Hombre bomba implosiona

Por Maximiliano Guzmán

He visto a la dama del circo huir detrás de la carpa, escapar de la ilusión y la fantasía, la he visto llorar todas las noches.

Siempre envuelto en la sábana de un agitado día de entrenamiento, de aprendizaje, de ser mentor y alumno, siempre envuelto en la vida monótona, monocorde, cancina, y estar sobre el límite del barro, a veces en el pasto, cansa, destruye, desesperanza.

Era consciente que no podía hacer más que mirarla, pero cuando quería reír, ella reía anticipándose y nada de mí quedaba. Escuchaba sus quejidos, sus gemidos, odiaba la idea de tenerla cada día, ignorándome cada minuto, explicitando sus emociones con los payasos y el resto del grupo. 

En cada show, siempre la misma insostenible función.

Ella terminaba su escena y se marchaba. Allí estaba yo, escondido en el cañón, siendo parte del tiro final.

Las personas aplaudían contentas, sabían que no había felicidad en el lugar, por eso aplaudían.

Creíamos crear una fantasía exacta, un juego lumínico, un vicio circular, pero solo atormentábamos más nuestra buena vida en varios conciertos de penas desfloradas.

Tuve la sensación de que un día ella me soñó caer sin red. Ese día miró por primera vez mis ojos.

Violenta antipatía de evitar la locura con fármacos de venta libre, placebos, hierbas y otros fatales elementos de ocio.

Y llegó esa noche en que no me quede callado, grité a la deriva de una voz en el viento. Dejé mi voz sangrar en el grito.

Y el espectáculo se convirtió en un drama inesperado.

Niños preguntándose que me sucedía. Padres abatidos y enojados pidiéndole explicación a mis compañeros.

Cuánta memoria acartonada quedaba atrás, cuántas batallas suicidas de no caer y romperme la cabeza, cuántas paranoicas ficciones de volar hasta un infinito se deshacían en mis gritos desesperados. Estaba implosionando.

No podía rogar, ni implorarle al público que se levantara de sus asientos y se alejara, ellos ya lo estaban haciendo, afectados por mi verdad.

Buenos sentimientos inútiles se me amontonaban para continuar gritando por mi vida, gritándole a la vida que quería salir de allí, que el cañón aplastaba mi coraza, mi corazón, mi bien. Y ella jamás sería capaz de acostarse a mi lado, de acompañarme a llorar. 

No quería terminar mi insignificante performance sin lograr una derrota definitiva. Seguía gritando, alertando al pueblo que se abalanzaba a la salida, que era hora de terminar el Show, que nadie debía salir sin llevar consigo mi herida en su pecho.

Y fue tanta la furia, el desencanto, la infamia. Le expuse mi alma y sentí las pequeñas explosiones en el interior de mi cuerpo. Pronto todo de mí sería una lluvia de esquirlas sangrantes que nadie vería y que un médico comprobaría estupefacto. La Trapecista me observaba. ¿Cuánto más era necesario que duela?

No era feliz.

No era feliz…

Y un estallido silencioso se provocó.

“Pum”… resonó en mi interior.

Y caí rendido, sin red, a urgencias. 

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