El tiempo: una construcción cultural con sentido

Por: Noé Cano Vargas*

Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco,
porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos
una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de
lo que hagamos en esa hora. Porque el tiempo es vida. Y la vida
reside en el corazón. (Ende, 1985, pág. 63)

Cuando dialogamos sobre situaciones que le sobrevienen al ser humano, al preguntar ¿Qué estoy haciendo con mi vida?. Tenemos que tener presente a un invitado de primer orden. Él está sin ser nombrado o pensado, se vive con base en él, se presenta en la mente y mediante el lenguaje en momentos muy vertiginosos cuando mencionamos no tenerlo.

La pregunta es, ¿siempre ha existido o es una necesidad que el hombre ha inventado?. ¿Por qué está en todos lados?. Es lo que permite organizar tus actividades cotidianas, fechar el proceso que dura un acto a corto, mediano o largo plazo, a fin de cuentas la historia del hombre tiene su instrumento de medición: el tiempo.

Su análisis se puede hacer desde diversas vertientes. Las ciencias exactas presentan evidencia del concepto en vinculación con el hombre. Como la ley de newton: a toda acción hay una reacción. La acción es el hombre, la reacción ante su devenir es la historia, medida por el tiempo y lo que hace con él; su definición enmarca la “dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia”, cuál materia, la propia, sólo en ese sentido cabría esa magnitud. En palabras de la Real Academia de la Lengua es la “duración de las cosas sujetas a mudanza”. El hombre es finito, por eso ordena su efímera existencia a partir de sucesos que le pasaron, que vive y que vivirá hasta que llegue el momento de partir.

Cabe preguntar si el concepto “tiempo” existe en el reino animal, en un estado instintivo, donde no hay verdades relativas, solo y exclusivamente la verdad absoluta, donde las cosas son como son y no como quieres que sean, donde no hay perspectivas. En un estado natural, con el hombre como ser animal, el tiempo no tiene la más mínima importancia, pero al salir de ese estado primario se queda sin naturaleza y debe construir una nueva, el hombre se construye y progresa, crea la cultura, esa es su segunda naturaleza, es ahí donde el tiempo cobra sentido, debido a la relativa existencia de cada uno de los homo sapiens sapiens –el hombre que sabe que sabe-, como es muy corta, tiene que fechar los acontecimientos desde su trinchera, porque quiere perdurar como sujeto único, su vida se convierte en una creación, como tal crea el concepto del tiempo, una construcción cultural cuya función en la historia es fechar el avance, de manera romántica es la forma de encontrarse a sí mismo, o de forma existencialista, de perdurar en un mundo sin sentido.

Se olvida demasiado que el hombre es imposible sin imaginación,
sin la capacidad de inventarse una figura de vida, de <<idear>> el personaje que va a ser.
El hombre es novelista de sí mismo, original o plagiario” (Ortega y Gasset, 1984, pág. 66).

Si nos vamos al plano de las creencias, también el tiempo cobra sentido, éste no tiene la misma connotación para las culturas del mundo antiguo en comparación con algunas culturas surgidas después de la muerte de Cristo, es más, para fechar los acontecimientos actuales occidente tiene como base la aparición de Cristo quien murió en el año 33 de la era común, por lo tanto se fechan los acontecimientos: antes de Cristo [a.C.], y después de Cristo[d.C.], y como nota aparte un grupo de rock se puso el título de AC/DC; pero volvamos al tema, varios pueblos del mundo antiguo tenían contemplada la reencarnación, pero con la instauración del cristianismo, se abre la brecha específica para una vida después de la muerte, con un juicio al final de los días que lo llevara a la vida eterna si su nombre se halló escrito en el libro de la vida o en caso contrario al Gehena, el valle de fuego y azufre que simboliza la destrucción completa, por lo tanto el tiempo que dura la vida del hombre es el parámetro para redimirse del pecado hasta que llegue el momento de dejar de existir y estar en el sepulcro común, denominado hades o seol en diversos pasajes bíblicos, y esperar el juicio final para ser declarado justo o injusto por Jehová, ejemplo de ello es el libro de Revelación 1:17-18, donde hace referencia al hijo de Dios Jesús cristo de la manera siguiente

