Por: José Maslucán Aguilar
No viajé a Luya porque supe que mi madre moriría pronto, pues se había contagiado de una gripe que no le dejaba respirar por las noches, y peor que ella sufre de asma. No podía zafar mis ojos de su cuerpo casi muerto y menos abandonarla a su suerte. Ella estaba tan mayor y yo muy joven y no podía siquiera planearme cumplir todo lo que quería para que solo ella pudiese verlo. Mi madre quería que conociera a un muchacho que ella crió fuera cuando fue empleada doméstica. Nunca supe quién era. Mis planes eran utópicos y los de ella muy reales. Mi padre, en cambio, todavía estaba muy reacio; caminaba, pero no escuchaba; hablaba, pero no miraba con el ojo izquierdo. La semana pasada ha viajado a sabe Dios qué lugar, buscando un buen chamán que le cure para que pueda mirar con el ojo malo. A él no le prometo nada porque todo se lo he dejado al destino. En fin. Iba a ir Luya porque mi primo me dijo que allí habría trabajo para que con el pago pueda comprar las pastillas de mis padres. Él tiene presión alta y ella asma y gripe. No llegué a ir y en un segundo mi vida ya se había jodido para siempre. Llegué a pensar que hasta un condenado a muerte tiene derecho a una última súplica y, si es millonario, a un último banquete, pero a estas alturas plata no hay. Me quedé en la villa en la que vivimos y ni siquiera recuerdo por qué. En la villa nos conocemos todos, y eso es lo peor. Sin embargo, hay algo mucho peor: Que la gente hace justicia con sus propias manos. En la villa hay una comisaría rural, un comisario tan gordo como un cerdo, dos policías que recién salen del capullo y una policía que se masturba mientras disfruta de que en la villa no pase nada fuera de lo común.
Mi nombre es Lucio Ordoñez y se me condena a muerte por haber abusado de una muchacha de doce años. Ahora les doy más alcances de todo lo que pasó, no sin antes contarles un poco de mí; seguro ustedes quieren saber qué hago y quién soy en realidad: Nací, crecí y estudié en la villa; mi padre era un maderero que llegó de la costa y mi madre ha sido siempre de aquí y nunca ha salido y no conoce siquiera la sierra. Fuimos una vez, los tres, a la costa; luego nunca más volvimos a viajar. En la villa la conocen muy bien; dicen que es una muy buena señora, carismática, empeñosa, buena gente y muchos otros adjetivos que hacen de mi madre una mujer merecedora de respeto. A mi padre la gente le trata de “don” y casi nunca nadie le ha faltado el respeto; creo que también es porque él siempre ha sido servicial con toda la gente de la villa y nunca se ha rodeado de habladurías infundadas. En cambio, sobre mí se hablan muchas cosas, más malas que buenas, aunque en parte se debe a que yo mismo me he ganado esa mala fama. A finales del siglo XX me casé con una viuda; a mi madre nunca le cayó bien, decía que esa relación no duraría mucho y fue cierto; a inicios del siglo XXI terminamos por divorciarnos. Nuestro matrimonio duró relativamente poco. Ella era una católica a morir; hasta hubo un tiempo que en la villa empezaron a especular que tenía una relación con el cura de la iglesia. Nunca supe si ello fue cierto; ella siempre lo negaba. Trabajé por un tiempo como cuidador de unas haciendas a unas tres o cuatro horas de la villa en dirección oeste; después no he hecho más que trabajos de agricultura para mí mismo y para mis familias. Eso en cuanto a mí. Vayamos directo a lo que nos compete: El motivo de mi condena a muerte por gente de la propia villa. Ronderos se hacen llamar. La policía no se quiere meter porque aquí nadie es más que la propia gente, ni siquiera el gobierno.
Me imputan haber violado, ultrajado y embarazado a una menor de doce años; esto ya se los dije. Todo eso no es lo peor; lo peor es que yo no me acuerdo de nada, pero algunos vecinos dicen que me vieron salir de casa de la muchacha el día doce de mayo al aproximarse las dos de la madrugada en un estado evidente de embriaguez. Recuerdo, eso sí, que ese día estuve tomando cañazo en casa de doña Chavela frente al local comunal y al local de la ronda campesina de la villa. En todo ese argumento hay algo que no me cuadra, y es que no entiendo qué hacían algunos vecinos espiándome a las dos de la mañana; no digo que no puedan observar, pero a esa hora, generalmente, la gente duerme, y no entiendo cómo es que yo aparecí al otro lado de la villa. En estos momentos todos me odian porque dicen que soy un violador y gente como yo se debe extinguir de raíz, y qué mejor que matando a la plaga para evitar que se propague. Nadie de estas mismas condiciones tiene derecho a vivir. De otro lado, sé que la gente de la villa olvida rápido. La villa es el típico lugar donde la memoria colectiva es frágil, pero a la vez es una forma de resistencia. La gente de la villa vive en automático. Es una villa de muertos que caminan de aquí para allá. Todos se saludan por costumbre. Toda la gente sabe qué pasó con fulano y con mengano. Sin embargo, hay una enfermedad mortal e incurable que ataca a todos: la amnesia.
