Long corridor in an abandoned building with open doors and peeling paint

La doctora caos

Por: Francisco Javier Araya Pizarro

La madrugada cayó sobre el asilo con una nieve fina que parecía ceniza. Desde la colina, el asilo lucía como una caja de música rota: luces intermitentes, sombras corriendo por los patios, sirenas perdiéndose en la distancia. Nadie sabía aún cómo había empezado el incendio, pero los guardias hablaban de risas que atravesaban muros y de una mujer caminando con paso ligero entre las alarmas.

Era Daniela Bustos.

Hasta unas horas antes, ella misma habría sido la primera en descartarlo. Una doctora no se vuelve pirómana de repente. Una científica no dinamita su carrera por un impulso. Una mujer como ella, formada, disciplinada, jamás abriría las celdas del infierno… ¿verdad?. Pero el asilo tenía una manera retorcida de meterse debajo de la piel. Día tras día, año tras año, uno acababa hablando con los internos hasta oír el eco de sus voces en los pasillos vacíos.

Y estaba él. Le llamaban “El Danny”,… para darle un nombre.

En los archivos figuraba como “hombre no identificado, tendencia hacia la teatralidad homicida”. Para Daniela era simplemente un acertijo con tacones finos y una risa contagiosa. Desde que lo recibió en su primera sesión, El Danny había logrado lo que ningún paciente había hecho antes: hacerla desequilibrar. La miraba como quien examina una grieta, esperando ver si era profunda o sólo un rasguño. Y ella, cansada de dar siempre respuestas correctas, se había dejado mirar.

La noche del incendio, todo empezó con una frase:

—“Doctora, hoy no quiero hablar. Hoy quiero salir a caminar”.

Él lo dijo como si fuera una broma más, pero esta vez no reían. Daniela sintió el hormigueo familiar: esa mezcla de miedo y fascinación que El Danny despertaba sin esfuerzo. No debía abrir la puerta. No debía romper el protocolo. No debía… pero el asilo estaba tan callado, tan oscuro, tan frío. Y ella llevaba demasiado tiempo obedeciendo.

Metió el código.

El clic del cerrojo sonó como un brindis.

El Danny salió con un giro exagerado, inclinándose ante ella.
—“Es usted un sol, doctora Caos” —susurró.

Daniela se ruborizó antes de poder evitarlo.
—“No soy… no llames…” —intentó articular, pero él ya avanzaba por el pasillo, estudiando las cámaras.

La secuencia siguiente quedó registrada: Daniela caminando detrás de él, intentando mantener la autoridad mientras él bailoteaba, chocando sus hombros contra las paredes. Cuando pasaron por la primera celda, El Danny se detuvo.

—“Dígame, doctora… ¿qué es más cruel?. ¿Encerrar a alguien u obligarlo a ser quien no quiere ser?”.

—“No empieces”.

—“¿Quién empezó, Daniela?. ¿Nosotros o el mundo?”.

Ella sintió cómo algo dentro de sí temblaba, no de miedo, sino de reconocimiento. ¿Cuántos años llevaba encajando en una vida elegida por otros?. ¿Cuánto tiempo fingiendo que no había escuchado su risa mezclarse con la de El Danny en las grabaciones?.

Quizás fue por eso que no lo detuvo cuando él abrió la primera celda. Ni la segunda. Ni la tercera.

Los internos salían desconcertados, vulnerables, algunos balbuceando, otros corriendo como niños atrapados en un recreo que no comprendían. La alarma tardó tres minutos en sonar. Para entonces, Daniela y El Danny ya avanzaban hacia el ala sur. Las cámaras la mostraban apoyando la mano en la pared mientras el edificio temblaba. Una llamarada surgió de la planta eléctrica; la explosión iluminó el rostro de Daniela como un nacimiento perverso. El humo cubrió los pasillos, y entre las sombras, se veía a El Danny saltar sobre un carro de lavandería, empujándolo con euforia infantil.

—“¡Baila conmigo, doctora!. ¡Es Navidad!” —gritó.

Y ella bailó. Se dejó llevar entre los escombros, esquivando chispas y risas. No sabía si estaba huyendo del fuego o siguiéndolo. Sólo sabía que El Danny le ofrecía una mano en un mundo donde nadie antes lo había hecho sin pedir nada a cambio… o quizá pidiéndolo todo. Los internos escapaban por los patios, algunos riendo, otros llorando, otros simplemente desconcertados. Las luces temblaban en el techo. El edificio ardía como un enorme árbol navideño encendido por manos temblorosas.

En la oficina principal, las cámaras captaron el último detalle de la noche: Daniela inclinada sobre su escritorio, escribiendo con lápiz labial en la última página de su informe clínico. Su letra era firme, casi elegante, aunque su mano temblaba por el calor.

La frase quedó grabada como un susurro rojo:

“Todos los pacientes están libres. Incluso yo”.

Después de eso, se la vio marcharse con El Danny entre las llamas, riendo como si hubieran arrancado juntos la etiqueta de una vida nueva. Los bomberos tardaron veinte minutos en llegar. Para entonces, el asilo no era más que una carcasa ennegrecida. Nadie encontró el lápiz labial. Nadie encontró a Daniela. Sólo quedó la historia que los guardias repiten cada invierno, cuando la nieve vuelve a caer sobre las ruinas del asilo:

Dicen que, si uno escucha con atención, se oye una risa doble viajando entre los muros. Una risa que anuncia que la doctora Caos sigue allá afuera, celebrando una Navidad eterna con el único hombre que le mostró quién era en realidad.

Y que no piensa volver.

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