La flautista

Por: Armando G. Ureña

La imaginaba tocar la guitarra y la escuchaba cantar sobre los escalones que suben al pasillo. Es la rutina clandestina de una vida, una rutina donde todo se suspende a la misma hora y en el mismo lugar. Sea folk o indie pop, su música paraliza mi cuerpo. Me hace sentir vivo cuando no hay vida. Me pone triste, me hace feliz. Incluso en esos días carentes de significado, uno de esos días donde no hay más que hacer. 

Tirado en mi cama la escuché un día en el que solo me pudría. Me despertó del ocio envenenador. La canción sonaba por los pasillos y las casas vacías de gente ocupada. Todo eso me pareció magia. No era para mí esa canción, eso seguro lo sabía. Sin embargo, su guitarra, sacaba de sus madrigueras a todo aquel que se sentía inútil. Sacaba de las cuevas a todos a los que se sentían engañados. Y heme aquí, marchando al río de su soledad.

De sus cuerdas a su amplificador, la flautista tocó su guitarra. Una Fender Telecaster color cereza. Nunca me gustó ese modelo de guitarra, pero de esta salían las notas que me hacían seguirla como un niño, aunque con tristeza ya no lo fuera. Entendí entonces por qué se le llama a esto dream pop. Podía vivir en esas ensoñaciones que me provocaba su música, podía olvidar la falta de trabajo y la soledad. Cuando se rompe la ilusión, cuando se rompe lo poco que queda, solo toca soñar. Dormir ya no era suficiente si lo que quería era olvidar en días como estos. No obstante, unas pequeñas notas, unos cuantos arpegios, unidos a letras tan distantes, me hacían volver al vientre materno.

Sin saber a donde ir, los pasos de la gente iban y venían. Los autos se encendían y se apagaban, cobraban vida, hambrientos por devorar el sonido. Podían ser o no ser, existir o no existir. Las voces y los ruidos se trenzaban con los acordes. Juntas, reescribían una canción nueva a su paso. Tan distintos entre sí, a veces formaban un collage turbio, en otras un amasijo de emociones con las que era difícil no proyectarse. Jamás podría repetirse la misma canción, como hundirse dos veces en el mismo torrente. De eso trata la música. Y así la música tomaba otras formas, incluso otros colores. Colores fríos, rugosos, aun cuando su voz fuera etérea. Escuchar y hundirme por horas en esas canciones sin iguales era mi único propósito, lo único a lo que podía darle sentido sentado en el sillón sin nada útil que hacer.

Así estuve largos días, semanas monótonas, unos cuantos meses absurdos, frente a lo que parecía un eterno desperdicio de tiempo. Primero asomé una oreja, después la cabeza entera para oír mejor. Poco a poco saque un brazo y luego las piernas. De esa manera me acerqué furtivo. Con cada día me aproximaba un centímetro más. 

No obstante, llegó un día en el que tal accionar se detuvo. Estuve a punto de escuchar de cerca a la que solía llamar la flautista de Hamelin; ese fue el día que me detuve. El pasillo quedó desierto, de sus muros no se desprendía ningún ruido aparente, de sus plantas bien regadas solo su aroma hacía acto de presencia. Solo una guitarra de color cereza, un amplificador conectado de no sé dónde; solo eso quedaba. Ella, con una guitarra, unos cuantos acordes, algunas armonías y una voz que parecía desvanecerse en aquel edificio suburbano. Ningún alma apareció aquel día, solamente la misma muchacha, esa que tocaba la guitarra en un pasillo solitario para nadie en específico y mientras tanto yo, a miles de metros, en un cubículo con aire acondicionado.

Nadie apareció al día siguiente, y tampoco al siguiente de ese. Una semana se dio en un suspiro y otra también. La música inundaba el edificio, día tras día, sin existir quien la escuchara. Así terminé en una oficina, por ocho o más horas extras. Y así el día siguiente, y el siguiente de ese. Por fin tenía un empleo. Pero, solo podía imaginar que nadie escuchaba tales canciones. Todos hacían algo productivo con sus vidas, por eso nadie descansaba en casa, cuando se podía hacer algo remunerador en vez de escuchar música folk. Aun así, no podía convencerme de que hacía algo útil, no lograba evitar sentir que desperdiciaba mi tiempo, por el tiempo y ganancia de otro, mientras yo me hacía viejo trabajando más de ocho horas diarias. Claro, el dinero hacía más llevadera las cosas, era un buen anestésico contra el tiempo perdido y por ser un buen chico, un día libre a la semana como recompensa. Era un sentimiento tan paradójico, si me quedaba en casa solo me sentiría inútil y si salía a ganar dinero, también.

Sin embargo, no pude más con la presión diaria en el trabajo. Un día mi cabeza estalló y con ella todo mi cuerpo. Con todos sus restos fui capaz de regresar a casa, con la cabeza bajo el brazo y los pedazos de mi pierna bajo el otro. De ese modo me arrastré y cojeé hasta mi puerta con lo poco que me quedaba en pie. No pude más, mi cuerpo de poliestireno se derrumbaba en miles de pedazos. Desperdigados sobre un piso frío y estéril, ahí estaba mi cabeza, en la pulcritud de aquellas baldosas blancas, dando vueltas. Hasta que por fin mi cabeza, con la vista hacia el techo, se detuvo. Todo el mundo había quedado inmóvil…

… Avanzan, avanzan, miles de piezas avanzan. Como ratas al compás de la “flauta”, avanzan, marchan, miles de piezas rotas se arman. Dan vueltecillas entre sí, bailan, reconocen una vez más su ser, zigzaguean ahora al tintineo de la guitarra…

Escuché una canción que paralizó lo poco de mí. Mientras tanto avanzaban esas piezas, yo quedaba atrás. Un sentimiento familiar. Allá donde todos iban, yo iba hacia atrás. ¿No trabajaba todos los días para enmendar eso? Por eso acabé así, por no apaciguar esas voces en mi cabeza que me piden ser libre… solo por eso, yo…

… ¡Las ratas y los niños síganme afuera! ¡Las ratas y los niños síganme fuera de la ciudad! ¡Vamos mis niños, hagan de esta voz su cantinela! ¿Quieren vivir esta vida como su guerra?…

Ahí estaba yo, con mi cuerpo que se ensamblaba a mi cuello, y estas partes marchaban hacia la flautista. Si la hubiera visto antes de todo esto, si ella me hubiera dicho algo, lo que fuera, si me hubiera dado tan solo una pequeña pista…Tan solo yo, tan solo yo…

… Sus ojos fijamente me miraron, estábamos frente a frente, y sus vívidos ojos conocían todas las respuestas del mundo, y de sus suaves labios cantó a mis oídos: No te apagues, no te apagues.

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