Por: Anuar Peña
Está bien, te lo voy a contar. Escuché hablar por primera vez sobre María de Lourdes Rivera hace dos meses. Sentado en una chelería de Coyoacán que vive en una calle aledaña a Miguel Ángel de Quevedo. Mientras pintaba mi desazón de ron con refresco, se filtró hacia mis orejas el sonido de una conversación que poco a poco eclipsó la salsa cubana que retumbaba a través de las bocinas del establecimiento. Te prometo que te va a cambiar la vida, cabrón, decía uno. Ora, como me va a cambiar la vida, nomás es un libro, wey, le contestaba el otro. Es más que un libro, es como encontrarse con la verdad, con la única verdad de la vida, volvía a decir el primero. Nunca me giré a verlos, pero me lo imagino prensado de la camisa de su interlocutor al decir esa frase. Bueno, ¿cómo dices que se llama el libro?, preguntó el segundo. Pon atención, cabrón, es La cascada del tiempo de María de Lourdes Rivera.
En un primer momento, la conversación me pareció indigna de atención, como una pared gris. No hallé en ella nada interesante. Sin embargo, echado en la cama, solo y vacío, con una playera de Misfitis y mirando al techo, el nombre de aquella autora volvió a mí. Se me apareció en la cabeza, como envuelto en tierra mojada. Sentí por un segundo que ese nombre de tierra se me infiltraba en las uñas y quería quitármela a toda costa. Siendo un lector empedernido, aquella escritora terminó despertando mi curiosidad y la busqué en internet.
Al respecto encontré muy poco. Demasiado poco. No más que algunos nombres de sus libros, que creció y vivió en Mazatlán la mayor parte de su vida y que en Sinaloa hay un pequeño concurso anual de cuento en su honor. Encontré también una fotografía de ella, pero solo se ve la mitad de su rostro, una sombra enorme cubre la otra parte. No sonríe, tampoco está triste. Su expresión se siente como un puente entre emociones, una transición entre un estado y otro. Una aproximación eterna, como pausar el momento en el que alguien se precipita hacia un abismo. Decidí que llegaría más tarde al trabajo para pasar primero a una librería cercana y preguntar por los libros de María de Lourdes Rivera.
El encargado, de cuerpo ancho y barba prominente, regresó a mí con un ejemplar titulado La Mirada Vacía, La Flor que Marchitó y el Niño que No Llegó, era una novela. Fíjate que de ella jamás había escuchado, no la conocía, me dijo. Creo que no es tan conocida, le dije, con las palabras tropezando con mi lengua y mis labios. Mira, la verdad no creo que encuentres mucho de ella en librerías así. Lánzate a una de libros viejos, seguro ahí encuentras. Seguro, le contesté.
Sin entrar en detalles, aquella experiencia fue suficiente para desear acercarme a aquella autora sinaloense desconocida y devorarme todas las páginas que compusieran su universo literario.
Y así lo hice, o por lo menos, así lo intenté. Me aventuré a todas las librerías que encontré dentro de la Ciudad de México, hasta llegué a una en Tepoztlán, de la que me enteré porque un dueño de otra librería me contó que ahí podría encontrar algo de lo que buscaba. El resultado de esta gran búsqueda fue, un libro de cuentos de nombre Todo es ceniza, una antología de poemas que se llamaba Lo que queda de mí y, por último, otra novela titulada El sol que nació en el Oeste. A partir de ese momento, mi vida se transformó en María a tal grado que la veía, con la misma expresión de la única fotografía que encontré, en la calle, detrás de los postes de luz, sentada en la banca de un parque y, a veces, en una de las sillas azules de mi departamento. Ella nunca me veía a mí, su mirada absorbía todo lo que alcanzaba, menos a mí.
Entonces la leí con aún más devoción. Me hipnotizó la habilidad de María de Lourdes Rivera para manejarse y servirse de la técnica de tal manera que pudiera escribir lo que se le antojara. Versos retacados de belleza, cuentos que provocan vuelcos con la fuerza de una bala, novelas de estructura y composición impensables. Horror, romance, ciencia ficción, fantasía, realismo sucio, infrarrealismo. Todo parecía haber sido escrito e inventado por ella y aún creo que todo lo que se escribió antes y lo que se escribió después parte, sin dudas, de la fuerza de María. Alguna noche pensé, completamente borracho, con los ojos rojos y cubiertos por ojeras de tierra oscurísimas, que ella era la literatura misma. Antes de dormir me imaginaba que María, en algún lugar del cielo, aún escribía para mí.
Una vez, soñé que estábamos en una librería y bajaba ella del cielo hecha de cristal. Traslucida y con alas en su espalda. Ella bajaba y me veía leer sus libros y entonces se acercaba a mí y me tomaba entre sus brazos y besaba mis labios. Y yo despertaba lleno de coraje porque la plasticidad de los sueños a veces es tan real que al terminar solo dejan una nota de dolor. Entonces, decidí que encontraría La Cascada del Tiempo porque ese era el libro que leía en mis sueños cuando María me visitó.
Después de mucho esfuerzo, llamadas, caminatas y viajes a lo largo de la ciudad, uno de los dueños, de hecho, el mismo que me mandó a Tepoztlán, me dijo que había conseguido el libro. Que había hecho búsquedas entre grupos de libreros y que resultaba que de ese libro el tiraje era mínimo, prácticamente inexistente y que había conseguido uno y lo tenía ya en la librería. Ni bien había acabado de hablar ya estaba yo bajando al metro para conseguirlo.
Eran pasadas las 11 de la noche, cuando finalmente tuve frente a mí un ejemplar de La Cascada del Tiempo. Estaba sentado en la librería puesto que el dueño, con el que ya congeniaba bastante, me dejó darle una primera hojeada ahí mismo. Cuando lo abrí y mis ojos se encontraron al fin con las páginas, toda mi emoción se transformó en ira. En una ira estridente que desgarraba mi alma y la llenaba de azufre. Lo cerré y le grité al hombre que qué clase de broma pendeja era esta. El hombre corrió y me preguntó que qué pasaba. Le repetí, con la voz rasposa y gritando, que si era una pinche broma. El hombre seguía diciéndome que no, pero yo no le creí nada. La lógica abandonó mi cuerpo y la ira que llenaba mi alma tomó control de mí.
Tomé el libro entre mis manos y le mostré algunas de sus páginas, mientras el hombre las observaba, se lo cerré en la nariz. Lo que provocó que diera un paso hacia atrás. Después, comencé a golpearlo con el libro cerrado. Directamente en la cabeza, a momentos lo hacía con los puños y luego con el libro de nuevo. Puño, libro. Nudillos y tapa dura. Así hasta que el pobre hombre cayó de rodillas y yo, mientras llenaba de aire mis pulmones, volví a abrir mi ejemplar de La Cascada del Tiempo, cuyas páginas ahora portaban un manto rojo. Lo hojeé de nuevo y volví a encontrarme con lo mismo. Con esos dibujos garabateados y con ese aforismo de los lobos que le aúllan al sol y con la frase “y vuelve a caer” escrita una y otra vez en un infinito inagotable que se propagaba por no sé cuántas páginas. Y luego, de repente, puras páginas en blanco. Vacías. Ahora cubiertas de rojo. Un rojo que hizo que mis ojeras terrosas se llenaran de lágrimas. Lágrimas cargadas de frustración al entender que la gran respuesta era la Nada. En ese preciso momento, escuché la voz de María de Lourdes Rivera que me llamaba y que, por primera vez, decía mi nombre.
