Por: Alejandro Zapata Espinosa
El medicueto de piernas chupadas, el peinado en reciedumbre y la acompañante anotando sus conteros, dio salida al recaído por segunda vez y levantó la piadosa correría a las señalizaciones, peso de humano apoyado en las miniaturas sostenedoras de un proyecto de cavile.
—Nos largaron —el enfermo.
—¿Por alivio o vuelvan pronto? —su merced.
—El celador conocerá a los cansones.
—Que en parte él es uno.
Y damos vuelta por urgencias, mirando quiénes opacan las esculturas y debaten el malestar en la ambulancia de la que no salen. Agradecemos a la señora de los jengibres, esperamos que el de las piñas en bolsas le pida permiso a un huelengue y bajamos derecho por ferreterías e iluminarias, melancolía del camión que le esconden al banco y las jornadas de carretera, dos horas de siesta, almuerzo invita el patrón y tareas de niña-ídolo.
—Imagínese que sigueran eneso.
—¿En qué seguir cosa?
—Los ustedes, comprándose media parcela cuando el dueño está ronquido.
A él por el Brasil, con una llanta desinflada, por suerte ahí no roban y lo dejo sin minutos por una uva y unas papitas de limón artesanales. Negamos la escogencia de un taxi, qué va un conocido recogernos, y pausamos, él y su bacteria rumiente: no le mandaron gran dolor. El viejo naís, sentado en el piso, con cuadros recostados en las bancas, un agua de perro a su derecha y la niña que le trae una empanada desmechada obsequio de un mecenazgo ortulloso: le da una probada y les ofrece a las palomas embelesadas pedigüeñas en el restaurante junto al citerío por fichos no hay, y pasa con el tarro que abre al sediento él por sequiente.
—Una finca o un amanecer.
—Ni lo uno ni la finca: es una cascada en La Fabiola.
—Propiedad: Arturo el Casco. Y herencia del ojeado Arterito.
Mueven las ganas de llegar con el desconsuelo en los chuzados propios, y por la heladería le sacaron a un tío dos conos, tres porque nos esperan en casa; mal el reguero, pero el tercer dos bolas en la pausa del Punto-Tapicero. Reclamaron el bolso de la mema, se lo montó el sucio a su empelagoso y más, ladeado, saludó a Roger despidiéndose, pero como daba vueltas y su bastón blanco fueteaba a rezanderas con propiedades, se rieron de visitarlo cuando pasase por un taller de mocos.
—No nos vaolver hablar.
—Imposible que Dios también le quite la boca.
—Por maldadosos.
—Es touché: yo estoy en silla de güebas.
Quedaba yo por nivelarme, una enfermedad bien brava o no poderlo traer y ganar los cincuenta pesos que levantaron desde tempranito a recibirle a la pecuecosa nocturna; y ni me atrevo a mencionar pestes, acepto el miedo, porque si uno de ellos elige tendré para que achaquen el que las piensa se las gana, y uno tirado en sin poder defensa para quererle sacar las tripas a dentelladas es muy duro, una cosa horrible de maluca.
Fátima, septiembre 16 de 2025
