Arrastrada

Por: Liliana Hernández Guerrero

Deje caer mi mochila en un rincón de la habitación, resonó más fuerte de lo que esperaba en aquel cuarto silencioso. Me quedo mirándola unos segundos, pensando en todo lo que contiene: cuadernos arrugados, cuyo contenido de tarea acumulada que jure haría apenas llegara a casa. Sé que era una mentira que me repito todos los días.  

 Comencé a doblar la ropa que bote por la mañana en mi cama, antes de que mi mamá se dé cuenta del desastre en la habitación y comience a reñirme por eso. No soporto los regaños después de un día de escuela. No tardará mucho en que ella llegue del trabajo, por lo cual termino metiendo todas las prendas mal en los cajones. 

Mi cuarto es pequeño, con paredes de un color azul que se oscurecían cuando el sol se esconde. La ventana, siempre con las cortinas cerradas a medias, deja entrar un hilo de luz naranja que se estrella con la pared opuesta. En una esquina, la silla que tome del comedor, donde colgaba mi suéter deportivo.  

Me quité el uniforme, dejándolo caer en cesto con otras prendas. “Mañana lo lavo”, me dije con la misma seguridad fingida con la que decía que haría las tareas con tiempo. El cansancio me cae por encima como una manta pesada. Ni siquiera intenté tomar un cuaderno, la tarea puede esperar, pensé. 

Con el suéter que me cubre hasta las rodillas. Me dejé caer en la cama en cuantos mis músculos se aflojaron, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Las cobijas, todavía tibias por el sol de la tarde, me abrazaron sin resistencia. Mi cuerpo se rendía, como si hubiese anhelado ese momento desde hacía horas. En poco tiempo el silencio se adueñó de la habitación. Solo quedaba el tic tac del reloj en la pared. Un sonido repetitivo, casi hipnótico, como si marcara cada segundo del sueño que me tragaba de forma lenta. 

 No sé cuánto tiempo pasó, pudo ser una hora o quizás minutos. Me hundí aún sueño pesado, sin colores o formas. Hasta que algo me lo arranco de golpe. Fue un ruido, si no una sensación helada, como agua resbalando por mis tobillos. Se cerraron alrededor de los tobillos con una fuerza que me congeló por completo. Unos dedos largos, huesudos era lo que sentí. 

Abrí los ojos de golpe. La oscuridad era sólida, tan densa que parecía pegarse a mis pestañas. Intente mover los pies, pero aquellas manos la sujetaron con fuerza. Intente gritar, pero el aire se atoró en mi garganta, como si también eso me lo hubieran arrebatado. 

Me jalaron para abajo, mi cuerpo se deslizó al borde de la cama, las cobijas enredándose en mi cintura, sofocándome. La pieza entera se sacudió. Los barrotes de metal rechinaron contra la loseta, con un chillido agudo que nunca antes he escuchado. El piso con cada tirón comenzó a levantarse por debajo, dejando un rastro. 

Quise patear, moverme, hacer cualquier cosa, pero mis piernas están atrapadas. Mis rodillas chocaron contra la puerta. El dolor punzante, directo, que recorrió mi cuerpo como una chispa.

El golpe me despertó, aunque no lo suficiente. No era un sueño. Podía sentir todo: el frío, el tirón, el crujir de la cama, mi propio corazón repiqueteando desesperado en mis oídos. No era una pesadilla cualquiera.

Los barrotes aprisionaban mis muslos; con cada jalón, la presión se volvía insoportable. Intenté empujarme hacia arriba con las manos, pero mis brazos temblaban, sin fuerza, como si una parte de mí aún estuviera dormida aun sintiéndome alerta. 

En un intento desesperado, apenas con un hilo de voluntad, me incorporé lo suficiente para estirar la mano hacia la pared. El interruptor estaba a unos centímetros, pero parecían metros. Temblaba, apenas rozaba la superficie helada del muro.

Sentí que los dedos se entumecían, como si la sensación gélida de los tobillos estuviera subiendo por mis piernas y alcanzando mis brazos. El miedo me paralizaba, me nublaba los pensamientos, me cueste razonar.

Un clic seco, y la luz estallo en la habitación, y así quedó en absoluto silencio. Me quedo quieta, sin atreverme a mover un músculo. Miro alrededor. Todo igual, la mochila tirada, el suéter en la silla, los cajones mal acomodados. Demasiado normal. Empujé con las manos la puerta para separarme un poco. Me dolían mis rodillas por el impacto. Las moví despacio, con cuidado, y retiré los pies de los barrotes. El ardor en mis tobillos era intenso. Me incliné un poco para mirarlos.

Tenía marcas. Huellas reales, profundas. Como si unos dedos se hubieran hundido en mi piel, dejándola roja, morada y caliente al tacto. Me temblaban las piernas sin control, una sacudida involuntaria desde la planta de mis pies hasta la punta de mis dedos. 

Me quedo allí contemplando el piso. Justo debajo de la cama, una parte seguía levantada. El silencio de la habitación era distinto ahora. Más pesado. Un poco más espeso. Aun con la luz encendida, el miedo está adherido a mi espalda. Pegado como sudor frío. Sabía que si parpadeaba unos segundos, si cerraba los ojos, esas manos volverían a buscarme. ¿Aquello no había terminado?

Busque el control remoto con una rapidez torpe, casi desesperada. Lo vi apenas asomándose por debajo de mi almohada. Lo tomé y prendí la televisión. La pantalla iluminó el cuarto con un parpadeo azul, un sonido estático lleno el ambiente. Cambien de canal, solo para escuchar cualquier cosa que rompiera el silencio. Él murmulló de la televisión me calmo un poco, pero también me pone nerviosa.

Volteé hacia la cama. La sombra debajo parece moverse con la luz de la televisión. O tal vez era producto de mi mente, ya que muchos pensamientos comenzaron a brotar.

Me abracé a las piernas, respirando de manera irregular, intentando obligarme a pensar en algo racional. “Fue un sueño”, repetí para mí misma, aunque sabía que era mentira. No lo fue. Lo sentí en mis huesos, en mi piel, en la presión que todavía ardía en mis tobillos. Un recordatorio de que tristemente no era una creación de mi propia imaginación.

La televisión parpadeó. Por una fracción de segundo, un canal sin señal ocupó la pantalla. Puntos negros y blancos vibrando, acompañados de un siseo fuerte que me hizo saltar. Cambió de nuevo a un programa normal. Tragué saliva. Tal vez había presionado el control sin querer. 

El piso bajo la cama hizo un sonido sordo. Como si algo muy pesado se acomodara justo en esa parte. Me quedé inmóvil. El ruido se repitió. Más suave. Más lento. Un golpe hueco. Luego otro. Tomando un ritmo inquietante.

Como si alguien tocara desde adentro del piso. Siendo algo irreal. Me quedé sin aliento. La televisión volvió a parpadear. Esta vez no cambié de canal. No moví un músculo. El silencio se cortó con un susurro que me inquieta.

Un murmullo bajo, casi inaudible, pegado al piso, justo debajo de mí.

“¿Estás despierta Lorena?”

Sentí el estómago caer. Mis manos buscaron el borde del colchón, aferrándose con toda la fuerza que tenía. No podía gritar. No podía moverme. Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro, algo involuntario dejando borrosa la vista.

La televisión se apagó sola.

La habitación quedó en un silencio tan profundo que podía escuchar cada latido golpeando contra mi cráneo. Y entonces, muy despacio, muy suave, oí cómo algo o alguien deslizaba sus dedos por debajo del colchón. Dejando una advertencia. Esperando que me durmiera otra vez.

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