El arte de callar en medio del incendio

Por: Carlos Mario Vanegas Buitrago

Aquella noche no ocurrió nada extraordinario y, sin embargo, ocurrió todo.

Las velas ardían con la paciencia de los siglos, el café se enfriaba como una promesa incumplida, el vino respiraba en la copa con un silencio rojo, espeso, y la música —una música imposible de recordar después— parecía venir no de los parlantes sino de algún lugar anterior al lenguaje. Las pinturas, colgadas en las paredes, observaban con la superioridad de quien ha visto demasiadas vidas repetirse. Todo conspiraba. No para el amor —palabra desgastada— sino para la revelación.

Éramos varios, pero esa noche yo era todos.

Ella estaba ahí, sentada frente a mí, hablando. Hablaba de sus miedos, de su cansancio, de esa tristeza sin nombre que se hereda como una cicatriz familiar. Yo escuchaba. O fingía hacerlo. Porque en realidad luchaba contra una costumbre antigua: la de hablar para esconderme. Durante años había aprendido a usar las palabras como quien usa un cuchillo bien afilado: para abrirse el pecho y mostrarlo todo antes de que alguien más lo hiciera. Pero esa noche no.

Callé.

Y ese silencio no fue cobardía, sino una forma primitiva de resistencia.

Pensé —con una lucidez que asusta— que cada palabra pronunciada deja una ruina, que todo lo dicho envejece mal, que el amor hablado se convierte pronto en argumento y luego en reproche. Así que me quedé mudo, como se quedan mudos los animales cuando presienten el incendio antes de que aparezca el humo.

Fumaba. Cada bocanada era un cálculo, una tregua. El cigarro duraba más que cualquier otro porque no lo fumaba: lo pensaba. Ella me miraba como se mira a alguien que todavía no ha terminado de nacer. Y entonces dijo, sin solemnidad, sin teatro:

—Me encanta verte. Podría quedarme toda la noche así.

Ese “así” contenía más futuro que cualquier plan.

Bostecé —el frío, no el cansancio—, bebí vino, miré la llama de la vela como quien mira el centro de un laberinto. Pensé en la historia, en los cuerpos que se matan por el color de la piel, por la fe, por una frontera trazada por hombres que nunca estuvieron allí. Pensé que el mundo se explica mal porque se explica gritando.

Fue entonces cuando tomó mi mano.

No fue un gesto romántico. Fue un acontecimiento.

Mi mano quedó atrapada entre las suyas como un animal pequeño que por primera vez no desea huir. Vi los tonos de piel, la geografía mínima de los dedos, mis uñas cortas y obedientes, las suyas largas, negras, algunas recién mutiladas por la tijera. Bajé la cabeza y supe —con una certeza casi matemática— que ese cuadro era irrepetible.

Intenté sumar mi otra mano. Dudé. El cigarro cayó al cenicero como si también él entendiera que había terminado su papel en la escena. El gesto fue torpe, incorrecto, casi grotesco. Pensé retirarme. Pensé en la derrota. Pero ella se movió apenas, como se mueven las constelaciones: sin que nadie lo note, cambiándolo todo. Entrelazó mis dedos. Y el mundo volvió a ordenarse.

Besé su mano. No como un gesto de sumisión, sino como se besa un libro antiguo: con respeto y con miedo. Pensé en los otros —siempre los otros—, en cómo se vería esa escena desde afuera. Y enseguida me odié por pensar así. Comprendí, tarde pero bien, que el amor no se defiende: se ejerce.

Nos miramos. En sus ojos había expectativa, pero no exigencia. En los míos, una mezcla de niño y de hombre cansado. Sonrió apenas, con esa sonrisa mínima que confirma que algo ha sido entendido sin necesidad de explicación. Reímos. Nos besamos. El beso no fue promesa, fue verificación.

Volví al vino. Al humo. Ella terminó su café con nombre de artista muerto. Y entonces hablé. No porque fuera necesario, sino porque ya no era peligroso.

—Siempre pensé en el momento perfecto —dije—. Lo imaginé, lo esperé, y como todo lo que uno espera demasiado, creí que no existía. Pero si no estuviera hablando… este sería.

Mis ojos se humedecieron. No por tristeza, sino por exceso de sentido. Ella dijo “mi niño lindo”, y preguntó —con una lucidez cruel— si en el momento perfecto no había que callar. Asentí.

Pregúntense lo que quieran. Solo hablo de mí porque no tengo otra forma de ser honesto. Yo soy ese que calla por miedo a destruir lo que ama. Yo soy ese que escribe para no perder. Te amo. Eso es lo único que debe importarte. Lo demás es literatura. 

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