Y él puso su mano derecha sobre mí y dijo: “No tengas temor.
Yo soy el primero y el último, y el viviente, y llegué a estar
muerto, pero ¡mira! Vivo para siempre jamás, y tengo las
llaves de la muerte y del Hades. (Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, 1987, pág. 1516)

Dependiendo de la religión específica que profese la persona, la versión del juicio final varía, las creencias se dividen, para algunos grupos protestantes al final de los tiempos la grande muchedumbre espera vivir en un paraíso terrestre, un grupo restringido vivirá en el cielo y el resto partirá al Gehena; para los grupos católicos la perspectiva está en ir al cielo, al infierno o al purgatorio, algunos otros toman como base el viejo testamento, pero el tiempo está presente como elemento de medición en cada uno de estos dogmas.

Si pasamos de lo abstracto que se tornan las ciencias exactas a las ciencias sociales y humanidades como algo vivencial y contextual a pesar de lo empírico que parezca, se puede tener una visión del tiempo y su función en la vida del hombre, para esto debemos recurrir al proceso que sigue todo vocablo, cada palabra es una acción vital, siguiendo de cerca lo verosímil critico que menciona Barthes, debemos de buscar en la literatura la connotación adecuada para hablar del tiempo en la vida del hombre.

Existen libros que se han encargado de plasmar la importancia del tiempo, específicamente Michael Ende en Momo hace referencia a éste, la importancia que adquiere en algunos momentos y cómo se gasta este preciado tesoro, en la novela el barbero menciona “Mi vida va pasando, pensaba, entre el chasquido de las tijeras, el parloteo y la espuma del jabón, ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿El día que me muera será como si no hubiera existido?” y “…pensaba con pesimismo, mi trabajo no me deja tiempo para ello. Porque para vivir de verdad hay que tener tiempo. Hay que ser libre. Pero yo seguiré toda mi vida preso…”, a esto le sigue la respuesta dada al barbero por uno de los hombres de gris que le robaba el tiempo a los hombres “Cuando usted se muera, será como si nunca hubiera existido. Si tuviera tiempo para vivir de verdad sería otra cosa. Todo lo que necesita es tiempo. ¿Tengo razón?”  (Ende, 1985, pág. 65), el dialogo va encaminado a la necesidad de ahorrar tiempo. Si una persona sólo vivera 70 años, tendría en total una duración de 2,207,520,000 segundos, si ese fuera nuestro caso, ¿Cuánto tiempo nos queda? ¿Cuánto hemos ahorrado? ¿En qué lo hemos ocupado? ¿Cómo saber si lo hemos aprovechado o malgastado? ¿Se puede ahorrar el tiempo?, eso depende de la perspectiva del sujeto, lo cual nos lleva a una reflexión mientras viajamos por el trayecto del libro.

Por otra parte, el libro Y colorín colorado este cuento aún no se ha acabado de Odin Dupeiron, se retoma el tiempo vinculándolo a la efímera e insegura vida del hombre, donde el cañón del viento se burla de la princesa del cuento, como se lee a continuación:

¿En verdad crees que eres tan importante? -preguntó el
cañón. ¿En verdad crees que el mundo entero se va a parar
por tus problemas o por tus miedos? ¡Nunca! Aunque así lo
parezca, no es así, deja de atormentarte con naderías, deja
de llenar tu corta vida con miedos y angustias que no te
llevarán a ningún lado.

Pero si no sé qué me depara el futuro [responde la princesa].
¿Qué te importa el futuro? -rugió el cañón. ¿Por qué te afanas
en buscar la seguridad en todo? De lo único que puedes estar
segura es que en unos años ya no estarás aquí, disfruta de lo
que tienes. (Dupeyron, 2007, págs. 44-45)

El tiempo, ese amigo inseparable a veces se presenta como una carga o un alivio, eso depende de  cómo se utilice y de lo que nos ocupemos en estas circunstancias, ese hacer me lleva a la recamara de la amada, o al diván del recuerdo de lo que un día fue y no será, al trabajo agotador o deportivo dependiendo el interés o el hastío que me causa, a fin de cuentas, el tiempo es para ocuparse en algo, pero en algo específico, que nos haga vibrar, excitar, sonreír, vivir, o en palabras de Baudelaire, que nos haga estar siempre ebrios,

Hay que estar siempre ebrio. Nada más: esa es toda la
cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo, que os
quiebra la espalda y os inclina hasta el suelo, tenéis que
embriagaros sin parar. ¿De qué? De vino, de poesía o de
virtud, como queráis. Pero embriagaos.

