Adiós Roberto

Por: Carlos Pérez Lozano*

En un martes de junio, Roberto de setenta y siete años, se sentía más cansado que de costumbre, le pesaban los años a la décima potencia de su vejez infrenable. Aquel día, tenía que cumplir con su labor de abuelo, como en los otros trescientos sesenta y cuatro días del año en que sus canas crecían y sus arrugas más se asomaban. 

Al dirigirse al baño que lo resguardó por tantos ayeres, y mirarse en el espejo que robo sus años, sintió que ya estaba muy oxidado, la factura de la edad había excedido. El cuerpo le pesaba como a un niño le pesa cargar su mochila el primer día de clases. Ese momento le pasó a dolores y tristezas por la cabeza. Recordar su infancia y mejores años no podía ser tan bueno, no es que fuera malo, pero las canicas, el fútbol y los amigos temporales, ya le habían pasado de moda. 

Ahora Roberto vivía acomplejado de días cubiertos de tradiciones continuas, ver la televisión se volvió la práctica más extrema que podía realizar, contemplar a la bella mujer con la que envejeció y aminorarse a solo eso, no podía hacer más.

 Roberto estaba tan cansado y aburrido de su vieja vida, como ella de su piel tersa, sin brillo y casi olvidada. Ese martes se veía obligado a cumplir con su labor, permanecer sentado, limitarse a no gastarse en movimientos que no lo llamaran. Era el cumpleaños de su nieto favorito, Miguel, él cumplía siete años, un siete menos a la izquierda que el abuelo. A Miguel le hacía ilusión y daba felicidad contar con su abuelito, saber que estaba bien, aún con la inquietud de la plenitud en que él vivía, le preocupaba que Roberto no fuera capaz de partir siquiera el pastel.

Miguel había invitado a su fiesta a todos los niños de su salón, no llegaron todos, muchos se habían excusado en que era un día melancólico y no lo pronosticaban de buena manera. Solo llegaron siete infantes. Uno de ellos, Pepe, muy seguro de sí mismo, con la confianza para ganar la lotería, le dijo a Miguel algo que le zumbaría como la campana más ruidosa de México:

-Miguel, parece que tu abuelo ya está en sus últimas, no se le ve bien.

Miguel se sintió ofendido y en el momento en que lo escucho, le respondió:

-Te equivocas, él podría vivir otros setenta y siete años si quisiera.

Los niños no hablaban muy bajo y Roberto los notó, le agotó imaginar más futuro, ya se había desesperado de pasar las hojas del calendario, la vida era bastante predecible.

Roberto no esperaba más segundos en su reloj. Desde que nació, él solo aguardaba a esos setenta y siete años de los que ya había contado, no quedaba nada más. Dieron las siete de la noche con siete minutos y siete segundos, su reloj se detuvo y el calendario cayó. Fue el final de los días para Roberto.

*Actualmente cursa la Licenciatura en Comunicación

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