Maratón de quietud

Por: Juan Fernando Arce

Hace un tiempo me gané la lotería y, junto con mi familia, tratamos de quedarnos en una misa para agradecer al Señor este gran regalo. Mientras me encontraba fuera de la iglesia sentí ánimo por entrar y escuchar la palabra, que hace tiempo no escuchaba, pero una vez dentro no logré durar ni diez minutos. Me confundía tener que estar ahí, sentado y quieto, mirando a alguien hablar. Hablar es solo un decir, en realidad, el cura estaba de pie leyendo. Sentía que no había un esfuerzo por dialogar, platicar o conversar sino por reproducir, repetir e imitar y eso me alejó aún más. No puedo decir que era aburrimiento exactamente, más bien un desajuste, mi cuerpo no encontraba lugar. Sentía que debía moverme, levantarme y caminar e incluso salir, respirar e irme. Y eso hice.

Al salir y respirar estaba dispuesto a entrar de nuevo, giré y vi que mi familia se encontraba en la misma situación que yo. Nos fuimos.

Más tarde con el ánimo renovado para dar las gracias, mi esposa y yo, intentamos ver la misa por internet pensando que quizá el problema era el espacio con personas alrededor e incluso culpamos al discurso inconexo del cura. Nos dimos cuenta de que frente a la pantalla era peor. El discurso del cura ya no sólo era inconexo, además, se rompía en frases como si las palabras cayeran antes de llegar a destino. Por más que traté de entender su argumento o su decir, no lo logré, no entendía su discurso ni hacia dónde quería llegar. Hice mal gesto con el rostro, miré a mi esposa y le vi exactamente el mismo gesto, apagué el computador, respiré y nos fuimos otra vez.

Era evidente que el problema se encontraba en nosotros, en nuestra incapacidad para oír al otro, o eso creí. No fue así.

Ayer pasamos más de doce horas escuchando lo que otros decían, debatiendo qué podría suceder y el cómo finalizaría la serie. Estuvimos frente al televisor mirando y escuchando lo que la historia tenía para ofrecer. No me moví casi nada mientras duró, tanto que en momentos de tensión quedaba inmóvil y se me olvidaba respirar. La misma quietud que antes me había resultado insoportable ahora era natural y el discurso parecía claro, conectado y una cosa llevaba a otra. No hubo urgencia por levantarme.

Me percaté de que yo sí tengo la capacidad de escuchar al otro y mis hijos también. Ellos pasaron el mismo tiempo en sus cuartos viendo videos cortos. Evidentemente, podemos escuchar y debatir con fluidez. Entonces el problema no está en mí, está en el otro. Siendo así debo dar gracias desde aquí, y ojalá, el Señor escuche mi corto agradecimiento.

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