Leo Dan

Por Jorge Rolando Acevedo

En aquel año, el segundo año más significativo de Francia, ya que el primero fue, sin dudas, el año de la “Toma de la Bastilla”, se produce en París, (en la Universidad Soborna y el Barrio Latino), una manifestación estudiantil, una protesta obrera, una demanda sociocultural anticapitalista, un pronunciamiento anti-imperial y una lucha contra el consumismo. En los muros y en las calles del país galo se podía leer: “la imaginación al poder”– “prohibido prohibir” –“nosotros somos del poder”– “haz el amor y no la guerra”-. Hechos, que de un modo u otro, paralizaron a la nación francesa durante dos semanas, produciendo, en consecuencia, una huelga general en los sectores de la industria, el transporte, incluso, los medios de comunicación se unieron a la singular protesta  conocida con el nombre  del “Mayo francés”.

En aquel año, aquí en la ciudad, se inauguraba las nuevas instalaciones del Banco de la Nacional Argentina, sucursal Tartagal, institución bancaria que tenía, hasta hace poco tiempo, sus oficinas en la esquina de Bernardino Rivadavia y avenida General San Martin. Ahora abría sus puertas, pero en otra esquina: Ignacio Warnes y Coronel Cornejo. En la ubicación céntrica también se encontraban la clínica San Antonio, la Escuela de Educación Técnica No. 1 y la Parroquia Católica Apostólica Ortodoxa San Elías; esquina que estaba al amparo de un ceibo, cuya flor fue declarada símbolo nacional en mil novecientos cuarenta y tres. Rafael Obligado, describió al ceibo como una planta colorida y alegre. Por eso, “el poeta del Paraná” escribió: “Allí, bajo las ramas nerviosas y apartadas, / teniendo por doseles tus flores de carmín, / también su hogar aéreo suspenden los boyeros, /columpio predilecto del céfiro feliz”. 

Según cuenta la leyenda que Anahí, una joven guaraní, fue captura y aprisionada  por el terrible invasor. Anahí, mientras era quemada en la hoguera, comenzó a cantar, de tal manera que se convirtió en un gran árbol que da flores rojas. Desde entonces, la selva misionera comenzó a tener una planta llama Ceibo o Seibo.

De hecho, en algunas esquinas, siempre había algo que llamaba la atención. Así como el ceibo se destacaba en la esquina del banco. En la esquina de Bustamante  y Santa Fe, por ejemplo, había un tren, pero no era el  tren de carga y de pasajeros de la estación Manuela Pedraza sino un tren con un rostro pintado de negro, una cara de payaso con una nariz achatada de color blanco, un tren con asientos dobles, unos tras otro; “trencito” que daba vuelta en forma circular sobre una vía construida con hierro y madera; “trencito” donde jugaban los niños a la hora de la siesta o al salir de la escuela, esquina que tenía también  un poste de luz, del cual colgaba  un  cartel  señalador con fondo rojo y letras blancas que decía “contramano”. En la esquina de  San Sarmiento y San Martin, “La social” y esas chapitas de gaseosa y cerveza  enterradas en el asfalto; en la esquina Salvador Fuentes y Magallanes se encontraba “la  casa de chocolate”, casa que solíamos visitar mi padre y yo.

Por aquellos años, a toda celebridad deportiva, actoral, musical y artística que visitaba Tartagal, recibía un ramo de flores como bienvenida. La joven Rubí Bujad entregó un ramo de flores a Nicolino Locche, el intocable; Catalina Rutter hizo lo mismo cuando llegaron, desde Buenos Aires,  Ricardo Bauleo, Víctor Bó, Rodolfo Benbán, Jorge Barreiro y Olga Zubarry, mientras Susana Fernández le dio a Ramón “palito” Ortega un ramo de rosas cuando actuó en el escenario del Centro Español. Era un acontecimiento singular y elegante aquella ceremonia por parte de una joven hacia la personalidad que llegaba a la ciudad, incluso, me contó María Dana Karlowicz, esposa de Eduardo Franco, la voz de los uruguayos de Paysandú, que unos de los mejores recibimientos que tuvieron “Los iracundos” fue, justamente, en Tartagal.

Aquel año, el mismo año en que estrenaba en el cine la película “Por un caminito”, vi aparecer por la calle Cornejo una bicicleta de paseo marca Legnano, rodado veinticuatro de color amarillo con un asiento azulado que tenía pepitas brillantes como si fuera un cielo nocturno y estrellado, un manubrio superelevado en forma de “U” cuyas empuñadoras eran negras con unos ojos de gato al costado. No solo “la bicicleta” me llamó la atención, sino quién la conducía. Quién venía en la Legnano; era un joven pero muy joven muchacho de cabellos negros, ojos pequeños y rasgados, de piel trigueña, un hombre  vestido con una camisa rosada, un pantalón de jeans, mocasines marrones y un saco beige con estafeta verde por dentro. Casi nadie notó esa presencia que pedaleaba moderadamente… ¿A quién le habría pedido la bicicleta? – ¿Cómo se atrevió a circular sin conocer las calles de la ciudad? ¡Habrá sido de Juan Padilla, José Bonifacio, Josefina Linares uno de los dueños de  bici! ¡De dónde vendría el delgado señorito aquel  el año de mil novecientos sesenta y ocho!

Aún palpita mi corazón, aún puedo oler ese perfume, aún puedo oír esa voz, que casi al oído, me canta una simple canción de amor a la sombra del ceibo, un ceibo que a través de sus ramas, deja desprender sus flores rosadas, sus vainas suaves y bonitas cuando llega la primavera, mientras que el lapacho lo hace siempre en invierno, ambos árboles adornan el paisaje de la región… Ceibo que todavía regala sus flores en vísperas de un nuevo amor, como si se tratase de un cuento de hada. Pues Leo Dan descendió de la bicicleta y tomándome de la mano, mirándome a los ojos, acarició,  con su mano derecha, mi mejilla sonrojada y quinceañera.

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