Cuando muera

Por Anel Romero

Dicen que con el tiempo uno se acostumbra al dolor, pero eso solo es el inicio de las grandes mentiras.

Después de 35 años de matrimonio, a Julia le seguía latiendo el corazón y le continuaban temblando las manos cada vez que escuchaba las pequeñas, pero numerosas, llaves de metal chocar contra la manija de la arcaica puerta de madera, la cual se abría enérgicamente seguida de un caminar que se lograba identificar por las suelas de madera de unas botas de don Eugenio; esos pasos marcaron el compás del miedo de mi madre, de mi casi madre. 

Cada sonido estaba grabado con fuego en la mente de Julia; al igual que los aromas, los conocía de memoria. Como ese característico olor a alcohol combinado con pasto recién cortado y gasolina, que llegaban hasta la habitación, junto con el ruido de las botas, indicaban el inicio de la lucha entre los sentimientos y la supervivencia, el combate entre las apariencias y la justicia.

Todo eso lo sé porque leí las cartas de aquella mujer, tres días después de su muerte.

¡Pobre de Julia!

María la encontró postrada sobre el suelo del baño, desnuda e inundada en sangre. Cuando yo llegué, la alcachofa de la regadera seguía abierta, dejando caer cautelosamente el agua caliente; nadie había reparado en el detalle. Aquello hubiera hecho enfurecer excesivamente a don Eugenio, pero no le dio tiempo de ocuparse en el asunto porque para esa hora él ya estaba en la delegación detenido.

Para bien moral, Julia nunca pudo tener retoños y quizá por eso su esposo le gritaba y la golpeaba con frecuencia, pero ella me quería como a una hija y yo lo acepté incluso frente a los coléricos y tiranos ojos de su esposo, por eso tuve la indiscreta confianza de leer sus escritos. Al pie de uno de ellos, el último, fechado en 1990, declaraba: 

Ruego por el suspiro eterno, y cuando muera no me recuerden, porque no fui nada; solo fui la sombra y mentira del tiempo, un tiempo con aroma a perfume de hombre.

¡Pobre de mi madre, de mi casi madre!

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