Una mujer llora sentada frente a la casa de la que me vieron salir. Parece no haberme reconocido, porque aquí en la villa todos me conocen ya. No le dije nada porque saludarla infundiría que yo pueda haber sido el violador y estaría asumiendo mi culpa, porque con la filosofía de la villa, quien lo hace no tiene por qué tener miedo; más bien, debería actuar como si no hubiera hecho nada, como si todo lo ocurrido fuera parte de una comedia mal contada; entonces, debería actuar normal. Ahí les estoy contando cómo actúa la gente de la villa con toda y su amnesia frente a los problemas. Ello no quiere decir que yo haya sido el violador. En realidad, no sé si fui yo; no recuerdo los sucesos en lo absoluto. Formo parte de la villa desde que nací y seguramente también adopté sin querer parte de esa amnesia social y ello hace que yo también esté agrupado invisiblemente a ese olvido que seremos todos. La gente está alarmada, dice que nunca en la villa alguien ha violado y todo eso me hace peor persona de lo que ya era. Yo no sabía de lo que había ocurrido hasta que un día viene un grupo de señores a decirme que estoy condenado a muerte por los motivos antes mencionados. Me quedé absorto y no pude decir nada más que solo admitir lo que había ocurrido, aunque yo no recordaba nada. Me dijeron que me citarían para poder estar en observación unos días y ver cómo es mi comportamiento dentro de una celda que manejan esos señores organizados para buscar el bienestar de la villa. Acepté y me hicieron firmar unos documentos. Mi madre, esforzándose para hablar, me dijo que esperaba todo de mí, pero nunca «eso». Esa misma noche en que conversamos, ella se puso a llorar, no me dijo nada más y luego se dio acostada en su cama, me dio la espalda y seguro se quedó dormida. Supe que era mala idea querer explicarle lo que había ocurrido y decirle que no recordaba nada. Hacerle entender que quizá se debía, por completo, a un malentendido y que lo mejor era que pudieran hacer pruebas a la agravada y quizá de esa forma poder saber si era yo el culpable o no. Si es que esas pruebas salían positivas, aceptaría los cargos sin ninguna resistencia. Después recordé que acepté todo sin siquiera poder resistirme y decir «No». Pero para todo lo que estoy pensando era tarde ya. Estaba completamente en el fondo de un vaso con agua, ahogándome en mi propia amnesia.
Cuando llamaron a declarar a la madre de la muchacha, la señora nunca quiso ir al lugar indicado. Ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Tuvieron que ir a sacarle de su casa, traerla casi a azotes, obligándola a que pueda declarar como apoderada principal de la menor; sin embargo, en las primeras tres horas no habló en lo absoluto. Yo estaba ahí, sentado a un rincón, con la espalda rajada por la paliza que me habían propinado, porque una escoria como yo no moría más que con látigos, como se mata a una serpiente. Las serpientes morían así, jamás con varillas gruesas, sino con las más duras y finas. Se las hace sufrir y se las mata, porque por ese animal vivimos como vivimos, matándonos entre hombres. Me pongo a pensar y quizá Eva también sufría de amnesia, por eso se le olvidó obedecer a Dios, pero quién sabe, y quiso hacer algo bueno. Llega mediodía y todavía la señora está sin hablar, negándose a todo y abriéndose para decir: «Me puedo ir, señor» Yo no tengo nada que hacer acá», y todos en coro respondían que no, que ella era todo o nada en ese lugar. Yo quería que le dijeran que en las manos de ella estaba mi vida y quizá con eso se le haría mucho más frágil el corazón y tendría a bien decir lo que sabía de lo ocurrido el doce de mayo, pero jamás dijeron esas palabras. Todos estaban muy bien organizados, porque también se trataba de su reputación y de mi vida. Al final del día, la señora nunca abrió la boca para decir algo. La tuvieron que dejar ir y todo siguió igual. A los pocos días, la villa había olvidado casi por completo lo que había ocurrido y ya a nadie le interesaba el asunto. Habían seguido con su vida. En fin, a nadie le debería interesar la vida del otro. Además, se aproximaba la fiesta del santito al que llamaban «el patrón de la villa» o algo así, y con eso mucho mejor; todos olvidarían por completo todo y se centrarían en el santito. Las fiestas son a menudo una forma de olvido. Más que todo la religión; la religión, aunque mala, es una forma de amnesia, ayuda a la gente a reunirse, a olvidarse de que unos odian a otros, que los problemas son pasajeros y, si estamos más unidos a Dios, más amnésicos nos volvemos.
En los días en que recobro la memoria, unos instantes pienso que no tengo a nadie para que pueda ayudarme, a hablar a favor de mí, las pocas cosas buenas que poseía, porque todos, aunque malos, hemos de haber hecho algo bueno en nuestra vida, aunque eso signifique únicamente existir o haber sabido nacer. No perdería nada al morir, porque, quién sabe, y la muerte era una cura a la enfermedad de la amnesia. Algo había, eso sí, incurable y todavía con mucho trabajo: la amnesia de lo social, de la gente, de la villa, de todos. Quién recordaría si he violado o no. Puede que sí, puede que no. No se sabe y hay cosas que, aunque queramos, es mejor no saber, morirse con la duda que mata, o no saber ni morir ni la duda. Y, por último, mañana me han dicho que tenía que morir ayer. En esta villa nunca pasa nada, porque la amnesia lo puede todo.
