Espejos

Por Mayra Alejandra Ortiz Franco

Sabía que algo raro estaba ocurriendo desde el inicio de la primavera. El reloj marcaba las cinco de la mañana, y, a pesar de que mi trabajo comenzaba dentro de cuatro horas, necesitaba continuar con mi investigación. Tampoco es como que los cantos fueran a detenerse, día tras día, sus susurros se colaban en mis pensamientos tomando la forma de una melodía que ya no me interesaba comprender. Hoy era una mañana más donde la imagen que el espejo me arrojaba no era yo. En él podía leer su mensaje, uno que nunca he sido capaz de borrar, burlándose un día más: El único yo soy yo, ¿estás seguro de que el único tú eres tú? En un principio traté de convencerme de manera lógica, era mi cabello rizado, con mi cicatriz exactamente en el mismo lugar, pero sabía, sabía que aquello que me regresaba la mirada no era yo, al menos no este yo del presente. Aunque ve a saber tú que carajos es el presente. O si tan siquiera este yo al cual me aferraba tanto para conservar un poco de mi sanidad existía. Ve a saber tú, porque ya no me esforzaré en hacerlo. 

Escribí en el espejo un corto “NO”, y seguí con mi rutina del día. La mierda de broma sobrenatural que me estaba jugando el cosmos se estaba volviendo monótona. Zapatos, pantalones, corbata. Decidí tomar una cerveza al bajar por la bandeja de plata que había comprado hace unos meses, la dejé a mi lado junto con el labial que pasó a convertirse en pluma. Con un suspiro reclamé mi lugar en el sillón que había acercado a la ventana, debía de comenzar la indagación. El vecino rubio de la pequeña casa en la esquina estaba corriendo, sabía por experiencia que estaría afuera por casi dos horas. Tomé el labial y comencé a escribir.

–“Mi familia me llama raro, pero existen personas que salen a correr a las 5:40 de la mañana, ¿puedes creerlo? Locos, eso es lo que son.” Después de unos minutos de observar al rubio escuché el ya distintivo sonido de la labial deslizándose en la superficie a mi derecha. –“No.” El universo pudo por lo menos asignarme a un fantasma más cordial. De verdad, que solo me respondía “No” a todo, y considero que soy lo suficientemente gracioso como para no ser apreciado. Después de veinte minutos mi vecina salió de su hogar, otra vez tarde, apresurándose a llegar a la parada del camión. A ella sí que la conocía. Salimos por unos meses, no era precisamente una chica llamativa, pero no le importaba que hablase con los espejos, aunque dijera que nadie me respondía. Así que supongo que una cosa compensó a la otra. Aún hablamos, pero dejamos las cosas porque “su carrera laboral iba primero”. La verdad es que mientras más lo pienso más extraño me resulta este concepto que hemos adaptado a nuestra forma de vida, permitir que un hombre diga “esto es mío” en un planeta que cohabitamos, y no solo eso, también hacemos el esfuerzo de creerle y trabajar solo para recibir lo mínimo, siendo el fin mayor enriquecerlo a base de cosas que no le pertenecen realmente. Borré la conversación anterior y comencé un nuevo comentario. –“Tienes suerte de no estar aquí, el capitalismo es una mierda.” –“No” –“Hijo de puta, trabaja una jornada de más de ocho horas tras una computadora y después ven a decirme otro no.” –“No.” No pude evitar la pequeña sonrisa ante su respuesta. Mi reflejo no me regresó la expresión. Me paralicé por unos segundos, he vivido cosas raras en estos meses, pero por lo menos el ente del espejo hacía el esfuerzo de imitar mis movimientos, a pesar de que sabíamos que no era precisamente yo. ¿Pero lo era? ¿Acaso alguna vez he tenido un… Yo? 

El sonido del claxon de mi vecino me sacó violentamente de mi trance. No, no podía ser. Llevaba semanas estudiando sus peculiares vidas, todavía faltaban horas para que pasara por su cría. Miré la hora, eran las 8:15. ¿Cuánto tiempo había pasado observando la bandeja? Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Su hijo salió sin prisa alguna como todos los días, sus dedos se movían violentamente sobre su celular. Escuché un sonido distintivo que solía darme paz.

–“Que irreal debe de ser confiarle en un conjunto de sistemas toda tu información, ¿no lo crees?” Por primera vez utilicé mi voz para responderle, y el sonido de la misma me pareció ajeno. –Extraño, quizás, pero no es precisamente irreal, le he observado todos los días hacerlo. –“Tú me has observado todos los días, has contestado mis mensajes, ¿piensas que soy real? Esa mañana no contesté. Apenas y pude llegar al trabajo. Los días comenzaron a pasar en lo que parecía un suspiro, ya no observaba a mis vecinos ni contestaba a los mensajes que me dejaban en las superficies reflejantes. Y vaya que eran bastantes. Ya no era solo mi espejo o mi bandeja de plata, los veía en todos lados. En las ventanas, el agua, incluso en el metal del autobús. La imagen de mi reflejo era cada vez menos mía. Aquella cosa cada día tenía menos cabello, y no era lo único que caía pues la piel también se le comenzó a desgarrar. 

Pensé en preguntarle a mis vecinos si les estaba pasando lo mismo, pero qué sabrían ellos de mis dudas cuando llevaban vidas tan extrañas. Los cantos se volvieron más frenéticos, comenzando ahora desde las tres de la mañana. Quizás ese cántico que escuchaba cada mañana no era de almas al azar, quizás eran todas aquellas almas que perdí en mi reflejo intentando advertirme. O quizás solo no estaba durmiendo, sí, será eso. En mis sesiones se me dijo que para poder encontrarme debía de perderme, pero no así, no aquí. No… Y, por primera vez en ocho tediosos meses, escribí un “SÍ”. No solo uno, llené el espejo de ellos. Los escribí encima de cada “El único yo soy yo, ¿estás seguro de que el único tú eres tú?” que pude encontrar. SÍ, SÍ, SÍ. No volví a tener ver reflejo después de aquel día.

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