te quiero con Alevosía

Por: Roberto Oaxaca*


Con alevosía te quiero; uno más

(…)

Cómo quieres ser mi amiga, si por ti daría la vida – cambio a la estación -; y en otras noticias, ya son cinco detenidos en la autop/ se jugarán las semifinales del futbol mexic/ apagado.

Enseguida el cigarro se enciende.
Los edificios van quedándose atrás, Las voces de calle en calle se oyen al pasar. Las manos sobre el volante siguen el ritmo de nada. Y el cigarro consumiéndose entre mis labios. No dejo de pensar en una sola cosa.

-¿Sí me da chance de estacionarme? Voy rápido a comprar unas cosas…

-No, joven, es doble fila, sentado en una silla de plástico bajo la sombra.

Avancé una calle más y me estacioné: me quité el cinturón, subí los vidrios, apague el cigarro, saqué la pistola de la guantera, la metí debajo de la chamarra y bajé.

(…)

Subí al coche. Guardé de nuevo la pistola en la guantera. Me limpié la cara, encendí un cigarro (el tercero del día), la música intentó relajarme un poco Bang Bang.

Semáforo en rojo. Malabares en el crucero. Semáforo en verde. Estoy a punto de llegar.  

-¿Ya estás lista? Estoy a diez minutos. ¿Cómo? Ya te dije que lo estoy, ¿tú lo estás? También te amo, es raro que te lo diga, pero así es. Sí, te veo afuera en cinco minutos.

Acomodé mis cejas, intenté peinarme un poco. Masqué un chicle tanto como pude antes de llegar. Di la vuelta en la última esquina, y ahí estaba. Revisaba su reloj, volteaba a ver a la ventana, y en cuanto me vio, se acercó corriendo.

Subí una maleta atrás. Le di un beso, antes le abrí la puerta. Por fin nos fuimos. Por fin con ella.

8:00 peéme

-Te tardaste mucho – repintándose los labios.
-Tuve que hacer unas cosas antes… ¿Todo está bien?

No había volteado a verme, solo cuando por cortesía (¿?) pudimos devolvernos el beso que teníamos pendiente. Iba manejando, pero la veía en cuanto el semáforo estuviera en rojo, o el camino despejado.

Ya todo era carretera. Unos árboles eran más chicos que otros, unos paisajes más secos que otros, los kilómetros iban acortándose.

-Necesito ir al baño, ¿te puedes detener?
Haciendo mutis me detuve, ella bajó. Yo encendí otro cigarro y esperé. La gasolinera estaba vacía.
-Ya –la puerta cerrándose  y luego inquirió -, ¿estaba rarísimo ese lugar no?

Asentí, quité el freno de mano y de nuevo nos fuimos.

-¿Todo bien… amor? -Ella después de un silencio de kilómetro y medio-.

-Es lo que quiero saber -respondí sin dudarlo-.
-Sabes que es difícil para mí hacer esto, no quiero que me presiones, ¿sí? Te amo, y por eso estoy yendo contigo a no sé dónde… Por cierto, ¿adónde vamos?

-Hice reservación en una cabaña en las afuera de Zacatlán, ¿te pasa que estemos ahí el fin? – rebasando por la izquierda.
-Sí, amor – se acercó hasta a mí, besó mi mejilla, me susurró al oído: “¿sabes que te he amado desde siempre?”, bajó hasta el sexo, y mientras yo manejaba, espejeaba y apagaba el cigarro; ella le daba un tinte sexual al camino.

Era un amor que circunstancialmente debía pausarse, que a pesar del tiempo no se apagaba, este seguía. Cada que la veía después de días, meses y hasta años, sabía que la amaba a ella, y que estar con ella era de las cosas que más disfrutaba, pero también era un amor que no podía darse, y que tuvo que sacrificar demasiado.

(…) kilómetros más adelante

-Uno va allá… Otro rojo, ¿cuánto vamos? Mira, otro rojo…
-Encontrar uno verde es difícil…
-¿Sabes? Hice una lista de las cosas que podíamos hacer en un día. ¿Quieres que las lea? – Te escucho, agregué enseguida -, la primera es que sea algo inolvidable. Es la primera vez que voy a estar contigo días enteros, y quiero que todo salga bien, ¿sí? – Sí, claro, le dije -, otra es que… bueno, ¿sabes qué? – Doblándola de nuevo -, mejor iremos haciéndolo sin saber qué paso nos toca.

Sin soltar el volante, y sin quitar el pie del acelerador, le di un beso. Ella tiraba la lista por la ventana.
El kilometraje se movía uno a uno.

(…)

¿Va a ordenar algo? Llevábamos más de cinco minutos mirando una misma carta. El restorán “Km 70”, era gris, olía mal, maltrecho y no se veía que la comida fuera muy buena.
-A mí me puede traer este de aquí – señalando sobre el menú -.
-¿Tacos de flor de calabaza? ¿…Usted? -terció la mesera-
– Un vaso de agua, por favor
-¿Qué no tienes hambre, beibi?
-¿Algo más?
-No, así está bien… Bueno y un cenicero.

El cenicero lo sacó del mandil y lo puso sobre la mesa. Tenía más ganas de un cigarro que de comer algo. Ella me quedaba de frente, revisaba el teléfono, parecía estar nerviosa por algo.

