en controversia con Friedrich Nietzsche, discusión que recogerá y consignará posteriormente Jorge Luis Borges.

Otro asunto que desata mucha polémica es el Amor Dei Intellectualis (amor inteligente de Dios) que Spinoza planteaba como un amor en contraposición al amor místico, dado que éste último era sentir un amor no racional hacia Dios, o sea, un amor que se revelaba en el éxtasis, en la contemplación, que los católicos observan en Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, lo cual era inaceptable para el filósofo judío por considerar que el amor debe de ser racional, un amor llevado al entendimiento, muy cercano a la ideal de amor de Ramón Llull que se apoyaba en el conocimiento. Pero la propuesta de Spinoza cobraría más fuerza porque se comenzaba a vivir una época en que domina la ciencia. Esta es la razón por la que el sefardí hispano-portugués atrae a los reflectores de muchos pensadores hasta la actualidad, porque llena los vacíos que otrora llenaban los místicos católicos.

El neurocientífico António Damásio ha tomado el pensamiento spinozista para recrear una vez más el problema mente-cuerpo y ha escrito un libro bajo el título de En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, que efectivamente va muy de la mano con la temática de las emociones y sus procesos neurológicos, inclusive asegura que el cerebro es el teatro de las emociones. Algunos críticos, generalmente de ciertas escuelas del psicoanálisis, han visto en este tipo de obras que las neurociencias se han puesto al servicio del modelo capitalista neoliberal, con el fin de generar cierto ethos emocional que coloniza autoritariamente las subjetividades basándose en los aspectos biológicos del ser humano, y con ello, precisar que las relaciones humanas son una jungla de constante selección al estilo darwinista. Pero, los neurocientíficos no se han quedado callados al respecto, muchos de ellos sostienen un fuerte debate con Sigmund Freud, aunque no con todas las corrientes psicoanalíticas, y afirman que son los psicoanalistas los que tienen concepciones erróneas porque precisamente carecen de bases biológicas, lo que les lleva a creer que ciertas conductas son producidas necesariamente por condiciones socioculturales.

En este asunto hay que tener mucha precaución porque es dudoso que las neurociencias radicalmente estén al servicio del neoliberalismo para dirigir sus esfuerzos hacia conductas de consumo sobre la gente, si bien pueden ser utilizadas como instrumento de dicho sistema eso no significa que estén condicionadas por completo por éste, ya que, aunque se hace mucho énfasis desde las neurociencias de que las emociones modulan nuestras inteligencias múltiples, se abren serios problemas epistemológicos cuando vemos la forma tan diferente en que resolvemos un problema matemático y un problema de pareja.

Finalmente, con este rápido recorrido que hemos hecho sobre la espesura geométrico-racionalista de Baruch Spinoza, está más que justificada la gran conmoción que el sefardí produjo en la historia de la filosofía por su contribución al florecimiento del conocimiento científico, a dura contracorriente del fanatismo e ignorancia de su tiempo.

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