Diógenes

Por Manuel Saúl Reyna Macías

Es difícil no verlo, es aún más complicado no escucharlo. Incluso, para algunos es difícil no temerle. Siempre está ahí. Sentado en la fuente de los sensatos, ignorando la fauna urbana que pasa alrededor de él; ignora a aquellos patinadores insulsos que buscan la plaza como piso y como un lugar plano para que sus ruedas no tropiecen; ignora a los músicos ambulantes que andan por los alrededores buscando público al cual robar… digo rogar un poco de dinero; ignora a los comediantes lejanos que arman un gran alboroto con chistes malos para el público simplón él mismo desprecia; ignora a los pseudo intelectuales de traje que hablan sin sentido alguno y que lo desprecian pues el papel de intelectual de la ciudad ya se les ha dado a ellos; ignora a todos y todo a su alrededor. 

Está sentado ahí al lado de la Fuente de los Sensatos. Todos los días llega a la fuente como si tuviera que cumplir con un horario diurno. Como si trabajara en una oficina al aire libre, pues, al llegar a su puesto se sienta a escribir. Durante horas sin mover más que su muñeca para redactar aquellos poemas filosóficos que nadie entiende, quizá porque somos tan ignorantes como para poder entender o quizá por él escribe en garabatos.

-AH. LA INSENSATEZ PURA DEL HOMBRE URBANO QUE ERES TÚ Y TU DESCENDENCIA HA DE MORIR POR MANOS DE SU PROPIO PADRE- Grita al finalizar su horario de trabajo en la Fuente de los Sensatos.

¿Qué nos queda a aquellos que creemos saber que su vida no ha sido la mejor vivida? ¿Qué nos queda a nosotros quienes hemos optado por la coerción de la cordura por salud o mejor pensado por temor? Para algunos nos quedan relámpagos de lucidez que nos hacen entender que el viejo no está zafado después de todo y que, si se escucha con atención, habla con más sentido que cualquiera de nosotros; para otros, nos queda huir, ignorar las sabias palabras de un andrajoso mal vestido y sin trabajo, por la única razón de que es alguien mal vestido y sin trabajo, ¿qué más nos puede quedar si la única explicación de nuestra acción es un pleonasmo de nuestros deseos?

La cosa no para en la Fuente de los Sensatos, pues al llegar el ocaso el hombre se mueve de un punto de la ciudad a otro. Se mueve tal como un nómada urbano que a pesar de su libertad está encerado en su misión deliberar a su hogar, está ciudad. Se mueve buscando comida, asilo, pero más aún, se mueve buscando lugares donde no haya dejado su marca todavía. Todos los días ha de encontrar una casa abandonada, un monumento, un muro ignorado para seguir su producción de ideas. 

¿Es acaso arte? Nos preguntamos todos al ver como en una pared blanca en la que Diógenes pinta tres puntos equidistantes mientras alega a los temerosos:

-AQUÍ LES PRESENTO EL SENTIDO DE LA POSMODERNIDAD. TENGAN PRESENTE ESTO QUE LES DIGO, PUES SERÁ LA SALVACIÓN DE QUIEN LO ENTIENDA. 

No hay nada que entender, no hay nada que ver. Todos somos seres artificiales, sintéticos que no podemos ver más allá de nuestro empaqué; hemos venido a la ciudad con fecha de caducidad, sin refacciones y con un número de atención a clientes. Es ciudad, en esta realidad, que nosotros mismos nos hemos creído la gran mentira, la descripción que de nuestro personaje que viene en la parte inferior del reverso de la caja ¿Y cómo no hacerlo si nadie nos ha enseñado a voltear a atrás y abajo?

Mientras todos seguimos viendo en la ciudad de juguete interpretando el papel que se nos fue asignado desde que decidimos entrar al juego de la realidad, a lo lejos, con una voz roca y aguardientosa, se escucha un grito justo al lado de la Fuente de los Sensatos:

-BUENAS TRADES, DIOS, LA CIUDAD QUE COMPRÉ ESTÁ DEFECTUSA. SIGUE HACIÉNDOLOS ASÍ Y ESTOS JUGUETES TE MATARÁN. 

Al llegar la noche la ciudad queda vacía. Todos nos hemos de marchar bajo el pensamiento de que quedamos satisfechos con nuestra supervivencia en la ciudad. Todos hemos demostrado la razón de porque seguimos vivos; todos hemos devorado a alguien, o al menos eso creemos. Y ahí, en nuestro lecho de comodidad, a punto de cerrar los ojos, un aullido nos despierta amenazante, quizá porque afecta nuestro sueño, quizá porque representa una amenaza de verdad o simplemente porque nos recuerda que mañana habremos de luchar otra vez para demostrar que somos dignos de esta ciudad. Lejano, pero muy profundo se escucha la voz del viejo Diógenes:

-SOY EL HOMBRE PERRO Y ALGÚN DÍA, DESPUÉS DE DEVORAR A DIOS, LOS COMERÉ A USTEDES.

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