Ese embriagaos es el hacer y la potencialidad a la que puede llegar el hombre, no importa la clase social, puede ser proletario o burgués, villano o caballero, feliz o desdichado, una persona sobria o libertina, poeta o charlatán, sabio o seudo intelectual, a fin de cuentas, todos tienen que hacerse la vida y sufrir la inclemencia del tiempo en el lugar donde estén: en su mansión, en su oficina, en su trabajo, en su casa, el problema reside en el tedio y el vacío que deja la vida, cuando nuestro ojo dejó de ver con asombro nuestras circunstancias es cuando debemos de acudir al poema de Baudelaire donde insiste en la solución cuando ese deleite que nos permite vivir fenece, por lo cual reitera

Y si alguna vez, en las escaleras de un palacio, en la verde
hierba de una zanja, en la soledad sombría de vuestro cuarto,
os despertáis, porque ha disminuido o ha desaparecido
vuestra embriaguez, preguntad al viento, a las olas, a las
estrellas, a los pájaros, al reloj, a todo lo que huye, a todo
lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a
todo lo que habla preguntadle qué hora es, y el viento,
las olas, las estrellas, los pájaros, os contestarán
<<¡Es la hora de embriagarse!>> Para no ser esclavos
martirizados del tiempo, embriagaos; embriagaos sin cesar.
De vino, de poesía o de virtud, como queráis.

El tiempo se va como agua pensando en chaladas que se repiten hasta que por fin tenemos que dar por terminado nuestro recorrido, todo es contextual, toda relación interpersonal es contextual, es decir, el dialogo entablado ya sea verbal, escrito o corporal está situada en un tiempo y espacio determinado, lo que lo convierte en un hecho único e irrepetible, si bien es claro que esa situación sólo haya sido percibida por dos personas aun así es un fenómeno absoluto, “es” un  presente que sucede, después pasa a formar parte del pretérito o repertorio que le aconteció al hombre, se vuelve historia, y como tal se le trata de dar sentido, se trata de interpretar, eso convierte al hecho o conocimiento en leyenda, mitad realidad mitad interpretación, se distorsiona, si esto se sigue repitiendo al final se vuelve mito, la verdad es distorsionada por el sujeto, el conocimiento se vuelve relativo, el tiempo no es el relativo, el conocimiento tampoco, el relativo es el sujeto.

Entonces el conocimiento está más allá de lo sensible, la verdad cobra sentido y se postula como absoluta libre de espacio y tiempo, es, fue y será, es eterna, absoluta, solo se vuelve relativa por la presencia del hombre, modificada la estructura vital del planeta por la intromisión del hombre con toda la carga real, simbólica e imaginaria que esto representa, se da pauta al discurso occidental, el tiempo es un logo más, el más relevante porque se liga a lo real, al poder, a la cultura, al pasado, al presente y al futuro, es control, controla la vida del sujeto, le pone punto de inicio y punto final.

Ahora entiendo el sentido de la metáfora:

“Dicen las estrellas que los fugaces somos nosotros”


Bibliografía

Dupeyrón, O. (2007). Y colorín colorado este cuento aún no se ha acabado. México, D.F.: Disidente.

Ende, M. (1985). Momo. Barcelona: Alfaguara.

Ortega y Gasset, J. (1984). Historia como sistema y otros ensayos filosóficos. Madrid, España: Sarpe.

Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania. (1987). Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. Brooklyn, New York, U.S.A.: Watch Tower Bible and Tract Society of New York.


*El autor es egresado de la Licenciatura en Historia y Maestría en Historia por la BUAP. Es miembro activo de Óclesis, víctimas del artificio. Trabajó como docente investigador en la UVP donde ha sido ponente en congresos con temas relacionados con historia, gastronomía y turismo. Ha publicado artículos y ensayos en revistas como Calmecac y Re-incidente. Actualmente es docente y Tutor Escolar a nivel Medio Superior, así como Docente a Nivel Superior en el Instituto de Educación Digital del Estado de Puebla [IEDEP] Plantel Guadalupe Victoria. 

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