La niebla del inframundo

Por Joel Mendoza Sánchez

—¡Ay Dios bendito, ten piedad, por favor, Madre Santa! 

—No le haremos nada señora. nomás denos el dinero. 

—Ave María, ruega por nosotros los pecadores…

—No hay tiempo para esto. 

Leo le arrebató la bolsa a la señora. En su interior, solo pudo ver una estampa de un santo, un teléfono celular viejo y el dinero que la señora acababa de sacar del cajero. Lo tomó y dejó caer la bolsa. 

—¡Ayuda! —gritó la mujer—. ¡Me están robando! ¡Ayuda! 

Las pocas personas que pasaban por la avenida se detuvieron a observar e incluso un hombre comenzó a acercarse. 

—¡Corre, imbécil! 

Leo jaló de la camisa a su compañero para que comenzara a correr. Traían el cubrebocas, unos lentes oscuros y una gorra cada uno, era imposible que alguien pudiese verles la cara. Tomaron velocidad por la calle menos transitada que ubicaron. Leo iba al frente y Rodri le seguía de cerca. Por fortuna, nadie decidió por seguirlos. 

—Escondámonos —propuso Rodri—. Ya me cansé. 

—No chingues —renegó Leo—. Nadie nos está siguiendo. 

—Pero nos pueden ver —puntualizó el otro. 

Rodri comenzó a sentir la característica punzada debajo de las costillas. 

—Ya no puedo, cabrón. 

—Hijo de la chingada —Leo giró a mirarlo sin detenerse—. Te dije que no servías para esto. 

—Un paro carnal, hace mucho que no corría. 

—Si serás idiota… 

Leo corrió más rápido, pero dobló a la derecha. Siguió avanzando unos metros más hasta encontrarse en la entrada a un callejón. 

—Ahí adentro —señaló con la cabeza—. Nos quedamos un rato y después volvemos a correr, ¿escuchaste?

Rodri se metió en el callejón resollando y se dejó caer recargado en una pared. El lugar era lo suficientemente amplio para poder estacionar un auto, pero estaba demasiado oscuro. Había un poste de luz pública en la entrada, pero como de costumbre, estaba fundido. Podían distinguirse las siluetas de contenedores de basura a rebosar. Olía a orina y a animal muerto. 

—Qué peste —se quejó Leo. 

La respiración de Rodri aún no se calmaba. Jalaba aire como si no hubiese y el sudor resbalaba por su frente irritándole los ojos. El corazón le latía rápido y se sentía mareado. 

—Sentía… que… me… caía —habló entre jadeos. 

—Ya no te voy a invitar —lo regañó su amigo—. No sirves para esto. 

—Pero necesito el dinero —suplicó Rodri recuperando la voz—. Ya puedo correr otra vez. 

—Ni madres —se negó Leo—. Ten estos doscientos y te me vas a tu casa.

—Por favor, Leo…

Los interrumpió un fuerte ruido al fondo del callejón y ambos voltearon al mismo tiempo. Rodri abrió mucho los ojos. 

—No nos habrán encontrado —susurró muy despacio. 

—Fue un gato —respondió Leo sin inmutarse—. Ya oíste cabrón, a tu casa. 

Otra vez el sonido. No se escuchaba como una caída o un choque de botes metálicos. Era más bien como el golpe que se le da a un contenedor demasiado grande. Sonaba bofo y la vibración continuaba por segundos. Rodri se asustó y le arrebató los doscientos pesos que le ofreció Leo. Sí, necesitaba dinero, pero no correría el riesgo de ser detenido. 

—Pero qué diablos…

Leo se acercó despacio al fondo del callejón y un humo espeso y oscuro comenzó a salir del lugar. 

—¿Qué es eso, Leo? 

Leo no escuchó a Rodri y siguió caminando hacia la procedencia de la niebla. El ambiente se sentía helado. La oscuridad consumió a Leo y pronto desapareció.

No se escuchó nada más. La niebla se estaba acercando a Rodri que miraba directamente el lugar por donde se había perdido su amigo. 

—¿Leo?

Un grito de horror retumbó en los tímpanos de Rodri como respuesta. 

El miedo que sintió no se podía comparar con ninguna otra sensación que hubiese sentido en su vida. Quiso correr, pero sus pies se quedaron anclados al suelo. También quiso gritar, pero de su garganta no salía ningún sonido. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y su cuerpo fue víctima de un temblor que comenzó en sus pies hasta llegar a su cabeza. 

La niebla comenzó a rodearlo como una enredadera subiendo por un poste. Mientras miraba al espeso humo oscuro subir por su cuerpo escuchó de nuevo el sonido, pero ya no procedió del fondo del callejón, sino del interior de su cabeza. Fue como un golpe en la nuca. Se desplomó en el suelo, pero debajo había agua. El callejón había desaparecido y frente a él se extendía un cielo infinito de color gris. La oscura niebla era la invitada principal. 

En medio de la nada, alcanzó a distinguir una figura. Sabía que se acercaba porque su contorno se tornaba más claro. Caminaba directamente hacia él. 

—¿Leo? —preguntó con voz temblorosa. 

Pero no era Leo. Lo que estaba frente a él tenía tan poco de humano como sentido tenía todo aquello. Era una figura alta, delgada y desgarbada. Su cuerpo parecía estar hecho de la misma niebla oscura que lo rodeaba todo. Tenía los dedos muy largos y sus manos le llegaban hasta las rodillas. Caminaba erguido despidiendo niebla por todas partes. Sus ojos eran dos brazas alargadas en lo que podría llamarse rostro. 

Rodri sintió repugnancia, asco y dolor antes de ser consumido por la niebla del inframundo.

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