Decorar el más allá

Por Ángel Escamilla Martínez

Se dice que en un principio las paredes no decían nada, que las calles no decían nada, que el cielo y la tierra no decían nada. Se dice que aquella ciudad tenía por nombre Nopasanada y que su gobernador, el Jefe Sur 13, colmaba de paz y tranquilidad los corazones de todos sus habitantes. 

Se dice que una noche un extranjero llegó de muy lejos, y se alojó en los barrios bajos del lado oriente. Tras su llegada, ocurrió un apagón en la ciudad. Al salir el sol, las paredes del centro amanecieron con la palabra “Stensh” escrita en letras de grafiti sobre sus blancas fachadas. 

Sólo las paredes lo supieron, nadie más estuvo ahí para observar al vándalo en acción. Ellas vieron al extranjero salir a las calles, recorrerlas, inspeccionarlas. Se detuvo en varias ocasiones hasta que finalmente barrió el miedo de su corazón y sujetó con mano firme la lata de pintura. Así fue como Stensh realizó su primera hazaña: pintar su nombre en el centro de Nopasanada. Su corazón no paraba de reír. 

Al ver el daño provocado a sus propiedades, los ciudadanos del centro sintieron rabia en sus corazones y sus pies golpearon furiosos el suelo, por lo que decidieron marchar hacia el palacio del Jefe Sur 13. Una vez frente a su gobernador, un representante de los afectados contó la desgracia con un brazo en el vientre y una rodilla en el piso. En respuesta, el Jefe Sur 13 ordenó a su ejército de intendentes la reparación de las paredes rayadas por el vándalo y a su ejército de oficiales vigilancia nocturna en los cinco barrios de la ciudad. 

Las calles de Nopasanada respiraron tranquilas las siguientes cien noches, no obstante, la noche número ciento uno, un irritante olor a pintura llenó el aire de los barrios altos del poniente. Los policías actuaron de inmediato para neutralizar la fuente de aquel olor corruptor de la ley, pero por más que giraron sus cabezas para un lado y para el otro nunca la hallaron. Al amanecer, los ciudadanos del poniente tenían el desconcierto pintado en el rostro. Los corazones furiosos de los oficiales se culpaban una y cien veces por no haber mirado hacia las plantas altas de los edificios. Así fue como Stensh realizó su segunda hazaña: pintar su nombre en los barrios altos del poniente. Su corazón reía y reía de satisfacción. 

En cuanto se enteró de la desgracia, el Jefe Sur 13 ordenó que policías en helicóptero vigilaran las plantas altas de los edificios. 

Se dice que entre los oficiales el disgusto de haber sido burlados por un solo hombre crecía y crecía en sus corazones hasta desbordarlos de amarilla bilis. Así que, con una mano en el pecho, juraron por el azul del cielo capturar al vándalo a como diera lugar.

Cien noches más de tranquilidad trascurrieron en las calles de Nopasanada. Nuevamente, la noche número ciento uno, Stensh recorrió las calles del sur. Sus pies recorrieron kilómetros y kilómetros de avenidas hasta que su corazón halló lo que tanto anhelaba: un túnel del subterráneo. Al entrar, advirtió la presencia de un vigilante, por lo que Stensh se deslizó silencioso entre las sombras, y rápido se ocultó en un respiradero. Por su parte, el vigilante escuchó una serie de pasos sobre las vías; se trataba de un puñado de oficiales que habían seguido al vándalo en secreto. Pero, debido a la oscuridad del túnel, sumada a la furia de los uniformados, las armas abrieron fuego sin confirmar el blanco. Stensh aprovechó la confusión para huir de la escena del crimen. 

La noticia de la muerte del vigilante se difundió en los cinco barrios de Nopasanada. Los ciudadanos exigieron una respuesta al Jefe Sur 13; querían las vidas de los asesinos. Pero el Jefe se negó a cobrar la vida de un ciudadano con la de otro. Con el paso del tiempo  el asunto cayó en el olvido. 

Se dice que cien noches después el vándalo regresó al lado sur para completar su hazaña en el subterráneo, pero unos oficiales lo sorprendieron mientras abría una alcantarilla. Entonces se desató una persecución que culminó en el lado norte. 

Se dice que los oficiales acorralaron a Stensh en la entrada de una obra en construcción. Para escapar, el vándalo trepó una pared de tablones ignorando la enorme advertencia de ¡PELIGRO! EXCAVACIÓN PROFUNDA, y saltó al fondo de un hoyo pedregoso. Su cráneo se partió en tres, quedó con los sesos salidos, las piernas y los brazos rotos. Sus fluidos, que escurrían entre la tierra y las piedras, eran coloridos, con olor a solvente. Su corazón ya no reía más. 

La muerte del vándalo llenó de felicidad los corazones de los policías y de los ciudadanos de Nopasanada. Todos bailaban de alegría. Pero, como ocurrió con la muerte del vigilante, el asunto pronto cayó en el olvido. 

Se dice que cien noches después estalló una lluvia de ocho días en Nopasanada. Al salir el sol, un colorido resplandor pintó el cielo. Desde entonces se dice que Stensh sigue pintando en el más allá, y que ese resplandor aparece cada que cesa un aguacero. 

Hoy le llaman arco iris.

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