Seguir viviendo

Por Óscar Delgado

Cuando abro los ojos por la mañana ella siempre está dormida a mi lado. Todos los días me despierto antes que ella, solo para poder observarla, aunque sea por un instante, en aquel estado de pureza inconsciente, cuando el mundo se pierde en el mar de sus sueños. La luz del sol primaveral se derrama sobre su piel rosada y su negra cabellera se arremolina sobre las sábanas como un tornado dormido, llenando de vida su imagen tranquila, apacible, ajena a lo que tengo planeado y al final de todo esto.

Después de un rato de mirarla en silencio, tiempo en el que trato de registrar en mi mente el ritmo de su respiración y la forma de su rostro, me levanto y voy a la cocina para poner el café. Me preparo un desayuno sencillo para mí solo, pues sé que ella no suele comer. Cuando termino me voy al estudio para seguir escribiendo mi carta de despedida. Allí me siento frente a la computadora y observo con cierta nostalgia todos los libros, todos los archivos y publicaciones esparcidos por el lugar. No hay mucho que pueda extrañar en realidad, no con ella a mi lado. Todos esos años de congresos, artículos y sesudas discusiones académicas se fueron por el drenaje el día que ella enfermó. Recuerdo el momento en el que nos dieron la noticia. “Cáncer”, dijo la doctora mientras nos miraba con tristeza, como si fuéramos un par de cachorros perdidos y confundidos. Yo no supe que decir en ese momento, estaba furioso con la doctora, conmigo y con el mundo; ella solo me tomó de la mano con una de sus amplias sonrisas. Esa siempre fue su seña característica: una sonrisa enorme, brillante, capaz de sacar lo mejor de cualquiera, incluso de mí.

Mientras reviso lo que había escrito el día anterior me doy cuenta de que ella está despierta. Como suele hacer cuando está de buen humor, toma su libro favorito y se va a sentar en su mecedora al lado de la ventana que da a la calle. La escucho tararear una de sus canciones preferidas, una cuyo nombre ya no recuerdo. La carta es bastante impersonal, casi como las que solía escribir a los compañeros de la universidad. En ella explico mis motivos para mantenerla conmigo, relato nuestros últimos días en la casa, su progresivo deterioro y, claro, expongo a detalle el proceso al que me sometí para no perderla del todo. Nunca he sido un hombre de emociones intensas, más bien soy de los que aman con la persistencia de un fuego controlado, como la llama de una hornilla frente a un incendio forestal. Sin embargo, el día en que ella se despidió de mí, con todos esos tratamientos en su sangre, exploté hasta consumirme por completo. Recuerdo que me pasé semanas enteras sin probar bocado, sollozando como un animal herido en la cama, sintiendo en lo más profundo del pecho el frío que rozaba con mis dedos al buscar su contacto por las mañanas. Una semana después busqué al doctor que me implantó el reproductor de memorias en el cerebro.

Hasta donde sé, el aparato funciona a partir de los recuerdos guardados en la memoria natural del cuerpo, no agrega nada, solo permite volver a ellos y los convierte en experiencias vívidas otra vez. Es así como puedo verla preparándose un té de frutos rojos en nuestra cocina, tarareando para sí misma, con una sonrisa leve en los labios. Gracias al reproductor puedo olerla de nuevo, puedo sentir el calor de su piel, escucharla reír, mirar sus ojos negros como la noche y tenerla conmigo cuando quiera.

Al principio funcionó perfectamente. Ella parecía estar de vuelta a mi lado, el reproductor había sacado de mi cabeza todos mis recuerdos y los proyectaba con fría precisión frente a mis ojos. Mi mente estaba embotada y durante días me la pase hablando con ella, mirándola, sintiéndola, amándola como cuando estaba viva. No obstante, como toda tecnología, el reproductor tiene sus límites: no podía construir nada que mi memoria no guardase con antelación. Fue así como el encanto desapareció, pues poco a poco me di cuenta de que ella no era real, su conciencia no era verdadera, solo a través de mis ojos y mi memoria podía existir.

Ahora recuerdo el día en que le pedí que fuera mi novia. Estábamos solos los dos en la cafetería de la facultad, el viento helado de noviembre convivía con un sol abrasador como suele suceder en México. Ella estaba sentada frente a mí, con unas ojeras enormes, desvelada de tanto trabajar. El sol la cubría toda y ella no decía nada, había cerrado los ojos para descansar un momento, reposando sobre sus manos como si observara atentamente algo dentro de sí misma. Recuerdo con precisión el cansancio de su rostro y la delicada tranquilidad con la que me miró después. Fue en ese momento en el que decidí que quería verla por el resto de mis días. Quería tener acceso a esa vulnerabilidad, a esa confianza ciega, a esa intimidad desatada. Y así fue, hasta que todo se terminó.

La carta, en estricto sentido, es para su familia y para la mía. Después de su funeral mantuvimos el contacto, pero nada era igual. Sus padres y sus hermanos me trataban con la cordialidad de una visita incómoda, supongo que verme de pie en su casa y sin ella a mi lado les traía recuerdos demasiado dolorosos. Cuando se enteraron de lo que hice para mantenerla conmigo no quisieron saber más de mí. Creo que fue lo mejor, aunque nunca trataron de entenderme. Mi familia reaccionó de forma similar. Todos se alejaron, me llamaron egoísta, me acusaron de estar enfermo y no considero que se equivocaran: fue una decisión egoísta, no se lo consulté a nadie, ni siquiera a ella. Ahora la observo caminar descalza por nuestro hogar, limpiando el polvo de los libreros como solía hacer, con su paso inseguro, como si temiera romperlo todo con la fuerza de su andar. La timidez de sus movimientos, contenidos por naturaleza, se siente familiar, me recuerdan que sigo aquí, con vida, sentado frente a una carta llena de justificaciones que no convencerán a nadie, pero que aun así trato de plasmar. Un montón de sinsentidos con intención de expiar mi culpa.

Me doy cuenta de que no puedo seguir escribiendo, así que termino la carta con una despedida simple. “Adiós a todos, espero que puedan entenderme. Enviaré sus saludos a ella”. La veo parada al lado de mi silla, observando la computadora como si pudiera leer la carta. “¿Qué estás haciendo?”, me dice con un tono de preocupación en la voz. “Nada”, respondo, “Sólo trámites de la facultad”. “Oh, ya veo. Espero que todo vaya bien”. “Todo está bien”, le digo tratando de no quebrarme ahí mismo, “¿Quieres salir a dar un paseo en el bosque?”. Cuando escucha mi pregunta su rostro se ilumina. Ella siempre amó la naturaleza y a los animales. “Me encantaría, voy a cambiarme”. Me doy la vuelta y saco un revólver de mi escritorio. El frío del metal me recorre todo el brazo y su peso me recuerda al peso de su mano, cuando la sostenía en sus últimos días. Me lo guardo en el pantalón y envío la carta a mis padres y a los de ella. El reproductor de memoria la lleva hasta el auto y desaparece: no puedo recordar la última vez que salimos los dos al bosque.

Mientras avanzo por la carretera recuerdo la carta, repaso cada una de sus palabras y estoy seguro de que nadie va a comprender esta decisión. Tal vez me llamen loco, obsesionado, traumado, pero pocos entienden de verdad lo que la soledad le puede hacer a una persona. Ahora voy a buscarla, porque no puedo vivir con un holograma de ella, una ilusión sin alma, una sombra de lo que fue en verdad. Sigo siendo un egoísta, porque la quiero toda conmigo, aunque tenga que darlo todo a cambio.

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