La dama de azul

Por Raquel  Pietrobelli

Nunca voy a terminar de explicarme qué oscuros deseos me llevaron aquella maldita tarde de verano, a querer acortar mi ruta, y tomar el atajo que pasaba por el viejo cementerio del pueblo.

Era un atardecer pesado, el aire se podía cortar como a una torta; la canícula castigaba la piel, haciéndola lustrosa y húmeda. Negros nubarrones morados, amenazantes, se paseaban por el cielo, haciendo su show, iban de aquí para allá, saltando entre uno que otro refucilo.

Me faltaban kilómetros aún, pero el aire ya oscuro, la naturaleza intimidante, me ponían nervioso. Descargué mis ansias pitando con fruición mi último cigarrillo.

No tardó mucho natura en descargar su bronca; gruesos goterones empezaron a chicotear el parabrisas.

El viento silbaba un extraño preludio, como burlándose de mis fobias. Un gran resplandor, anticipo de una gran bomba que cayó cerca, me hizo brincar del asiento.

Lo único que quería era llegar al hotel. Maldije mil veces mi trabajo de viajante, esos puebluchos de cuarta, de gente tan básica, que viven entre corrillos de chismes, dimes y diretes.

Aceleré un poco, pero el auto avanzó perezoso, ya que el barro se estaba instalando en la greda pegajosa.

Fue al dar vuelta la última curva, cuando la veo al costado del camino. Su mano levantada y su mirada suplicante me hicieron frenar en el acto. Presurosa subió al auto. Su vestido azul estaba calado, se pegaba generosamente a sus curvas prometedoras. Una pesada y negra cascada de pelos se le pegotearon a su blanca tez de porcelana.

Unos ojos de fuego color avellana me sonrieron, dándome las gracias. Primero me sorprendió su presencia en semejante tormenta, no sé qué balbuceó dándome alguna explicación, que a mí ya no me importó en lo absoluto.

Eran sus pechos turgentes los que me marearon y su mirada aterciopelada lo que me perdió.

Un perfume a jazmines avasalló el aire; se puso más denso que antes de la tormenta. La vista  se me nubló. Fue en ese preciso instante que decidí hacerla mía… O de amor moriría…

No se inmutó cuando, en medio del aguacero, estacioné el auto a un costado del camino.

La miré, y el paraíso respondió a mi mirada. Prometía mil placeres y un mundo por descubrir.

No preguntó nada, tan solo abrió sus tentáculos y me tiré al mar. Su boca ardiente sació mis urgencias; su cuerpo de seda calzó perfectamente en mi estructura de hombre demandante y voraz.

Era su piel la que estaba hecha de jazmines, la que alimentó mi sed. Fue allí mismo cuando me di cuenta, trémulo, que esa mujer nació para amar. Que antes yo nunca había amado, hasta ese día, cuando a zarpazos la despojé de su vestido azul, para descubrir el verdadero cielo.

Supe, angustiado, que un sentimiento feroz se había apoderado de mí, que por esa vestal mataría.

Luego de una enloquecida maratón, nuestras almas, por fin se despegaron. Bendije a esa lluvia mil veces, porque me había hecho conocerla.

Me pidió que la deje un poco más adelante. Antes de entrar al pueblo, se bajó en la oscuridad, con la promesa de fuego, de verme al otro día en el hotel. Cuando la vi alejarse, se me estremeció el alma. La conocí y en unas horas comprendí espantado que sin ella ya no podría vivir. Pero también tenía la maravillosa certeza de que también ella se enamoró de mí. Tanto amor jamás podría ser falso, o fugaz. 

Cuando llegué al hotel ya era noche cerrada. Lo único que ansiaba era una cama caliente y un baño tibio.

Me dormí con la sensación de haber conocido a la mujer de mi vida. Absolutamente feliz…

El vocinglero de la calle y un olor nauseabundo me despertó. Cuando miré al espejo, me di cuenta, con tremendo espanto, que tenía la piel viscosa, con una pátina verdinegra, repugnante. La fauna cadavérica, se me colgaba de las orejas, de la boca, del pelo… Sedimentos de tierra y barro me ennegrecían el cuerpo; retazos de oscuro musgo adornaban mis manos. El olor era insoportablemente fétido, me llevó a vomitar en el lavabo, con urgencia. Una repulsión visceral me revolvió las tripas… Atiné, como un rayo, a correr a la ducha.

Me dije a mi mismo que esto tendría que ser una pesadilla, que ya me despertaría. Que no podía ser. Que era atroz. Que no podía estar ocurriendo.

Me tiré una catarata arriba, pero el olor no se iba. Abrí las ventanas, hasta sentir el calor del sol, para sanarme el alma, para ahogar mi terrible opresión.

En estado casi de inconsciencia y locura bajé las escaleras a los tumbos, y fui al bar a tomar un café. El viejo mozo del bar me saludó afablemente, me preguntó cómo estaba, ya que me había visto llegar en plena lluvia.

Le mentí que bien, tomando el café caliente que me reconfortó el corazón. Me preguntó de dónde vine, por el barro delator de las ruedas del auto; entonces se ofreció a llevarlo al lavadero.

Cuando le dije que tomé el atajo del cementerio, su cara se transformó.

Me dijo que nadie ya pasaba por esa ruta, menos al atardecer. Se decía que Helvecia Ledesma aparecía por allí, seduciendo a los viajeros que pasaban, incautos, por el lugar. A ella la habían matado hace muchos años. Un amante, celoso de su hermosura, de su juventud, de sus besos brujos. Juró entonces vengarse de los hombres.

–   Pero no se asuste, mi amigo. Son todas supercherías, pavadas de pueblerinos aburridos. ¡Helvecia está muerta y bien enterrada está!   

Me hizo un guiño, de compinche. Se rio, seguramente de mi cara blanca, y la barbilla que me empezó a temblar. Fue una broma… Ja, ja, ja…

A la tarde me trajeron el auto limpio del lavadero. Es lo único que esperaba, para irme, para escaparme de esa noche escalofriante y tenebrosa que me atormentaba el espíritu.

Todavía creía que era un mal sueño, seguro que iría a un siquiatra apenas llegara a la ciudad. El cansancio, el estrés, las deudas, las inquietudes, la lasitud de la lluvia… Todo se habrá conjugado para que mis nervios me jugaran una mala pasada. Me habré quedado dormido al costado del camino, por el cansancio, seguro. Dentro de unos días, esto no sería nada más que delirios de una mente trasnochada…

Acomodé mis papeles en la luneta y mi pequeña valija en el baúl; ya me disponía a partir, cuando salió raudo el mozo, y me gritó desde la ventana, que atrás del auto, había una bolsita, de lo que encontraron en el lavadero.

Era una bolsa de papel maché, armada toscamente, a las apuradas.  La desenvolví, ansioso. Y allí estaba… el vestido azul.

Todavía un poco húmedo. Lo saqué de la bolsa, temblando…

Un pesado olor a jazmines y placeres volvió a inundar mi auto.

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