Comer de jeta

Por Enrique Formentini

Quizá muchos de ustedes se preguntarán que significa esa enunciación. No es para menos, ya que se trata de una expresión anacrónica que utilizaba mi bisabuela, para referirse a familiares y amigos –la mayoría no gratos-, que caían por casa más o menos a la hora de cenar so pretexto de realizar una visita de cortesía. Digo pretexto, porque en realidad tras esa fachada de cortesía se escondía el objetivo nada disimulado de quedarse a comer. De quedarse a comer sin aportar nada, quedarse a comer de arriba, entiéndase bien.

Bueno, de esos personajes teníamos en la familia al tío Negro. No recuerdo su nombre porque era un primo lejano de mamá y ella siempre se refería a él como “el tío Negro”. 

El tío Negro había contraído nupcias con una fulana de quién tampoco recuerdo el nombre y a quien mi madre había apodado “la Negra soviética”, a causa de su predisposición a no gastar un peso de más.

Habían puesto en práctica, la estrategia nada original de realizar un tour visitas vespertinas a toda la parentela, con el fin de obtener una invitación para cenar y así achicar su presupuesto familiar. De modo que más o menos en dos semanas, realizaban todas las visitas de cortesía posibles y entonces, a los catorce días con precisión de reloj suizo, los volvías a tener tocando el timbre de tu casa, apareciendo de la nada, como emergiendo desde otra dimensión, el aire casual. 

Eran unos caraduras totales, con decirles que hasta cayeron a casa a comer de jeta el día que falleció el General Perón. Esa gente no tenía bandera, pero por suerte tampoco tenían hijos, de lo contrario dudo que hubiesen, con esa estrategia, tenido el éxito que tuvieron al principio.

Ya habían mostrado la hilacha desde el momento en que se casaron. En la tarjeta de invitación a la cena figuraba que servirían entre otros bocadillos barquillas con mejillones; lo que no decía la tarjeta era que solo se las iban a servir a los novios. Eran unas ratas desde esa época.

Cuando caían por casa y llegaba la hora de preparar la mesa para la cena, ya sabíamos el final de la historia y entonces papá o mamá por educación les decían: 

-Quédense a cenar.

-No, por favor, que ya nos vamos –respondían al unísono, pero sin amagar a despegar el culo de la silla.

Entonces papá tenía que salir al almacén para comprar una botella de cerveza, un salamín y un pedazo de queso para acompañar el menú, que ya para nosotros era magro, y eso que aún no se hablaba tanto de dietas equilibradas ni saludables.

Cuando papá regresaba del almacén con la compra, ellos expresaban: “después arreglamos gringo, después arreglamos”; pero lo cierto es que nunca amagaron a meter la mano en el bolsillo ni una vez.

Cierto día mamá propuso el programa de irlos a visitar más o menos a la hora de la cena, tal cual ellos hacían con todo el mundo. 

-Ellos van a la casa de todo el mundo a comer de jeta, así que ahora nosotros vamos a jetearlos a ellos –dijo mamá. 

Así fue que una los fuimos a visitar, esperando recibir al menos un mínimo agasajo culinario de cortesía, pero nos largaron duro; ni galletitas de agua con picadillo nos dieron. No nos invitaron ni a tomar aire los atorrantes. De regreso a casa, mamá estaba que tronaba y mis hermanos y yo chillábamos que teníamos hambre. 

Mamá era una mujer de armas tomar, y no porque el tío Negro fuese de su familia se la iba a llevar de arriba e iba a zafar de su furia.

Durante las semanas siguientes mamá visitó a la tía Carmen, al tío Cacho y a la Rufina, y todos coincidieron en que ya estaban con los huevos al plato por la situación. El tío Cacho contó que en un par de ocasiones él y su esposa los habían corrido, empleando la táctica de argumentar estar a punto de salir de paseo o al cine. La tía Carmen fue menos diplomática, cuando por la celosía de la ventana había visto que eran ellos, directamente no les abrió la puerta y silenció a toda la familia para dar la apariencia de que no había nadie en la casa. 

Papá era duro en apariencia, pero siempre al final aflojaba, pero mamá ya había planificado el contraataque y no iba a dar un paso atrás. 

-Vos no te metás y dejáme a mí que yo los voy a curar a estos –le dijo.

A nosotros, nos había instruido que si estábamos en la vereda y de lejos los viéramos venir le teníamos que avisar a ella enseguida, y en caso de que llegaran a tocar timbre, que no les abriéramos la puerta hasta luego de comunicárselo. 

Caerían por casa, eso era seguro, era cuestión de tiempo, y ese tiempo llegó.

Esa noche papá no estaba en casa porque había ido a la reunión de la cooperadora de la escuela. Cuando ellos llegaron, mamá los recibió con extrema cortesía y los invitó a tomar asiento, esta vez no en el living comedor, sino en la cocina y aunque eran más las siete y media de la tarde los convidó con mate, y eso que en mayo a esa hora ya es medio oscuro. Mate va y mate viene, pasaban el tiempo en amable conversación, pero ni un amague de cocinar o servir algo para cenar. Entonces mamá puso a calentar en un hervidor leche con cascarilla de cacao, y preparó una leche con cierto tinte marrón que hacía la ilusión (nada más que la ilusión) de haber preparado una chocolatata.

Ante la atónita mirada del tío Negro y la Negra soviética, mamá desplegó un mantel sobre la mesa de la cocina, puso sobre la misma pan y sacó de la heladera un paquete de manteca amarillenta y rancia. 

-Nosotros vamos a cenar esto, ¿quieren quedarse?, yo les sirvo una taza –les ofreció mamá con una cortesía que yo adivinaba que era más sarcasmo que otra cosa.

-No, por favor, que ya nos vamos –respondieron al unísono, como siempre.

Nosotros estábamos esperando a que se fueran de una buena vez, pero debo reconocer que hicieron la pata ancha y se quedaron hasta que finalizamos la frugal cena. 

Cuando por fin se marcharon, luego de poner llave a la puerta de calle mamá nos dijo con una sonrisa de goce: “Van a ver que estos dos ya no van a venir más”.

Por suerte, mamá desmanteló la puesta en escena y nos cocinó milanesas con huevos fritos. Estábamos en el menester de devorar la cena cuando llegó papá y al ver que estábamos cenando tarde preguntó el por qué.

-Vinieron el Negro y la Negra soviética a comer de jeta –dijo mamá al tiempo que acotó-, les serví leche con cascarilla, pan y manteca pero no quisieron comer y se fueron.

Papá no dijo nada, en parte porque a él también le reventaban esos fulanos y además porque el trabajo sucio ya lo había hecho mamá. Al fin y al cabo no eran parientes directos de él, así que no tenía por qué preocuparse. 

Durante muchos años no tuvimos noticias del tío Negro y su esposa y por lo que mamá había averiguado, también otros parientes les habían cortado el chorro. Hoy cada vez que preparo leche chocolatada me acuerdo del suceso y no dejo de pensar en lo que pudo haber sido de la vida de ellos. 

A veces me invade cierto remordimiento ajeno, al recordar lo dura y tajante que fue mamá en aquella ocasión, pero al rato se me pasa.

Hoy me anima pensar que el tío Negro y la Negra soviética, llegaron al fin a entablar fuertes lazos de amistad con familias de sólida posición económica, que siempre los invitan a cenar cada vez que ellos, con el aire casual, caen por su casa.  

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