Los tres errores

Por: Néstor Rubén Giménez

Compré el armario en un remate del circo Tihany.

Al principio no le di importancia a la tarjeta que encontré dentro de un cajón; en letra gótica se leía: “Mago Zoroastro”. Pero, apenas abrí una de sus puertas, mi infortunio comenzó. Dos palomas blancas salieron volando. Una, al vuelo, la cazó Tini, le dio un sacudón que le partió el cogote y empezó a jugar con ella sin quitar las garras de la desdichada. Decenas de plumas flotaron elegantemente en el espacio, como copos de nieve. La otra voló y se posó en la lucerna, cuyos caireles se entrechocaron. Nos miramos, ambos sorprendidos y desorientados. De pronto, escuché resonar un batintín, mientras una pequeña silueta pasó casi rosándome.

Mais qu’est-ce que tu fais, reviens immédiatement —era un enano que corría gritando con voz chillona. —Excusez-moi monsieur —dijo, batiendo una varita algo desproporcionada con su cuerpo.

La blanquilla pareció entenderle y se lanzó como una saeta, perdiéndose dentro del armario. Tini la siguió atentamente con la mirada, sin soltar el cadáver de su presa. El enano, a paso veloz, balanceando el trasero como suelen hacerlo, la siguió y desapareció también dentro del armario.

—Lo lamento mucho, monsieur —dijo una voz suave con un acento que me recordaba a la Côte d’Azur.

Me di la vuelta. Junto a una de las puertas del armario vi a una hermosa mujer, con una aureola de misterio a su alrededor.

Je suis Yvette —hizo un silencio, se sonrojó y añadió—, disculpe, yo soy Yvette, la partenaire del gran mago Zoroastro; trataré de que esto no vuelva a suceder.

No me dio tiempo a responder. Giró grácilmente en puntas de pie, saludó con una reverencia teatral y se desvaneció al ingresar al armario, cerrando la puerta tras de sí.

Pasaron no sé cuántos días. A veces, al abrir el armario, aparecían espejos ausentes de reflejos donde solo se veía la sombra de lo que no era, chisteras sin fondos visibles de donde escapaban mariposas de mil colores y disfraces de arlequines que susurraban viejas melodías. Pero todo desaparecía al cerrar la puerta, como si el armario se tragara la fantasía; hasta que un día salieron dos conejos. A uno gris lo corrió Tini por el jardín, pero esta vez sus atributos de cazadora no le sirvieron, el conejo desapareció entre el follaje. El otro, blanco y con una aureola negra en un ojo, dejó que lo agarrara sin temor. Lo alcé, lo abracé y sentí su suave pelaje.

—Disculpe —era Yvette—, ha sido un accidente.

—Descuida, no pasa nada. A este lo pude agarrar antes de que escapara —y se lo di.

—No se preocupe, hay más —dijo con una sonrisa que me fascinó.

Ahí quedé parado como un tonto, mientras la contemplaba. Fue justo cuando una tenue pero persistente lluvia comenzó a lavar los vitrales, dibujando ríos fugaces sobre el cristal. Yvette se acercó, tomó el conejo y nos quedamos viendo a través del vitral a las personas que, presurosas, buscaban refugio, como si el mundo exterior no existiera.

Quedamos mirándonos fijamente, confirmando una atracción mutua que flotaba en el aire como un conjuro.

—¿Y si solo eres una ilusión? —le susurré.

Ella sonrió, y su mirada se ancló en la mía, una confirmación muda de la atracción. Mi pulso se aceleró. Era el momento, lo supe. La lluvia arreciaba afuera, pero aquí, en la quietud, sentí el cosquilleo dulce e incómodo, una antesala de lo inevitable.

Nuestros labios se buscaron, se exploraron, se escondieron, se confundieron. Decidí liberarme en medio de esa suave y tersa vorágine. Elegí lo dulce y lo real de su cuerpo sobre el misterio del armario. Ella me acompañó. Fue el instante en que dejé de preguntarme si era magia para simplemente desear que fuera mía. En ese deseo, confundí la vorágine con el destino.

Ya no fue necesario que algún animal se escapara del armario. Tuvimos encuentros furtivos, sabíamos crear noches infinitas de las que despertábamos mientras del cielorraso caían pétalos de rosas escarlatas, como una lluvia mágica que anunciaba un nuevo día.

Así creció el amor, maravilloso, esotérico y místico. Cada separación era insoportable, y no me resignaba a que ella volviera a desaparecer dentro de la oscuridad del armario. Estaba tan confundido que no sabía si la magia se encontraba dentro o fuera, si habitaba en sus adentros o en Yvette.

Una tarde la convencí. Desarmamos el armario sin cuidado. Las piezas cayeron con un ruido seco, no mágico. Llevamos las partes al fondo del jardín. Cuando la gran fogata se encendió, Tini se acercó. Observó las llamas no con curiosidad de cazador, sino con un aburrimiento felino. Las llamas consumieron la madera, el misterio y la incertidumbre. Ya no escuché los susurros, no vi volar las mariposas, no supe del enano ni de todo lo demás.

Me deshice del armario del gran mago Zoroastro y me quedé para siempre con Yvette, su partenaire. Ahora Yvette me prepara el café a la misma hora, y ya no hay pétalos de rosas escarlatas en el cielorraso, solo polvo.

Mi primer error: comprar el armario. El segundo error: creer que el amor sin misterio es amor. Y el tercero y último error fue destruir y quemar el armario.

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