El barco

Por Ana Farré

Islandia era un país bello, a su manera. Eric era el arqueólogo jefe de esta expedición. Estaba en la puerta de la tienda de objetos del yacimiento, sorbiendo café y mirando el paisaje. Era la única prospección arqueológica en muchos km a la redonda.

Ya en el aeropuerto le habían advertido que antes de montar su campamento, le visitarían dos funcionarios para dar el visto bueno al emplazamiento. ¡Pero si  ya había decidido el lugar de acampada hacía meses en función de un más que probable yacimiento vikingo cerca del volcán Eldgjá!   

Llegó al lugar previsto con todo el equipo y su ayudante, Grey. Habían venido en barco, pues el mar estaba muy cerca del posible yacimiento. Los estudiantes de arqueología que había reclutado llegarían mañana para montar la tienda de prospecciones. Los funcionarios ya estaban allí. Estaban observando el suelo. Había varias rocas de tamaño considerable y vio, con estupor, que uno de los hombres hablaba con la roca. Lo mismo hizo con las demás. Cuando acabaron, le dijeron que todo estaba correcto, que ningún duende habitaba la zona.

Eric se quedó con la boca abierta. Había oído historias, como todo el mundo, sobre carreteras desviadas y edificios desplazados por los duendes, pero otra cosa era que le pasara a él. Lo encontró absurdo. Y lo mejor era que los funcionarios actuaban con total seriedad.

Al día siguiente, llegaron los estudiantes. Eran ocho y muy entusiastas. Montaron en seguida la tienda de hallazgos, que también era la de Eric y Grey. Y luego levantaron las suyas propias. Mañana empezarían con la excavación.

Llevaban ya varias semanas en el yacimiento. Habían descubierto los restos petrificados de lo que parecía haber sido una construcción, y algunas monedas y brazaletes. Eric estaba catalogándolo todo en su tienda, limpiándolo y datándolo, cuando Grey se presentó de improviso:

—¡Tienes que venir a ver esto! ¡He visto un barco vikingo en una cueva, subiendo la ladera! Está perfectamente conservado. No te lo vas a creer cuando lo veas.

Eric lo dejó todo y subió a la cueva. En efecto, en una caverna con un río subterráneo, estaba el barco mejor conservado que había visto jamás. Aún se veían las cuadernas petrificadas. El mascarón de proa, el mástil y el ancla estaban dentro, cubiertos de escombros. Incluso entrevió entre las rocas y el polvo, parte de la vela petrificada.

—¡Es extraordinario! —exclamó Eric—. La cueva ha actuado de parapeto contra los elementos. Calculo que tiene unos mil años.

—Tenemos que comunicarlo, ya sabes— dijo Grey.

—¡Y un cuerno! Este barco es mío. Mantendremos a los estudiantes abajo y tú y yo trabajaremos en él—dijo Eric.

—¿No te acuerdas? Los estudiantes se van mañana. Tienen un curso o algo así. Se van quince días— explicó Grey.

—Mejor, menos injerencias. Empezamos mañana— dijo Eric admirando la majestuosidad del barco.

Empezaron al día siguiente. La popa estaba más limpia y empezaron por ahí. Todas las cuadernas estaban intactas y vaciaron la zona de cascotes y arena. Debajo de todo, apareció el ancla completa, una piedra grande, redonda, con un agujero para la cuerda. Para sorpresa de los dos, la cuerda estaba intacta.”El frío la habrá preservado” pensó Eric. Aparecieron también algunos agujeros para los remos y, en el fondo de todo, cuatro remos con la estructura intacta.

—Eric, ¿no te das cuenta de que este barco está demasiado bien conservado? No es normal—dijo Grey.

—Es el frío, Grey— dijo Eric mientras limpiaba las cuadernas—. Anda, ayúdame.

Eric subió al día siguiente al amanecer. Cuando entró en la cueva, creyó que lo que veía era un efecto óptico. La popa se había regenerado. Estaba como nueva. Una curiosidad inmensa pudo más que el recelo y lo tocó. Sin duda era madera. Los remos estaban en sus sitios y el ancla también. Sin dudarlo, empezó a trabajar en la parte media del barco, desenterrando el mascarón, la vela, el mástil y algunos remos más. Grey entró en la cueva, calló,  tartamudeó y le dijo a Eric que él allí no volvía, que aquello no podía ser, que los duendes sí existían. Bajó la ladera a la carrera y ya no lo vio más. Eric limpió aquella tarde las cuadernas de la parte media y se fue pensando en las maravillas que encontraría al día siguiente. Se daba cuenta de que no pensaba con claridad, pero el barco era real.

Tal y como esperaba, tanto la popa como la parte media habían recuperado su esplendor. El mástil estaba colocado con la vela, que tenía dibujado un dragón. Los remos estaban en su lugar. El mascarón de proa yacía en el barco, también regenerado, esperando que él trabajara en la parte delantera del barco.

Le dio mucho trabajo sacar los cascotes y la arena. Él y Grey no habían tocado esa parte y eso supuso días y días de trabajo de limpieza. Lo último que hizo fue limpiar las cuadernas congeladas. Después volvió a la proa. Estaba limpia. Al día siguiente vería el barco completo. Se daba perfecta cuenta que aquello no era normal Si estaba soñando, no quería despertar. Si estaba consciente, era una maravilla que no podía explicar. 

Apenas durmió. Aquel barco le había hecho cambiar la perspectiva con la que veía las cosas. No todo era blanco o negro. Y en la zona gris intermedia había barcos que se reconstruían. Amanecía. Eric, expectante, subió la ladera. El barco no sólo estaba completo, sino que estaba colocado en el río subterráneo, balanceándose.  

Tocó la madera de la proa. Había algo en ella, caracteres rúnicos, seguramente escritos con hollín:

—Que este barco sortee las olas sin hundirse. Que los Dioses no permitan que se pierda en la bruma, ni que caiga al abismo profundo del final del mundo. Que prevalezca por los siglos de los siglos. Ennana 818 D.J.

Eran conjuros muy poderosos. Eric se estremeció cuando los leyó. Este barco no podía perecer. Con un crujido, la nave se puso en marcha hacia el mar, siguiendo el río. Salió de la cueva y lo acompañó con la mirada hasta que llegó al mar. El cielo estaba despejado,  pero se formó una bruma que lo envolvió hasta hacerlo desaparecer.

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