Por: Jorge Rolando Acevedo
El cielo estaba lleno de estrellas y corría una brisa
veraniega impregnada de aromas…
Mario Vargas Llosa.
¡Ay, agua del Aguay donde canta la charata y danza el pecarí!
Santiago Juvenal Brisco.
Aquel día Macario Tapia y Dionisio Burgos cargaron sus armas en el lomo de la mula. Además de las escopetas y las municiones, llevaban la seguridad, que una vez cruzada la quebrada de Galarza, regresarían a sus hogares con las bolsas de arpilleras llenas de charatas, patos del monte y corzuelas. No era la primera vez que los primos hermanos salían de cacería. La última vez habían venido con los perros porque necesitaban atrapar un jabalí. Sin embargo, en esta oportunidad, Macario y Dionisio trajeron a sus hijos: Benito Tapia y Centurión Burgos.
En “El Aguay”, laguna chata de aguas amarillas, ubicada entre el piedemonte, las yungas y las serranías del oeste, se podía hallar lampalaguas, anguilas, sapos, ranas, mojarritas y las infaltables viejas. Alrededor de la laguna, y en todo el piedemonte se oía el chillido de los monos, el griterío de los loros, las tropillas de los majanos, los mugidos de los toros y el silbido de las lechuzas.
Tanto Macario como Dionisio, jamás pedían permiso para cazar en El Aguay. Decían que era tal la abundancia de animales y árboles, que todo sobraba y nadie se daba cuenta de la devastación. Muchas veces cazaban abusivamente: llevaban un poco a la casa para alimentarse, mientras el resto se tiraba por el camino cuando regresaban al pueblo. A veces los restos de animales se convertían en osamentas. Los cazadores jamás se ajustaron a la ley de la laguna; no fueron como Joaquín, quién respetaba al monte y las leyes de la naturaleza. De hecho, aquel hombre del monte sabía cuando sembrar, cuando cazar, cuando descansar según el ciclo lunar y las puesta de sol. Según Gregorio Torres, Joaquín, el cazador, conocía los secretos de la hoja de coca, y a ella consultaba en los días previos a una cacería. Gregorio cuenta que Joaquín era una cazador de la llanura y de la montaña, compartía el territorio con otros hombres como los vaquéanos, meleros, rastreadores y troperos.
Dionisio y Macario armaron un campamento pequeño, uno de los niños sujetó a la mula al tronco de un árbol. “Vamos hacer unos tiros” dijeron los padres a sus hijos, mientras estos comenzaron a espantar a los loros a hondazos.
Entre picadas y frondosos árboles, los cazadores con sus escopetas aguardan voltear alguna presa. Agazapados, quietos, con la mira atenta, buscaban loros, patos, perdices; algún chancho del monte, alguna culebra verde, un oso melero, un pájaro carpintero o un tucán. Tiempo atrás, Macario y Dionisio habían matado a un yaguareté y a unas crías de tapir.
Sin mucho éxito, los primos hermanos regresaron al improvisado campamento: gastamos balas al pedo, dijo uno de ellos, mientras se ataba la remera a la cintura y escupía las hojas de coca.
De pronto, a doscientos metros, a un costado de la laguna, se les apareció una corzuela adulta de pelaje blanco acompañada de unas veintenas de corzuelas de lomo marrones y ojos atentos: una la luz brillante caía sobre los animales. — ¡Pásame la escopeta, es nuestro día de suerte! — dijo Dionisio a su hijo. El niño corrió junto a su amiguito hacia el árbol donde estaba apoyada la potente y estruendosa arma de fuego: ¡Bang, bang! Se oyó en todo el Aguay: Centurión y Benito cayeron pesadamente: los disparos destrozaron la humanidad de los niños.
Desde entonces, suelen verse a dos criaturas peludas y corcovadas acompañados de una mula vieja que rebuzna y rebuzna en busca de auxilio. Una de las criaturas vaga con un agüero de munición en el cuello, la otra, camina torpemente, apoyándose en rama seca que constantemente se quiebra. Lo único que los mantiene con vida – dicen los que lo vieron – es el agua del Aguay.
