El rapto

Por: Eduardo José Cárdenas Ramírez

“A veces mentimos para no ver los vestigios de nuestros propios naufragios”.  Esas palabras retumbaban en la cabeza de la vieja Micaela, tratando de convencerse, mientras desgranaba maíz negrito sentada en la entrada de su pequeño rancho de horcones y paja.  Ese día estando ataviada como siempre del cuello a los pies, con un vestido de manta rosa y dos trenzas de canas amarillentas y ahumadas que sobresalían de su viejo y manchado sombrero de tule, recibió la inesperada visita de un oficial de policía.

—¿Por qué me miente Micaela?—

—Pos aquí solo mero gente mala hay. ¿Qué se le iba hacer? —  

—¡Pos confiar en mí seño, que soy la autoridad de este pueblo! —

Micaela era la curandera de San Isidoro desde que tenía memoria ese supersticioso pueblo montañoso bordeado de acantilados, donde sólo se podía entrar y salir a caballo. Había curado muchas enfermedades, las cuales eran atribuidas a espíritus malignos de la montaña, duendes, hadas, espectros, y al mismísimo diablo.  La desaparición misteriosa de Lucía, una joven de 14 años era el caso más reciente que se murmuraba entre los vecinos. 

Algunos decían que los duendes se la habían llevado; otros comentaban que su esposo Alejo la arrojó al precipicio para vengar su deshonra tras una infidelidad; o comentaban con cierta convicción que había huido con algún indio de las tierras bajas, de vuelta a aquel rincón de selva y sombra dónde ella pertenecía por sangre y destino.

Don Alejo Guadamuz era un forastero alto, flaco, cuarentón y borracho que había construido su cabaña junto al viejo molino cerca del río, con la intención de casarse con alguien del pueblo. Pero se había ganado mala fama de golpear a las mujeres.  Decidido a no pasar sus noches sin nadie a la orilla de su cama, se marchó a comprar una esposa en las tierras bajas. De ahí, trajo a Lucía, una joven indígena que le tenía miedo a las alturas y que aun jugaba con muñecas.   

En su interrogatorio, el oficial Moisés apuntaba en su libreta cada palabra que Micaela decía con una precisión compulsiva y una caligrafía casi perfecta.  De todos los rumores que circulaban entre la población, solo la curandera podía disiparlos, porque era la única persona que tuvo contacto con Lucía desde el día en que llegó con cara de asustada a San Isidoro. Pero Micaela no creía en cuentos de hadas, ni duendes.  Solo conocía la vieja costumbre de las familias pobres de intercambiar a sus hijas por vacas, comida, o parcelas. Sabía incluso que mentían sobre la edad de las niñas, para poder casarlas cuanto antes con el primero que ofreciera algo valioso por ellas. Lo mismo le había pasado a ella hace 70 años, cuando su padre la intercambió por un cerdo y un saco de maíz para sembrar.

Durante sus constantes y largas visitas, mientras Alejo se emborrachaba en la cantina, la curandera la bañaba, peinaba y acomodaba todas sus muñecas hechas con tuzas de maíz. Luego, Lucía le contaba sus intimidades, y sus deseos profundos de arrojarse al vacío entre aquellos peñascos filosos de abismos fríos y oscuros. Entonces, Micaela conmovida, no tuvo más remedio que enseñarle a hurtar monedas a su marido y a esconderlas en los vestidos de sus muñecas, a preparar menjunjes para dormirlo y sobre todo a valerse por sí misma,  hasta que tuviera el coraje de largarse de ese pueblo, aunque fuera robando un caballo.

–Cuéntame la verdad Micaela, si no tendré que ir a la capital y traer más agentes—

–¿Dónde está la esposa de don Alejo?—

—¡Pos a la niña  la raptaron los duendes!—

¿Y cómo es que no veo su caballo atado al horcón?preguntó el oficial con sospecha, mientras la curandera se encogía de hombros haciendo una mueca indescifrable con su boca.

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