Solo mis lágrimas regarán sus flores

Por Leticia Díaz Rodríguez

No conocía muy bien a la señora Gloria, de hecho, no conocía a casi nadie. Estaba estrenando departamento, y también, de hecho, todos estábamos de estreno: el edificio era totalmente nuevo.

Quizá había algunos que como yo era nuestra primera vez en un condominio; estábamos de plácemes porque veníamos hartos de vivir en patios de vecindad, y soñamos con una vida diferente. Solo sucedieron unas semanas y se me disolvió aquella utopía. Las hablillas y los problemas de esa índole o de cualquier otro son inherentes a los humanos vivan en donde vivan.

Llegó la administradora del edificio a tocar la puerta de mi vivienda, ahogándose, tras la titánica labor de subir por los escalones hasta llegar a mi cuarto piso. En lo que se reponía, yo, apoyada en el vano de la puerta esperé con paciencia a que terminara de decirme que yo le parecía una excelente persona, y apelaba a esa buena impresión que le di para que la ayudara en un caso muy bochornoso, o bien, aclaró, penosísimo, y abrió la boca con desesperación para alcanzar oxígeno y soltó finalmente: «¡hay un muerto en esta torre!»

No me estaba invitando a una reunión social de carácter funesto, me imploró que me hiciera cómplice de la señora Gloria que se le murió el amante en la cama. Era menester sacarlo del edificio con sigilo para que el buen nombre de la concubina no anduviera enredado en las lenguas de los nuevos vecinos. No me lo pensé hasta que ya estaba involucrada y aprobé mi acto pensando que, en lo futuro, si yo llegase a necesitar de un favor –ojalá no de esa índole− contara con la ayuda de Gloria y de la administradora.

Mi labor fue sencilla: debía estar alerta a que los hijos de Gloria, si se despertaban por el trajín a la hora de sacar al muerto, decirles que permanecieran en sus camas. Su madre estaba haciendo unos arreglos en la sala. Por fortuna los niños durmieron como palomitas inocentes y ajenos a toda aquella apabullante situación. La administradora, enorme como una ballena, hizo pasar a unos paramédicos que estacionaron la ambulancia lejos del edificio, y en una camilla sacaron al sujeto infiel mimetizándose en la oscuridad que permeó el ámbito cuando se ordenó apagar las luces de los pasillos y las áreas comunes.

La administradora tenía amigos influyentes debido a que su esposo trabajaba en oficinas gubernamentales. Esto aventajó en mucho y no fue tan engorroso el asunto de evitar la autopsia, conseguirle un ataúd y una capilla ardiente donde en menos de dos horas ya estaba el muerto acicalado y listo para ser velado antes de hervir en su caldo de gusanos. También se le había dado aviso a su viuda legítima, la cual llegó unas horas después, con un luto cerrado y riguroso, no dudo que ni los calzones no fuesen negros, a juzgar por la precisión con que se fijó en los detalles de los aretes de perlas negras, una mantilla primorosa de las que se usaban en otros tiempos, y las medias y los zapatos, todo acorde al suceso.

Era obvio que la viuda hubiese llegado espetada de rabia, de humillación, de ira y, llevaba listo el dedo flamígero para señalar a la corrupta mujer que osó romper los hilos sacros de un matrimonio bendito desgarrando la cortina de la decencia, rompiendo los preceptos éticos y morales, trastocando la virtud de una esposa que sabía que su marido tenía un problema severo de salud y por lo tanto, no ignoraba que en cualquier momento podía presentarse su óbito, pero ella, la amante, la muy desvergonzada no lo convenció de que procurara mantenerse lejos de ella, no fuera a ser que sucediera lo que sucedió: ¡se murió en una cama clandestina!

La curiosidad me pellizcó tan fuerte como si me hubiera golpeado el dedo chiquito del pie. Aquella noche de mediados de noviembre el frío calaba hondo, congelaba las ideas y adormecía las buenas intenciones. El calor que me proporcionó un buche de café me empujó a llevarme a la viuda a un lugar de la capilla ardiente que le decían el descanso. El descanso de qué, me pregunté, si era un sitio más frío y patético que donde estaba el difunto que lucía más cálido por la iluminación de los bombillos eléctricos y las veladoras. Pero, en fin, ahí en el descanso dejé que la viuda vaciara todo el resentimiento que, comprensiblemente, tendría apretujado en el pecho. Yo misma no podía imaginar los abismos de dolor por una afrenta de esa envergadura, y la mujer explotó como una tubería de agua rota escaldándose con los recuerdos de los buenos tiempos –presumiblemente de eso hacía demasiado tiempo−, de los hijos que llegaron a coronarla como la mártir que se tragaba los mocos ruidosamente, y todo para qué, decía con histeria, para que se muriera en la cama de otra mujer.

Y esa era precisamente mi inquietud. Le dije que por supuesto que nos llevaríamos de ese lugar a Gloria la cual, tal y como la viuda aseveraba, no tenía derecho de llorar y velar abrazando aquella materia vestida con traje de gala y bigote encerado, ese bagazo inútil que ya no sufría, no amaba, no odiaba, era nada. Pero le insistí que me explicara por qué ella quería estar ahí, tiritando de rabia y soportando un escupitajo más que, como secuela, ese señor le había sorrajado al morirse en la cama de otra mujer. 

La viuda me respondió que primero, porque le asistía todo el derecho, y aunque yo le dije que no era su obligación ella aseveró que le urgía que sí fuera su obligación, porque aquel hombre nefasto que fue el padre de sus hijos, de todos, fue el único hombre que la vio desnuda, el único que penetró en ella hasta lo más recóndito de su intimidad y que el compromiso no era propiamente con él, sino con los votos que hizo a perpetuidad ante el Altísimo. Que haría mandas para que su alma no se fuera al infierno por haber cometido un pecado capital. Me dijo:

−Soy la mujer sin mácula que ni con el pensamiento le falté, sabe Dios, soy la pobre viuda que no vestirá otro color que no sea el negro hasta que Dios se encargue de llevarme de este mundo, en el que solo viviré para destrozarme los dedos con las cuentas del rosario rogando por la intercesión de los santos para que mi marido alcance el perdón.

Entre más hablaba esa vieja la acritud más me agriaba el paladar.

»Soy la legítima, la única que tiene derecho a llorar sobre sus restos. Yo cuidaré su tumba la que visitaré domingo a domingo y le sembraré flores, las cuales, solo podrán ser regadas con el caudal de mis lágrimas amargas.

La administradora, Gloria y yo veníamos camino a casa vencidas por el silencio. No sé qué pensaban ellas, pero yo pensaba qué habría hecho si mi esposo, el que se quedó dormido como una piedra y no se enteró de lo que hice aquella noche, mi hiciera algo semejante a lo que hizo el desleal que seguía tieso dentro de su féretro. Dejo la pregunta en el aire, usted, ¿qué haría?

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