Solo cuando sueño en la casa

Por: Souad Zakarani

En la playa del Mediterráneo, extendíamos arena bajo el sol y reíamos ante la tenue esperanza de una ola que recorriera la costa que apenas conocíamos. A veces, sin embargo, el agua revela una identidad más poderosa que la arena. Por eso, nos susurrábamos esperanzas, imaginando a otros niños a lo largo del mar, Soñando, como nosotros, con una embarcación que los llevara a través del vasto horizonte, donde podrían encontrarse con nosotros en alta mar.  

Esta escena despierta en mí un torrente de pensamientos incesantes, que solo se aplacan al abrir la ventana de esta pequeña habitación móvil donde vivo ahora. Un espacio diminuto, casi una celda, pero que he convertido en mi hogar temporal. En cuanto a la otra casa, es una casa que anhelo desde la infancia: la casa donde vivieron mis abuelos en su tierra natal hace más de setenta años.

En mi primer viaje a Estados Unidos, el profesor nos preguntó cuál era el lugar que soñábamos con visitar en el mundo. Tenía dieciséis años y al instante pensé en Palestina. Le dije: “Sueño con visitar Palestina, con conocer a otros palestinos de dentro o de Cisjordania. Sueño con que ese sueño me permita reunirme con esos rostros, aunque sea a orillas de un mar olvidado, un mar más fiel que la tierra. Porque, como dice el poema, ‘el mar es nuestra imagen… no te vayas del todo'”. Sueño con una embarcación que me haga sentir que no estoy olvidada y que no estoy sola, ni siquiera en mi absurda soledad. Diez años después, mi deseo resurgió sin que yo fuera consciente de estar repitiendo la misma respuesta, solo que ahora en una capital europea y en una clase de mi cuarto idioma.

Cada vez que siento un miedo repentino o tristeza, repito sin querer: “Quiero volver a casa”. Así como los prisioneros sueñan con su cama, la ventana de su habitación y un plato de sopa caliente por la noche, yo sueño con el amparo de un hogar que sostenga mi dolor y mi extrañeza, donde pueda dormir en paz. Las noches pasan en la distancia y la idea crece, la casa se expande en mi imaginación. A lo largo de los años, le he puesto ventanas más grandes, he plantado orquídeas y tomillo en su balcón, y en la esquina he fijado un terco olivo. y no he olvidado colocar una silla allí para sentarme algún día a contemplar el dolor de mis reflexiones, ahora a miles de kilómetros de esa playa, tierna como la mano de un dios.

En la playa mediterránea de mi ciudad, Gaza, soñaba con la casa de mi abuelo, a solo dos o tres horas. Sin embargo, esa distancia me parecía insalvable. Ahora, tan lejos incluso de la casa de mis padres y sin un hogar, entiendo perfectamente cómo una misma idea puede manifestarse de diferentes maneras, pero todas comparten la misma inquietud perpetua, porque reside en el corazón del mismo soñador. 

Cada vez que miro a mi alrededor, ahora que estoy sin hogar, siento que lo único que me sostiene es mi sueño. Como a mi abuelo, como a los niños refugiados que hay por todo el mundo. Pienso en mi abuelo, que sueña cada día con su casa, más allá de los límites del campamento y el alambre de púas, lejos de las conspiraciones donde el olor a sangre aún revive el recuerdo de la primera pérdida. Mi abuelo se aferró al sueño de su casa impregnada de jazmín y sustentó a generaciones enteras, manteniéndose en pie, mientras una de sus piernas se hundía como las raíces de un olivo cerca de la casa y la euforia de la primera vida.  

Miro sombras quebradas en mis ojos frente al espejo y veo allí las paredes de mi casa, ahora altas, con muchas imágenes colgando, producto de mi imaginación. El suelo del balcón se ha llenado de aceitunas que nadie ha recogido. Mi casa en expansión debe hacerse realidad a kilómetros de la costa mediterránea, donde esparciré arena a raudales, abrazaré la inmensidad y cantaré.  

Dejar un comentario