Filosofía de la Historia

Por: Amado Salazar*

El cuento empieza con alguien cavando un agujero…

El sol fustiga su espalda recia, esa espalda que ya ha visto sus mejores años y que día con día se encorva más. Nadie lo conoce. Nadie sabe de dónde vino o por qué cava allí y no en otra parte. Averiguarlo no importa. Nunca importó. Es sólo un pobre diablo como cualquier otro que, pala en mano, arremete furioso contra la tierra, como desquitándose de Dios sabe qué…

El sudor escurre por su rostro y cuello y empapa la tela áspera de su camisa. A lo lejos graznan los cuervos y las tuzas corretean. Una serpiente repta entre la maleza…

De pronto su pala choca contra una dureza inesperada.

Allá abajo, en la zanja que ha estado abriendo, algo le impide seguir avanzado. Algo macizo y reluciente. Intrigado, el pobre diablo cava con más ahínco, cava como si su vida dependiera de ello. A cada palada el extraño objeto emerge un poco más, crece su brillo hipnotizador. No se parece a nada que haya visto antes. Diríase que es de otro mundo, que es como magia enraizada…

Por fin queda al descubierto. El pobre diablo lo coge embelesado. Es más o menos del tamaño de su cabeza y desconcertantemente liviano. 

El hombre sonríe, vuelve a su zanja y sigue cavando.

Meses más tarde, una gran trasnacional se establece en el lugar. La extracción y comercialización de un codiciado mineral —que comenzó con el descubrimiento fortuito de un campesino— promete ser un éxito irrepetible para sus inversionistas (entre los que no figura, por cierto, aquel campesino, desaparecido semanas atrás en sospechosas circunstancias). 

Pronto un ejército de máquinas, ingenieros y obreros invade el lugar. Surge un pueblo tras otro. La población aumenta exponencialmente. Los nativos son expulsados o asimilados. Nadie protesta porque la región prospera. Se construyen rascacielos, caminos y aeropuertos. El valor de la moneda se dispara. Aumenta la esperanza de vida. 

Algún entusiasta anuncia la inminente utopía y todos lo festejan.

Sin embargo, la trasnacional es indiferente a este progreso. A la cabeza de ésta se encuentra un comité, conformado por socios sin escrúpulos, cuya única preocupación es que se agote la fuente de su riqueza. No les interesa el dinero: tienen más del que nunca podrán gastar. Pero saben que quien controla los recursos, controla la economía; y quien controla la economía, gobierna al mundo. Y como no hay recurso más valioso que ese prodigioso mineral —su prodigioso mineral— conspiran para retener el monopolio: desmantelan sindicatos, sobornan a jueces y funcionarios, reclutan milicias privadas, persiguen a opositores y sabotean elecciones. 

Entre la población crece el descontento. Los medios acusan a los disidentes. Las protestas se tornan cada vez más violentas. Los medios vuelven a culpar a los disidentes. El Estado recurre a la represión. Los medios culpan a los disidentes una vez más, pero ya nadie los toma en serio…

La guerra parece inevitable. Y desgraciadamente así es.

Décadas más tarde apenas quedan rastros de la civilización: las guerras civiles, las bombas nucleares y la hambruna arrasaron con todo. La humanidad casi se ha extinguido. Los escasos sobrevivientes pelean a muerte entre sí por agua y comida. La carroña es la principal fuente de alimento…

Mientras tanto, en un búnker apartado de miradas indeseables, se congregan en secreto los miembros del comité que aún viven. Sus rostros desfigurados por la radiación denotan preocupación, acaso arrepentimiento. Llevan años postergando ese encuentro, evadiendo el tema con cualquier excusa. Sin embargo, el asunto no puede posponerse más: la salvación de la especie depende de lo que decidan a continuación.

La sesión comienza sin mayor ceremonia. 

A las pocas semanas, después de discutir día y noche —y tras superar incontables retrocesos— finalmente llegan a un acuerdo: hay que apartar el motivo de la discordia, reunir todo el mineral en circulación y esconderlo donde nadie pueda hallarlo otra vez. Concluyen que el mejor modo de hacerlo es enterrándolo de nuevo, en lo más recóndito del orbe, y llevarse a la tumba el secreto.

Años más tarde, con la muerte del último miembro de aquel infame comité, desaparece irremediablemente la esperanza de recuperar el prodigioso mineral.

Termina la guerra. Una nueva civilización se alza sobre las ruinas de la anterior.

El cuento termina con alguien cavando un agujero…


*Amado Salazar es Licenciado en Historia por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.

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