Así habla el pesimista

Por Ana Guerrero

Si las flores preguntaran por la vida, vanamente ¿para qué florecerían?

Sus colores despreciarían la guarida, aromáticamente ¿no desaparecerían?

Del recipiente escapa siempre el viento, libertad desobediente, sin remordimiento,

sin autoridad que cese su movimiento, su vaguedad indiferente quita el aliento.

La insoportable profundidad del mar a ningún superviviente dejaría ahondar,

insondable es el enigma de su intimidad, impredecible soberano de la atrocidad.

 La lejanía de las estrellas encubre el tacto con sus cuerpos animados,

la cercanía del pensamiento descubre un impacto de empatía con los fugados.

Fuego de la música, desilusionas, pues no existe melodía sin artista,

al ego de la armonía decepcionas ¿venciste al silencio? ¡Efímera conquista!

Si los hombres respondieran convencidos, no te asombres de los encantos de Eros,

solo es un demon herido más, entre limosneros, en un ramón de olvido entre los caídos.

Si a los misterios los condenamos ¿para qué amar? Si hemos de olvidar,

¿Para qué luchar? Si al final nos vencerán, si guerreando o amando, cesamos.

Si a los conceptos en sí aseveramos, ¿para qué sostener? ¿Para qué suponer?

¿A la verdad defender?, pero sin ofender, a los pensamientos “para sí” falseamos.

Si los mortales aislaran la templanza ¿para qué construir lo que se va a destruir?

¿Para qué vivir si todos vamos a morir? No hay inmortales con esperanza.

Hasta el pesimista persevera, su condición de ser mortal, consumará,

la fatalidad a sus sinsentidos, alcanzará.

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