Ética de Spinoza y ética de Foucault: diferencias en ambas perspectivas

Por Juan Carlos Pérez Castro

El pensamiento elaborado por Baruch Spinoza es completamente distinto al de Michelle Foucault, y esto se hace notar de manera más profunda en sus respectivas “éticas”.

Por supuesto, lo primero que podríamos pensar, es en la gran distancia que separa la época de ambos pensadores: por un lado, Baruch es contemporáneo de la primera mitad del siglo XVII, mientras que Foucault lo es del siglo XX. Sin embargo, como nos enfocaremos a su particular visión sobre la ética, dejaremos de lado otros aspectos del pensamiento de ambos filósofos.

Si comenzamos con Baruch Spinoza, uno de los principales aspectos que debemos tener en cuenta al momento de escribir sobre él es su ética, la cual, de manera análoga a filósofos de épocas distintas, se concibe como un modo de pensamiento bien estructurado, cuya base se localiza en una concepción de orden lógico, ya que se encuentra profundamente permeada por el racionalismo de su época, así como de la influencia de Renato Descartes.

Antes que nada, para Spinoza, el objetivo final de la sociedad es el Estado, y este debe regular las condiciones existentes en la sociedad, de tal manera que se convierte en un factor determinante de poder. Dentro de esta condición, los sujetos inmersos en la sociedad manifiestan su libertad al elegir lo mejor para la comunidad. En este estadio encontramos plenamente el sentido racionalista de Baruch Spinoza, pues la razón nos lleva a buscar siempre lo mejor, lo que implica una toma de decisión en la cual se sustrae una parte de los instintos, pulsiones, volitividades, deseos y pasiones. De ahí que este autor apele a una figura institucional como el Estado para garantizar el derecho y la igualdad para toda la sociedad.

Spinoza recurrirá, dentro de sus Proposiciones, a un orden establecido por la figura de Dios, de manera análoga a Descartes, sin embargo, se distancia de él en la forma de concebir esta figura: para el holandés, Dios está en todas las cosas, apelando a un panteísmo; por otra parte, Descartes supone a Dios como fundamento único de la existencia, y trascendente a la res extensa y a la res cogitans. Sin embargo, ambos acuden a una interpretación “geométrica” de la ética, es decir, racional.

Así que en principio, el pensamiento ético de Baruch Spinoza está fundamentado por la metodología matemática y la geometría. Esto nos implica, en primer lugar, a pensar a partir de la postura del autor sobre el racionalismo, donde la idea de la razón como sostén y garantía de acceso a la verdad manifiesta, y como método de investigación, que va de lo simple a lo complejo.

Para entender el sentido de la ética spinozista, debemos comprender que, si va de lo simple a lo complejo, en primer lugar, debe implicar que el sujeto, de manera individual, debe desear el bien por encima de todo. De esta manera, el bien personal no es la máxima de sus acciones, sino que lo es el bienestar social, pues “el todo es mayor que sus partes” (Spinoza, 1980, p. 199).

Y lo demuestra de la siguiente manera:

Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por tanto, que cada cual se ame a sí mismo, que busque lo que es útil para él, lo que le es realmente útil, y que apetezca todo lo que conduce realmente al hombre a una perfección mayor y, sobre todo, que cada cual se esfuerce, cuanto esté en él, en conservar su ser. Esto es tan necesariamente verdadero como que el todo es mayor a sus partes (Ibídem).

Por supuesto, el uso del método matemático y geométrico no se debe al azar. Siguiendo los pensamientos de Descartes, Spinoza piensa que el fundamento de toda veracidad posible es “Dios”, de lo cual se sigue que el conocimiento matemático, al ser exacto, es el único vínculo de comprensión que se nos ha otorgado para conocer el mundo. Esto es sumamente importante, pues nos muestra cómo, para Spinoza, todo debe de estar fundamentado en un orden específico para el libre desenvolvimiento de los seres humanos pues, solo el orden, que es la naturaleza propia de la existencia, es lo deseable. Así lo manifiesta el autor: “Todo modo que existe necesariamente y es infinito, ha debido seguirse necesariamente, o bien de la naturaleza de algún atributo de Dios considerada en absoluto, o bien a partir de algún atributo afectado de una modificación que existe necesariamente y es infinito” (Ibíd., p. 50).