-¿Todo bien… amor?
-De camino para acá, he estado pensándolo muy bien, y no lo sé. No me siento segura de esto. No por ti, siento que… cómo decirlo, pues que estoy fallándole a mi familia, a mi hijo, a mi marido, a mí misma, inclusive.
-¿Y luego?
-¿Cómo que “y luego”? – sacando el humo del cigarro.
-Aquí tiene sus tacos – Paulina, dejando unos nosevenmuybuenos tacos.
-Pues tú me propusiste esto, ¿y ahora te arrepientes o cómo?
-No sé. ¿Quieres? No se me antoja, aparte están fríos… – negué con la cabeza -, mira, te extrañaba, te amo en serio, pero no sé. Hay algo que me tiene muy nerviosa.
-Yo también lo hago. Y por eso te lo pregunté tantas veces, porque me imaginaba que esto podía pasar… Oye – ¿qué?, enseguida contestó -, ¿quieres que volvamos? Como te lo he dicho, tienes una familia y es lo único en lo que tienes que pensar… Te amo, en serio, no he dejado ni dejaré de hacerlo, pero en casa te esperan.
-Te pido que me entiendas, perdóname, ¿sí?
No te preocupes. Eso pareció que dije, cuando medio le dibujé una sonrisa. Saqué la cartera, pagué. Apagué el cigarro y salí a encender el carro. A dejarla…

1:00 aéme
Cerró su puerta, ¿tienes un cigarro? Oye no te enojes, ¿sí? Que el radio sea el único que hable en este momento.

(…)

Prefiero morir, a no estar contigo. No puedo vivir feliz, sin ti. No pueeedo pedir, que tú te vayasss, porque si tú te vas, qué va a pasar…

Íbamos de regreso a casa. Ella había reclinado el asiento y se echó a dormir. Para el amanecer ya estaríamos allá. Manejé casi cuatro horas. Saqué de la guantera una pipa, la preparé, y la encendí.

Veneno tú me das.

Mientras más nos acercábamos, más la volteaba a ver, más quería tenerla cerca de mí.

(…) Tres días después;

Yo he vivido aquí toda mi vida. Aquí en el campo, aquí en Santo Tomás, todo es muy tranquilo, pero apenas antier se oían de lejos gritos, sollozos, de alguna mujer. Y mire que hay historias del pueblo, o algunas leyendas, pero esta vez todo se escuchaba muy real, por Dios, señor. Uno se asusta, porque fue aquí cerca.

‘Pues aquí lo tienen, este señor oriundo de Santo Tomás, ¿cuál es su nombre? Rigoberto Castelán, es uno de los testigos del ultraje

Vayamos directo al lugar…’

(Reportaje para el periódico “En boca de todos”)

Estamos justo en la escena del crimen. La cabaña se cae a pedazos debido a la humedad, ya van dos días de descomposición, y el cuerpo ya se mira rojo, la sangre se ha secado. El gesto de la mujer colgada, está borrado…

Se recomienda discreción (leyenda televisiva).

El cuerpo yace desnudo. En la mesa de lo que pareciera el comedor, hay una taza de café a medio tomar. Cigarros, y una pistola, que parece haber sido olvidada.

La mujer tiene pegado con cinta canela un letrero que se dice textual: “En serio la amaba, pero las cosas se salieron de control. Ella ya comenzaba a dudarlo, y yo comenzaba a dudar si quería que estuviera con alguien más. No me busquen, que no van a encontrarme. Firma: una huella dactilar con sangre.

Lamentamos estos hechos, audiencia. Lamentamos tener que mostrar este tipo de noticias, pero la realidad es de esta forma. Por ahora no hay nada que pueda identificar al cadáver. Los forenses no han podido llegar hasta acá, por la tromba de ayer en la noche.

Esperemos esto no quede impune como tantas cosas más que así han terminado.

-Agranda el lente, Mario – el camarógrafo que ya tenía el pantalón salpicado de sangre, y que ese día había odiado tener que ser el de la cámara.

Llegaron los forenses. Nosotros nos fuimos. Ya teníamos una noticia que a pesar de ser demasiado triste, y por cruel que se lea, nos daría un ascenso. Mario se fue por su lado.

Encendí el carro que había estacionado a un lado de la cabaña. Guardé la pistola en la guantera, que sin querer había olvidado en el comedor, y con gotas del parabrisas limpié mi pulgar que había manchádose de sangre.

Todo se salió de control. Ese día no la maté, pero tampoco volvimos. Discutimos por haber llegado a la cabaña, cuando el acuerdo ya era otro. Me preparé un café que no terminé, porque a ella le empezó a dar miedo estar conmigo, y salió corriendo al carro a buscar su teléfono, pero un balazo en el talón la tiró y tuve que amarrarla para que no se me fuera de las manos.

Cuando entrevisté al señor y mencionó lo de los gritos, era porque decidí ‘curarle’ el talón y no sangrara más. Le puse un poco de cera. La vela no se había terminado, y estaba en la cabaña, por eso los gritos.

La lista la dejé sobre la mesa. He asesinado al amor de mi vida.
Yo, mí, me, contigo. Donde quiera que estés.


*Roberto Oaxaca, 26 años. Lleva dedicándose al periodismo desde hace 5 años. Con experiencia como corrector de textos y redacción en periódicos, fotografía, en radio y también como profesor en español y antropología. Hoy en día es Director General de Arenga Medios; Intervenciones Comunitarias, el horizonte de todos los días. Por otro lado, también tiene 5 años dedicándose a las letras, Escribió un libro en 2017 sobre Literatura Testimonial. Sus textos han sido parte del Festival Vaniloquio en San Pedro Cholula.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: