Librostetris

Por Alberto Bejarano

Cuando todo comenzó, Anselmo, un hombre soltero de 45 años, decidió que haría todo lo posible por mantener al pie de la letra sus rutinas: trotar en la ciclovía de los domingos, cocinar los lunes toda la comida de la semana (arroz/pasta/arroz) y hacer mercado día de por medio en la plaza de mercado del Siete de Agosto. Tendría que dejar de tomarse sus buenos tragos en los bares del centro (de Palermo o de Chapinero: de tango donde Marielita, de salsa en Sonsonette, de trova cubana en el Café El Quijote en el antiguo Nutabes, de rock en A Gogo y de protesta tropical en Café cinema). Se refugiaría en los libros. Trabajaba la mayor parte del tiempo en su casa como traductor del francés y del portugués y tenía una buena suma ahorrada debajo de la cama pues descreía de los bancos desde los tiempos del ruido, de “upa” decía su abuelo, del UPAC, en el que su familia perdió su casa. Desde su época de estudiante en la Universidad Nacional, veinticinco años atrás, había deambulado por cuanto cuarto de residencia universitaria encontró en Bogotá, Buenos Aires y París. Después de terminar sus estudios de posgrado en lenguas modernas con una beca crédito que le tomó diez años pagar, se reinstaló en Bogotá y sus pasos se fueron sucediendo entre Teusaquillo, Chapinero, Barrios Unidos y La Candelaria, hasta terminar viviendo solo en un mini-estudio por el que pagaba un considerable dinero en el otrora barrio bohemio de La Macarena. Su vida podría resumirse en pocas palabras y no habría muchos adjetivos para describir sus andanzas, en cierta forma semejantes a las de muchos otros anónimos como él que suelen poblar el centro. 

Anselmo había pensado -sin detenerse mucho en verdad a cavilarlo- que seguiría su ritmo de vida sin mayores emociones, pero tampoco contratiempos: ahí estaba su trabajo nocturno entre diccionarios y plantillas de largas traducciones (en su mayoría escolares y de manuales de educación técnica), con los que convivía de domingo a jueves hasta bien entrado el amanecer. Seguiría fumando cigarrillos pielrrojas y tomando maté, café negro y vino rojo. Podría dejar que se esfumara el resto de su vida así, solía repetirse, ahorrando dinero para un viaje a Portugal que nunca se decidía a emprender.

En su nevera había diez botellas casi vacías de diferentes tragos y muchos empaques de salsas de tomate de domicilios. En la alacena unas frutas podridas y varios paquetes de pasta, arroz y unas latas de sardinas. Eso era todo. Y libros, muchos libros: de poetas olvidados, de comics rasgados, revistas viejas y cientos de crucigramas a medio armar. De resto tenía su cama doble bien firme, una hamaca en la sala y una carpa que le gustaba armar con frecuencia, en la que se encerraba a leer los comics con una linterna, las luces apagadas y las cortinas bien cerradas, como cuando era niño. Se acompañaba también con su colección de acetatos de rock y salsa, herencia de su madre. Tenía en las paredes afiches de películas de serie B, policiales y western que había coleccionado desde su adolescencia. No tenía teléfono fijo y su celular apenas le servía para mandar mensajes de texto y casi nunca contestaba las escasas llamadas que recibía. En realidad tenía muy pocos amigos, más allá de los compinches ocasionales de jueves a sábado. Usaba un internet muy limitado, casi restringido a búsquedas muy precisas para su trabajo, pues seguía siendo un traductor a la antigua que confiaba más en la Enciclopedia Británica, en el diccionario Littré y en el de Rufino Cuervo que en las páginas pasajeras. 

Era un hombre de leer la prensa a diario, en papel, algo que ya no era posible hacer. Así que cortado del mundo exterior, sintió que no tenía una alternativa distinta a empezar a escribir, y lo hizo, primero como un tímido Diario en el que más dibujaba (garabatos) que escribía. Ni siquiera era un Diario en el sentido más literario del género. Era una mezcolanza de dichos, refranes, estribillos, sonetos desafinados, citas de libros, donde brillaba la ausencia de toda referencia a la actualidad. No sería de ninguna manera un Diario de un “mal año” como el de Daniel Defoe. 

El aguante se fue haciendo puro desgaste. Lo aliviaba por momento escuchar casetes de Les Luthiers y del Águila descalza y releer El Quijote, como en sus tiempos de estudiante en París. Subrayaba los refranes de Sancho y se aprendía algunos de memoria, llegando incluso a escribir uno en una cartelera de papel que pegó a la ventana frente al patio interior de su edificio. Al parecer a nadie le importó. Así pasaron los días, las noches, las semanas, y los meses, cerrados de par en par como procesión de día de los muertos.

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