Sin embargo, los seres humanos se encuentran presos de sus pasiones, y estas afecciones se vuelven indeseables en una sociedad donde se desea un orden. Lo racional, lo deseable, es el bienestar de la sociedad, y, como existe cierto efecto reciproco en lo que deseamos a los demás, solo el fundamento del bien puede regir en una sociedad que ha decidido, desde el uso de la razón, y, por tanto, de la libertad, según el autor. Esto implica, de cierta manera, un reconocimiento de las pasiones que nos surgen y un dominio de ellas para garantizar el bienestar de la sociedad. Esto podemos observarlo en la proposición XXX del libro IV: “Si alguien ha hecho algo que imagina afecta a los demás de alegría, será afectado de una alegría, acompañada de la idea de sí mismo como causa, o sea; se considera a sí mismo como alegría. Si, por el contrario, ha hecho algo que imagina afecta a los demás de tristeza, se considerará a sí mismo con tristeza” (Ibíd., p. 146).

Entonces, observamos una relación concreta entre la posición del orden deseado, la racionalidad y la reciprocidad. Podríamos decir que se encuentra cercano al planteamiento socrático del noscete ipsum, pues implica una revisión cabal de nuestras acciones para conocer cuál es el motivo afectivo de estás. Conociendo los motivos, podemos manipularlos o desear lo contrario para buscar un bien para la comunidad.

Aunque lo anterior parezca sencillo, nos abre una interpretación de la importancia de conocer cuáles son los móviles de nuestros actos. Si bien es cierto que el autor no representa, ni de cerca, un acercamiento directo al psicoanálisis, bien podemos decir que su influencia se dejó sentir en filósofos posteriores como Hegel y Bergson, quienes pensaban que la filosofía debía ser concebida con una alta influencia de Spinoza, sobre todo en Hegel. Y esto se vuelve bastante evidente en los condicionamientos sociales que exige el autor alemán, los cuales operan anteponiendo la razón y el orden a toda posible manifestación individual, pues es la sociedad el culmen de la humanidad y su fin concreto es el de una sociedad profundamente jerarquizada.

Con todo, debemos tomar en cuenta la postura de Spinoza al exigir un planteamiento de las acciones que realizamos en nuestra cotidianeidad, lo cual nos lleva a poner en tela de juicio nuestras acciones. Como dijimos antes, si bien no existe un vínculo entre su pensamiento y el psicoanálisis, si podemos decir que sus perspectivas tienen por fin indagar en la consciencia y la causa de nuestras acciones y pensamientos, y ello es parte de lo que exige el psicoanálisis en cuanto que disciplina del saber.

Ahora bien, pasando al filósofo francés Michel Foucault, reclamará dirigir la mirada al reconocimiento de las dinámicas del ejercicio de poder, con la intención de “abstraer” el enunciado que nos permita encontrar al sujeto. Esto es de suma importancia, pues, la ética está dirigida siempre a sujetos, y no a conglomerados de personas o masas, ya que, de ser así, se habrá eliminado por completo la subjetividad de cada persona, instaurando, entonces, una cosificación en la forma de la homogeneidad. Por ello, Foucault afirmará una ética en el cuidado-de-sí, a saber: una acción que nos lleve a encontrar, desde nuestra interioridad, aquello que nos pertenece de manera innata y romper con las formas interiorizadas de la coacción a la que hemos sido sometidos. Esto comienza con el reconocimiento del cuerpo como el primer agente de contacto con “el otro”, de esta manera, puedo reconocer que existe otro cuerpo además del mío. Esto nos lleva, necesariamente a un respeto por la dignidad del cuerpo de la otra persona, y puede conducirnos a respetar las diferencias en cuanto a gustos, ideologías, etc., que existen entre nosotros.

Entonces, la apuesta de Foucault es por una ética que se preocupa por el sujeto antes que por el conjunto social. En ello radica una de las primeras diferencias entre ambos pensadores, como ya vimos anteriormente. En segundo lugar, mientras que Spinoza supone un mundo donde las personas serán guiadas por su razón y, por lo tanto, se dirigirán naturalmente al bien, Foucault supone este orden como parte de los aparatos y dispositivos para ejercer el poder hacia la sociedad, de tal manera que espera el reconocimiento del sujeto para librarnos de esta coacción.

Si bien es cierto que ambos manifiestan distintos puntos de vista, no debemos olvidar que el constructo que significa el ser humano parte de la relación del sujeto con su entorno, lo que Paul Ricœur menciona como intersubjetividad, y quizá sea esta la clave que nos permita evocar un nuevo lenguaje que pueda tender puentes de comprensión hacia el prójimo.

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Referencias bibliográficas

ABBAGNANO N. Diccionario de filosofía. México: FCE.

Spinoza B., Ética demostrada según el orden geométrico, Ediciones Orbis, 1980.

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