La dama blanca

Por Javier Antonio Argüelles Montesinos

Hace muchos años, existía una peculiar ciudad en los campos de Francia, muy conocida por sus enormes y hermosos campos de flores. Rosas, tulipanes, violetas y margaritas decoraban los jardines, parques y plazas. Tanto así que a inicios de mayo, personas de toda la región se reunían allí para disfrutar de la tradicional fête des fleurs. Ese año, el festival transcurría como de costumbre. La gente bailaba y cantaba con entusiasmo. Los enamorados se regalaban flores mientras los niños correteaban por los jardines. Pero ahí estaba ella, una joven hermosa de cabellos oscuros. Llevaba un largo vestido blanco y deambulaba con  pies descalzos a lo largo de la plaza, observaba todo desde la distancia, como si cincelara en su mente cada escena de felicidad. 

Sus ojos brillaban de envidia. 

Cansada de contemplar la dicha ajena, echó a correr hasta la fuente que se encontraba en medio de la plaza. Captaba la atención de todos a su alrededor. La joven extendió los brazos y emitió un atronador alarido que se extendió por toda la ciudad. El despejado cielo se coloreaba de gris para anunciar nubes de tormenta. Los transeúntes observaban aterrados como la joven se desvanecía y fuertes vientos nevados salían desde vestido. Ella había lanzado una poderosa maldición que sumergió a la ciudad en un invierno sin fin, para luego quedar petrificada para siempre. Los moradores colocaron su cuerpo de piedra encima de la fuente, como símbolo de la desgracia que caía sobre sus cabezas. 

Desde entonces nunca más hubo flores, ni festival y un crudo invierno azotó Ville de Fleur durante años, sin importar el curso natural de las estaciones.  Mi abuelo el jardinero  me contaba la historia del niño que rompió la maldición de la dama blanca. Hace veintisiete años, Robert y su padre se mudaron a la vieja mansión Gaulle.  Un caserón construido en el espacio justo donde se encontraba la antigua plaza de las flores. El lugar había estado abandonado durante años y se corría  el rumor de que el espíritu de la dama se había apoderado de aquellos terrenos. 

El padre de Robert no era alguien adepto a las supersticiones locales. Estaba decidido a remodelar la casa y convertirla en su nuevo hogar. Robert, por otra parte, era curioso y un gran explorador. También le gustaba jugar a ser soldado, por lo que su padre le había regalado una vieja granada por su cumpleaños. 

El mejor regalo del mundo sin dudas, pensó. Lo llevaré a todas partes. 

Una tarde mientras su padre estaba muy ocupado como para prestarle atención, aprovechó para recorrer los marchitos jardines y jugar en la nieve. Con la esperanza de encontrar al temido espíritu. Anduvo por el paisaje de aquí para allá cuando tropezó con una rama y cayó al suelo. Había chocado con una vieja fuente rodeada por espesas ramas. Se incorporó y pudo notar en lo alto la estatua de una hermosa mujer. 

De repente, un viento frígido y cortante comenzó a brotar de la piedra. Robert trató de alejarse a toda velocidad, pero el viento lo rodeaba por completo. Estaba atrapado y el frío le impedía correr. La temperatura bajaba desorbitada mientras de la estatua surgía una espectral figura. Los ojos del espíritu lo atravesaban de lado a lado. El fantasma se abalanzó sobre él, dispuesta a poseerlo. Pero Robert fue más rápido y arrojó su granada hacia la fuente. Hubo una explosión acompañada de los desgarradores aullidos del espectro. La fuente quedó hecha pedazos y los vientos desaparecieron. Desde ese día, el invierno cesó. Las estaciones habían vuelto a su curso natural, pero Robert desapareció sin dejar rastro. 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s