El águila bicéfala

Por Mario Cardona

Íñigo despertó en una sala de hospital. Se encontraba mareado y débil. Sentía los párpados pesados, pero poco a poco cedían. Unas imágenes difusas, que, en principio solo fueron un cúmulo amorfo de colores en medio de un blanco resplandeciente, era lo que observaba. Cuando entornó mejor, descubrió a una mujer parada a unos metros de él. Tenía una melena rubia en cola de caballo. 

Íñigo intentó decir algo, pero no consiguió más que un lánguido balbuceo. Lo suficiente para que esta mujer dejara la revista que estaba leyendo, y se volviera hacia el paciente. Él recordó que ella era su esposa. 

Ella se deslizó hacia él, con cierta celeridad. Se sentó al lado suyo, y le tomó las manos. Estaban cálidas. Acto seguido, un médico entró en la habitación cuyo mobiliario era un sillón gris pálido con un cojín azul marino, unas mesitas y la cama de hospital. Todo era blanco, y brillaba límpidamente. Había una mesita de color blanco y azul marino, al lado 

—Hola, doctor— dijo la mujer de ojos azules. 

—Es hora de la cirugía— leyó lo que llevaba en su tabla porta hojas. 

—¡Doctor!— ella se levantó de un salto, y se le acercó con agilidad felina—. ¿Cree usted que, después de este procedimiento, mi marido no vuelva a tener problemas?— y ella miró a Íñigo y luego lo hizo el médico. 

Íñigo no podía moverse, apenas intentaba balbucir como un neonato, mientras salivaba por las comisuras de sus labios resecos. Sus extremidades pesaban como bloques de concreto que, apenas podía mover. 

—No hay duda que tenemos la solución —aseguró el médico—. Lo trasladaremos a la mesa de operación, y, cuando vuelva, su marido tendrá un comportamiento completamente distinto. Nuestro método nunca falla. 

La mujer, con el entrecejo fruncido, la mirada mortificada y los labios apretados, asintió varias veces, en un intento de mitigar su dolor. 

—Desde hace tiempo —sollozaba—, que mi esposo cambió. No hace más que cuestionar nuestra felicidad, nuestros valores, y nuestras costumbres. Me ha tratado de convencer de hacer daño al sistema —unas lágrimas se resbalaron por sus sonrojadas mejillas—. ¿Se imagina usted? 

—No hay duda que ha tomado la mejor decisión al traer a su marido aquí. El Ministerio del Águila Bicéfala tiene cómo solucionar estos problemas que son un peligro para nuestra sociedad. 

Ella se le arrojó al pecho, y el médico la rodeó con sus brazos. Le acarició paternalmente su coronilla, y le dijo con la voz más consoladora que había confeccionado con el paso del tiempo:

—Ahora, déjenos trabajar y le devolveremos la felicidad a usted, y a su familia. 

Unas enfermeras entraron a la habitación, para trasladar a Íñigo a la sala de operaciones. Antes de que el médico se fuera, la mujer dijo:

—¿Todo será como antes, doctor? 

Él se volvió y le sonrió comprensivamente y dijo:

—Mejor, será mejor. 

—Necesitamos que el paciente esté la mayor parte del tiempo consciente —decía el cirujano—. Pero tenemos un tiempo limitado para la implantación del nuevo miembro. 

Íñigo advirtió con horror lo que se temía: una cabeza exactamente igual que la suya, estaba puesta sobre una mesita. Estaba en un frasco cilíndrico repleto de formol. Tenía los ojos cerrados, y su pelo castaño flotaba por todas partes. Él profirió un alarido que no pasaba más allá de su garganta. 

—Tranquilo, Íñigo, tiene tus mismos recuerdos, gustos, tono de voz y características, salvo las que son perniciosas para la sociedad. Tu familia será más feliz con esta versión tuya, que, esta que solo causa problemas. Piensa en eso por ahora, ya acabará pronto. El dolor es pasajero, y en tu caso, una salida hacia el infinito. No te preocupes. 

La vida de la cabeza original de Íñigo se extinguió poco a poco, mientras que, la cabeza artificial fue puesta sobre sus hombros con éxito. La operación duró unas veinticuatro horas sin descanso, pero todo salió a pedir de boca. 

Después de «la operación», la recuperación fue difícil y ardua, pero luego de un par de meses, Íñigo estaba listo para volver a su vida normal. Ya no había peligro para la sociedad, y las ideas irreverentes y enfermizas del putrefacto cerebro del Íñigo original, ya no causaban ningún peligro a nadie.

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