Por: Daniel Petasne
Cuando conocí al vasco, él quiso que le enseñara a tocar el piano. Así que, el día convenido, vino a mi casa de saco y corbata y con su maletín. Dentro traía libros de música para niños, algunos, me confesó, porque la mayoría quedaron en su casa.
—Tengo un piano de cola que nunca supe tocar. Lo compré para mi hijo, pero él abandonó sus estudios musicales apenas iniciados y el piano quedó allí, como un mueble más.
—Estará desafinado…
—¡Para nada! Lo hago revisar cada dos años.
Conmigo tampoco pudo tocar. Los años, la artrosis, la vergüenza de la sordera, se lo impidieron.
—¡No soporto este aparato! — decía refiriéndose al audífono que portaba detrás de su oreja – antes no lo necesitaba.
Esa mañana había estado en Tribunales y todavía se ponía mal al recordarlo. Juan Carlos Gorka me contó que cuando se acercó al mostrador de un juzgado por primera vez, él tenía 19 años recién cumplidos. Un amigo de un amigo de su padre en Chivilcoy le había hecho la gauchada de ubicarlo como meritorio en el Laboral, que lo vería progresar y convertirse en abogado. Claro que no era aquí, en esta puerta angosta, con un cerramiento que tapiaba las ventanas, con una iluminación que no alcanzaba en este séptimo piso. Porque el edificio de Tribunales aún no había sido construido. En cambio, aquel era una casa baja, con un patio grande al fondo que hacía las delicias de los muchachos y las chicas cuando jugaban al fútbol al término del horario de trabajo. Recordaba ese sol que en verano quemaba y en invierno los bañaba con la calidez de quien acompaña sin preguntar. Luego construyeron el edificio faraónico para la pretendida ciudad judicial de la provincia.
Ahora, a sus noventa y cuatro años y que el tiempo lo había dejado atrás. con una sordera que le impedía seguir cualquier conversación, había sido demandado. Por quién y cómo, por qué y de cuánto era el reclamo, eran cuestiones que había decidido averiguar. Volvió a vestir de ambo y corbata y cruzó la avenida en sentido inverso. ¡Cuántos recuerdos acudieron a rescatarlo de esa realidad que ya no conocía! Treinta y cinco años antes hubiera subido ágilmente la escalera que llevaba a la oficina de notificaciones o saludado a todo el personal de intendencia que se le cruzara. Luego, ascensor mediante, compulsaría expedientes, entregaría escritos, retiraría copias, pediría hablar con algún secretario para el libramiento urgente de un giro. A media mañana habría terminado y luego de retirar cédulas en el casillero legal, se sentaría en el bar de la esquina a disfrutar su café con una medialuna.
Esa mañana, el ascensor lo dejó en el séptimo piso. Se vio reflejado en el meritorio que lo atendió. Juan Carlos Gorka, el Dr. Juan Carlos Gorka, trató de recordar la jerga cotidiana para solicitar el expediente. El muchacho que vivía al ritmo de los algoritmos, lo miró sin comprender. ¿Cómo explicarle al abuelo que toda la actividad judicial estaba informatizada desde hacía veinte años, que los juzgados estaban vacíos porque los abogados trabajaban on line desde sus estudios y muchos desde sus casas?
El vasco pensó que no se sabía expresar. Las palabras de Camus aparecieron en sus ojos “…Y la verdadera tragedia es que el mundo todavía permanece, tan distante y esquivo, un lugar que nunca podría comprender”. Imposible transmitirlas. Avergonzado y con sus manos vacías apoyadas en el mostrador soportando todo su cuerpo, sin mirar al empleado, repitió la carátula del expediente y el joven, conmiserándose, decidió navegar en la marea del destino del viejo y buscó el dato que le pedían en la computadora. Sí, el expediente realmente existía y podía bajarle la última resolución. Lo demás, debía solicitarlo con un abogado.
Frustrado, me pidió no seguir con las clases. Nos sentamos a tomar un café en el living.
—La vejez es decrepitud —me dijo.
El sol de otoño entraba a raudales por la ventana apenas filtrado por las hojas del liquidámbar.
—No diga eso, ¿entonces, ¿qué deja para mí? — respondí jocosamente. Él no se conmovió.
—Para vos, dejo el futuro – al decirlo, su vista se perdió nuevamente en el cuadro del Lorenés, que con su sol de oro en el crepúsculo empardecía los rayos del astro que se colaban por la ventana. Parecía no regresar.
—Siento que esta conversación debía suceder, tarde o temprano, como si fuera soñada o me hubieran advertido en mi niñez —dije infatuado.
Él terminó el café de un sorbo, como si el temblor de la edad hubiera desaparecido y me observó largamente. Mi esposa estaba en la cocina y podían oírse los ruidos cotidianos.
—Pensé que nunca me lo pedirías, que la espera había sido inútil y tendría que solicitar otro aplazamiento. La muerte no entiende las necesidades humanas— afirmó.
Sacó del maletín un libro, cuidadosamente envuelto en lino egipcio y me lo entregó.
—Ahora, es tu responsabilidad encontrar la salida— dijo y poniéndose de pie, se dirigió a la puerta. Recordando a Kavafis , se despidió — Lo que perdura lo fundan los poetas.
Su cuerpo se desvaneció. Desde la cocina, mi esposa me preguntó si al mediodía me conformaba con una ensalada. Como no le contestaba, se asomó al living.
—¿Qué sucede? — dijo al verme pasmado, sentado, con el libro en las manos.
La respuesta salió invencible de mis labios.
—Volveremos a casarnos y será un nuevo comienzo.
